(La segunda polémica con el Director Regional de Cultura, acontecida en enero de 1985, fue mas bien un pretexto para contar las zancadillas que se me empezaban a propinar por la polémica anterior. Al citar en ella a miembros del Colegio, dió lugar a una advertencia de su Junta de Gobierno contra mí que recurrí al Tribunal Profesional, quien en acta de 17 de abril de 1985 me dió la razón)
Sr.
Director:
Se
ha de celebrar, como no, la grata noticia publicada por LA RIOJA de 22 de
enero, de que se van a reparar algunos de nuestros órganos (esos fantásticos
edificos musicales construidos en el interior de nuestras iglesias), y que
además, se van a programar una serie de conciertos con dichos instrumentos.
Pero
lo que es menos de celebrar al respecto, es la cultura musical de nuestro
Director Regional de Cultura, quien afirma en la misma noticia que gracias a
dichos conciertos, los aficionados y los jóvenes (extraña distinción) se podrán
acercar a autores como Vivaldi, por poner un ejemplo. Dúdolo mucho: como
cualquier mediocre aficionado sabe, Vivaldi, extraordinario violinista, jamás
compuso pieza alguna para órgano.
Réplica del director regional de Cultura
Nuevamente,
el habitual arquitecto de esta sección de LA RIOJA coge el rábano por las hojas
y saca sus propias conclusiones. Musicales en este caso. Si hubiera leído bien
el artículo a que hace referencia se habría dado cuenta de que se trata, en
definitiva, de potenciar toda una serie de actividades musicales tomando como
marco los templos riojanos, que tienen además la ventaja de contar la mayoría
de ellos con excelentes órganos, aunque en mal estado de conservación muchos de
ellos. De ahí que nuestros objetivos se centren en posibilitar en las iglesias
conciertos complementarios: a la intervención de un cuarteto, quinteto o
agrupación musical cualquiera (no es la primera vez que la Consejería de
Cultura promueve este tipo de actuaciones en las iglesias de la región) se
añaden como un aliciente más unas piezas de órgano. Para ello es preciso llevar
una acción coordinada que contemple algo que estaba bastante descuidado en la
etapa imperial: la restauración de órganos.
En
las sucesivas reuniones que hemos celebrado en Madrid con relación al Año
Europeo de la Música, se han tocado diversos puntos. Uno de ellos el intentar
captar para la música a toda esa gran masa de jóvenes a través de la frescura
de unas composiciones como las de Vivaldi, por ejemplo. Por esa circunstancia
se detallaba en la entrevista: “...nuestra idea es habilitar los medios
necesarios para poder trasladar a los aficionados y a los jóvenes hasta dichos
lugares e intentar acercarlos a la música a través de autores como Vivaldi, por
poner un ejemplo...”
Ahora
bien, si las ansias del arquitecto por rizar el rizo le llevan siempre a
posturas tan maximalistas como pintorescas, voy a darle la relación
Vivaldi-órgano que busca con su cansina insistencia y desconocimiento:
En
aquella época, los conciertos se ambientaban muchas veces en las iglesias y el
bajo continuo se hacía bien con clavecín o con órgano por ser el primero que lo
sacó de simple instrumento de acompañamiento (que ya era bastante) a
instrumento solista (Concierto en Re menor para violín, órgano y orquesta de
cuerdas). También Bach sacaría más adelante el clavecín (“Quinto Concierto de
Brandeburgo”, 1720)
El
órgano por aquel entonces era generalmente un instrumento de un teclado: muchas
veces ni siquiera llevaba pedalier. Y la prueba de que Vivaldi prefería el
órgano al clavecín en el bajo continuo la encontramos en muchas instancias.
Pero lo que resulta revelador es que en su conocido “Concierto para dos
mandolinas en Sol mayor” Vivaldi especifica con meridiana claridad que quiere
órgano en este concierto de acompañamiento.
Incluso
Bach transcribió varios conciertos de Vivaldi para órgano solamente. Pero es
que, además, un hombre como Vivaldi tiene varias composiciones religiosas,
cantatas, etc, (y perteneciendo él mismo al estamento religioso), sería extraño
que no hubiera escrito para órgano: se conocen los originales para dos
conciertos de órgano, por citar algo aislado.
En
fin, señor Díez del Corral, en el largo epistolario que con tanta frecuencia me
dirigía hace tan sólo unos meses, llegó a emplear, me imagino que sin ayuda de
nadie, una frase que lo definie con absoluta exactitud: “... mi entendimiento
no me alcanza a entender...”. ¡Que pena!
Jose
Manuel Ramírez Martínez
Director
Regional de Cultura
Réplica al Sr. Ramírez
Sorprendería
la ingenuidad del Sr. Ramírez al contestar a mi nota sobre su desliz en el caso
Vivaldi-órgano, si no fuera por la mala fé y la mala intención que va detrás.
Hablaré pues primero de su ingenuidad, y a continuación de su mala fé.
La
frase que entrecomilla para demostrar su inocencia está fuera de contexto. La
frase no empieza en “nuestra intención es habilitar los medios...” sino
bastante antes. Es ese un sistema de engaño tan infantil que no creo que se lo
trague nadie. Mucho más ingenua es con todo, su exhibición de erudición para
encontrar una mínima relación de Vivaldi con el órgano: ¿quién no va a creer
que todo lo que cuenta es fruto de dos noches de urgente biblioteca o de
consultas a asesores musicales?. Ni un político de pueblo es tan ingenuo.
A
veces se tiene la idea equivocada de que la ingenuidad es fruto del buen
corazón y de la inocencia. Pues bien, les voy a contar a los lectores dos
episodios personales para demostrarles que a veces la ingenuidad va asociada a
una auténtica mala fé.
El
primer episodio data de una carta que escribí a este periódico el 20 de Mayo de
1984 criticando la decisión, hoy por hoy, de declarar a Ortigosa como conjunto
histórico-artístico (1). ¿Saben Vds. cuál fue la reacción de nuestro
gobernante?: decirme desvergonzadamente ante dos testigos en un bar de Logroño
que si se me ocurría volver a meterme con su gestión se metería públicamente
contra mi persona. Palabra que cumplió a rajatabla y de un modo lamentable en
el célebre episodio de Ambasaguas. Como decía José Aumente hace poco en un
extraordinario artículo publicado en un diario de Madrid “los actuales
socialistas han aprendido mucho de la experiencia del franquismo: quieren
impedir que éste vuelva haciendo suyas muchas de sus actitudes”.
El
segundo episodio personal es de hace muy pocos días. Debido a que últimamente
estoy estudiando arquitectura riojana del siglo XVI, y dado que el Inventario
Artístico de Logroño y su provincia (material de trabajo básico) está publicado
tan solo en parte, me dirigí a la Dirección Regional de Cultura con la
intención de consultar las fichas ya realizadas, que sirven para la realización
de dicho inventario. Pues bien, pásmense Vds. de cómo está la Cultura por estos
pagos: salí de allí con las manos vacías, pues me dijo el Sr. Director Regional
de Cultura que dichas fichas estaban en Madrid y que para poder consultarlas
debía antes pedirles permiso a sus redactores (entre ellos el propio Ramírez)
por cuestiones de propiedad intelectual. Pero tranquilos, que aún hay más. Como
el Coordinador de Cultura de mi Colegio de Arquitectos me había advertido de
que debido a las “tormentosas relaciones” que había entre el Sr. Ramírez y yo
era muy posible que no me facilitase dicha información (a lo que respondí delante
del Sr. Decano del Colegio que yo no pensaba tan mal del Sr. Ramírez), quedó
encargado dicho Coordinador de solicitar tales fichas. ¡Oh universalidad de la
Cultura!, todo estaba disponible ahora. Claro que después hubo una segunda
llamada telefónica del Sr. Ramírez al Coordinador de Cultura del Colegio “¿pero
cómo no me dijiste que el interesado en las fichas era Díez del Corral?... sin
comentarios.
Como
me dedico a cultivar la Cultura, amo el debate. Como creo en la nobleza de los
hombres, amo el combate (decía el bardo Blondel hacia el final de “En busca de
el rey” de Gore Vidal: “¿acaso no estamos hechos los hombres par combatir?”).
Mas cuando probada suficientemente la cultura y nobleza de mis enemigos veo que
es imposible el combate o el debate, no me queda sino retirarme a mis cuarteles
de invierno.
(1) véase art. 1 del cap. 6