domingo, 14 de junio de 2026

DE VANIDADES, PREMIOS, FRACASOS Y DE MAS

            (Segundo artículo sobre mi tío Luis Díez del Corral. Apareció en La Rioja del Lunes en mayo de 1988)

“En el fondo, necesitar la fama es necesitar a los otros: nadie es tan auténticamente vanidoso como para menospreciar por completo la admiración de los demás” (no daré el origen de algunas citas par no despistar al lector); ahora bien, una vez alcanzado el reconocimiento. “el mejor remedio contra la vanidad de la fama sería reconocer de una en una a todas las personas que nos admiran (...), o echar una ojeada para ver cuáles son nuestros compañeros de renombre”.

Según dicen los medios de comunicación, Manuel Fraga, Mario Conde, Gonzalo Anés, Iñigo Cavero y otros que no conozco, han dado el Premio Principe de Asturias a mi tío Luis. Los periódicos no dicen, sin embargo, quien les ha dado a ellos el premio de otorgar el premio (no me gustan algunos de los compañeros de renombre del premiado).

Los periódicos siempre mencionan, aburriendo terriblemente a los lectores, la extensa lista de méritos (otros premios) del premiado y, sobre todo, las referencias de su “obra”. Así que en esta apresurada nota haré también unos apuntes (otros) sobre los premios y sobre la “obra”.

La otra cara del premio en la moneda de la vida, se llama fracaso. Fracasado es aquel que nunca ha tenido premio (ni siquiera el premio de premiar). Al premiado, a menos que siga las instrucciones arriba indicadas, le sigue la autocomplacencia. Robert Walser, en Jakob Von Gunten lo definía así: “Los éxitos tienen como única e inseparable compañía el desorden y alguna ideuca general de poca monta”. A la autocomplacencia del premiado sigue la complacencia del premiante y la contemplación distante de ambos por parte del fracasado. La cara se mira así misma; la cruz trata siempre de encontrar la cara. ¿Siempre?. No. No siempre. Desde hace algún tiempo se oyen otras cosas: “Enorgullécete de tu fracaso/ que sugiere lo limpio de la empresa” (Sermón del ser y no ser. A. García Calvo); “Hablo desde la autoridad que da el fracaso” (F. Scott Fitzgerald), etc. 

Los fracasados han tomado posiciones. Y no falsamente hacia el éxito: reivindican su fracaso como el núcleo de su existencia, fuente de su energía, argumento de su orgullo. No se interesan por los premiados. O si se interesan es para desafiarles. Sólo los periódicos, en esencia conservadores, mantienen por ahora las distancias.

Pero pasemos a la “obra”, clave del éxito. Hace escasamente un mes, pasé una agradable velada con mi tío en la que, dado mi interés en el tema, traté de llevar la conversación hacia los motivos de la creación personal, hacia las razones que nos impulsan a escribir o a pintar, al origen de la “obra”. Andaba yo convencido del sentido “autónomo” que Flaubert en el siglo pasado o Kundera en este conceden a la “obra”, cuando hablando de un tema que no viene al caso mi tío tomó la palabra y dijo algo que nunca se me olvidará: “Escribir es como una secreción, algo que fluye de una forma natural, algo que me es necesario y de lo que no puedo prescindir”. De modo que, -me fui pensando literalmente-, la “obra” no es otra cosa que secreción, esto es, lágrimas, mocos, babas, cerumen, sudor, bilis...; y continúo ahora mi pensamiento: ¿y a eso dan premios?. 

¿Está en la “obra” el sentido de una vida? ¿está en los premios el sentido de una obra? Evidentemente no. La gloria, que oscurece todo premio y aniquila cualquier obra, puede llegar de la forma más insospechada (siempre que se la busque, claro). Tengo muchas referencias de la gloria pero daré sólo la última que me ha llegado, acaso la más impresionante: la de Giovanni Drogo (“El desierto de los tártaros”, de Dino Buzzati), a quien le alcanzó en el último instante de su vida, en la húmeda soledad de la habitación de una posada de carretera mientras los soldados, ajenos a la intensidad del momento, cantaban en el piso de abajo alegres canciones.

Que a Luis Diez del Corral, autor de una importante obra y objeto de importantes premios, le llegue también la gloria.