(Publicado en La Rioja del Lunes el 20 de abril de 1992)
La ignorancia no es una privilegiada atalaya pero sí un punto de vista tan respetable como cualquier otro. Yo soy un ignorante en materia de Jazz, es más, el Jazz nunca me ha atraído musicalmente hablando. Ni tengo apenas discos de Jazz, pues como tanta otra gente de mi generación yo he saltado de la música folcklórica y de la música clásica, al rock y al pop sin estación intermedia alguna. A nuestro alrededor tenemos aún a mucha gente que se quedó anclada en la música folcklórica o en la música clásica, y en especial, en ese híbrido local de violines y coplas llamado la Zarzuela. Las generaciones del desarrollo, sin embargo, nacieron oyendo rock y pop, así que todo lo que venía de atrás era para ellos antiguallas, arqueología, músicas para entornar los ojos, lanzar suspiros y poner boquitas de piñón; asuntos del Arte con mayúsculas, es decir, cosa de las Instituciones. El caso es que yo que apenas sé nada de Jazz voy a hablarles de Jazz, entre otras cosas porque es noticia (esta semana se celebra la Tercera Semana de Jazz en Logroño), pero también porque últimamente el azar me ha acercado al Jazz, o sea, a esa estación intermedia entre el folk o la clásica y el rock o el pop; y en fin, porque comparto la tesis de que sólo debe hablarse de aquello sobre lo que no se sabe.
Y los que poco o nada sabemos del Jazz decimos que se trata de “música improvisada” ¿no?. Y nos preguntamos ¿cómo puede ser bueno algo que es improvisado?, e incluso ¿cómo puede ser ni siquiera medianamente entendible?. Algo sabemos, cosa de culturilla general, que el Jazz nació en Nueva Orleans en piezas alegres que constituyen el género llamado “dixieland”; que luego, como los antros de Nueva Orleans se cerraron a causa de los excesos, los músicos de Jazz se trasladaron a Chicago donde la ley seca se aplicaba a medias entre la policía y Al Capone; que de Chicago se fue a la rutilante Nueva York y de Nueva York a Europa por la vía de las dos grandes guerras de este siglo; que cuajó en la frívola París de entreguerras con el nombre o variante del “charlestón”; y también que los nombres de Louis Amstrong, Benny Goodman, Count Basie, Duke Ellington, Glenn Miller y algunos más, como el de John Coltrane, al que se le rinde homenaje esta semana, pues no nos son desconocidos.
Y tampoco nos son desconocidas algunas de sus melodías más famosas, porque lo cierto es que al margen de las “improvisaciones”, en las músicas de Jazz también encontramos hermosas melodías. Es decir, que en el Jazz conviven melodías con unas improvisaciones que a menudo sólo son “variaciones” sobre las propias melodías. Y es que en el Jazz, si no lo he entendido mal, se produce una clara distinción entre la “estructura” de la pieza musical y su “aspecto externo”, o sea, entre la “armonía” y la “melodía”. En toda pieza clásica o folklórica, armonía y melodía componen un todo, configuran un discurso completo que todo lo más cabe ser “interpretado”. La armonía es cosa de acordes, y la melodía, sucesión de notas sobre esos acordes. Pues bien, en el Jazz tradicional la estructura armónica es estable mientras que la melodía se subdivide en dos partes: una fija y reconocible llamada “el tema” que todos tocan y que permite reconocer e identificar lo que están tocando, y luego unas improvisaciones que se tocan alternativamente y que a decir verdad no son tan “improvisaciones” porque lo cierto es que deben siempre fluctuar dentro de la estructura armónica de la pieza. Contrabajo, piano y guitarra marcan por lo general los acordes a los saxos, trompetas, clarinetes y trombones, que improvisan.
La otra característica del Jazz que el azar me ha dado a conocer es su especial “fraseo”, es decir, la manera de atacar y ligar las notas, de manera que cualquier pieza, hasta el mismísimo himno de España, por ejemplo, tocado exactamente en su misma armonía y con sus mismas notas pero, anticipando o alargando unas y acortando o sincopando otras, cambia radicalmente de sentido (o de estilo).
Por último, permítaseme señalar la importancia del ritmo en la música de Jazz. Nietzsche decía que el ritmo es una coacción y que genera un incontenible deseo de ceder y de participar. Las músicas primitivas y folklóricas se apoyan siempre en un tamboril que machaca un obsesivo ritmo participatorio. La música del “blues”, tía hermana del Jazz, hace del ritmo un argumento central, -no en vano es expresión de una época y un pueblo en esclavitud. El Jazz, a veces más, a veces menos, también gira en torno a un centro rítmico que el rock de la segunda parte de este siglo XX tomará como principal herencia.
Por estar en el centro de la historia de la música, el Jazz nos puede ayudar a entender un poco más todas las músicas. Y esa música de Jazz es la que viene ahora a Logroño en una semana de conciertos y otras actividades organizadas por la CREM Jazz (colectivo riojano de estudios musicales del jazz) y patrocinada por el Ayuntamiento de Logroño y la Consejería de Cultura.
Esto de las Semanas, ya se sabe, es un pretexto para que Ayuntamiento y Consejería se apunten un tanto cada una en su Historial Cultural y es también ocasión, mira por dónde, para oir a buenos músicos, como Jorge Pardo, por ejemplo. Pero a mí me interesa mucho más como escusa para hablar del trabajo que Reinhard Valeruz, -Renato para los amigos-, viene haciendo en Logroño desde hace casi ya cuatro años y del que casi nadie sabe nada.
Renato, un músico del Tirol austriaco que toca el contrabajo, pero que igualmente domina la guitarra, el piano, la batería, la trompeta o el saxofón, viene cada martes desde San Sebastián para enseñar a tocar un instrumento y hacer Jazz a cuatro afortunados que nos hemos enterado, en un simpático local (las Escuelas Daniel Trevijano) que, todo hay que decirlo, nos cede generosamente el Ayuntamiento. Desde el primer día en que nos enseña a soplar y tocar una sola nota, pasando por los ejercicios de los principiantes, hasta el ingreso en la Big Band o la consagración en la adjudicación de una improvisación, Renato derrocha una paciencia y una tenacidad evidentemente germánicas. Nos enseña música, Jazz y a tocar un instrumento todo a la vez, pero lo más importante de todo, lo que más diferencia la “Academia de Renato” de cualquier otra enseñanza musical institucional es que con Renato, desde el primer día, no somos estudiantes sino músicos. Y como la música es diversión y el Jazz es conversación, cada uno de los músicos de la CREM estamos impacientes por que llegue el martes por la tarde para juntarnos a tocar en torno a él.
Las Semanas son cosas de la Institución, pero el latido de la música viva hace menos ruido y está en otras partes. Estas cosas tiene el Jazz. Estas cosas tiene esta ciudad.
