domingo, 14 de junio de 2026

NAPOLES Y LA RENOVACION URBANA

 

(Publicado en La Rioja, el 27 de noviembre de 1999)




El Instituto Cervantes en Nápoles que dirige Eduardo Mira organizó los pasados días 8 y 9 de Noviembre de 1999 un pequeño simposio al que fuí invitado junto con otros escritores, arquitectos y urbanistas españoles e italianos para hacer una reflexión conjunta y un debate, -moderado por Félix de Azúa-,  sobre un par de temas cruzados: el pasado urbano vivo y la relación entre Nápoles y Barcelona. 

Mi ponencia, titulada “Las ciudades, de la biografía al objeto” se centró en el primero de los temas -el pasado urbano vivo-, utilizando tan sólo a la ciudad de Barcelona como ejemplo de algunas de mis tesis (confío en sacar tiempo para redactar y desarrollar sus contenidos, y publicarlos en algún medio especializado) (1). La ciudad de Nápoles, casi desconocida para mí hasta este simposio (sólo había estado allí una vez de joven con la mochila a la espalda) se convirtió mas bien en la moneda de pago de mi conferencia, y es de ella y de lo que escuché de los otros conferenciantes de lo que voy a tratar aquí, compartiendo con los lectores de esta página de arquitectura de La Rioja lo allí aprendido. 

Lo primero que llama la atención de la organización de un simposio de estas características es el interés de una gran ciudad en mirar a otra. Barcelona es hoy una ciudad admirada universalmente por la mayoría de las opiniones de los medios de comunicación, y hasta dotada con premios de arquitectura que nunca antes se habían dado a ciudades. Nápoles es, sin embargo, una de las ciudades más olvidadas de la Europa moderna y desarrollada del siglo XX, una ciudad con más aire africano que europeo, mas próxima a Estambul que a Ginebra. Las ciudades se miran unas a las otras, al parecer, con la misma mirada de esas mujeres que repasan a sus congéneres de arriba a abajo inspeccionando (y  envidiando) la categoría o la marca de cada una de las prendas con las que se han puesto guapas. De ahí el interés del simposio. 

Pues bien, a esa expectación respondió a la perfección el director de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, Eduard Bru contándoles a los napolitanos las claves del “modelo Barcelona” (o plan de belleza Pons en siete días), a saber: un acercamiento entre las disciplinas de la arquitectura y el urbanismo sobre un Plan General flexible, una estructura de poder simple y con pocas personas al mando, una gran complicidad entre políticos y arquitectos y por último, una cierta idiosincrasia ecléctica de los ciudadanos de Barcelona en la aceptación del proceso. De entre los resultados de ese modelo de actuación, al margen  de los archidivulgados por las revistas de moda, Bru resaltó el logro escasamente comentado de una simbiosis no trágica entre las grandes infraestructuras de la ciudad y su tejido interno. 

Como el modelo Barcelona sigue boyante, Benedetta Tagliabue, esposa y socia de Enric Miralles mostró su actual trabajo de cirugía plástica en el mercado de Santa Catalina, justo en ese importante espacio transversal a la vía Layetana, al otro lado de la conocidísima Avenida de la Catedral.

Así las cosas, mientras la organización podía sentirse satisfecha por el cumplimiento del programa, al público, sin embargo, no se le veía muy entusiasmado. Por el contrario, se le vió mucho más contento y animado cuando el profesor local Nicola Pagliara invocó a la propia tradición histórica del lugar como remedio de todos sus males y despreció olímpicamente lo que los Bohigas, Sizas o Gehrys  pudieran venir a hacer a Nápoles. (Ni que decir tiene que yo me sentí del lado de los napolitanos y Félix de Azúa también, por mucho que se desdiga luego en su columna de EL PAIS del 17 de noviembre invocando al mestizaje catalano-napolitano). 

Pero por tradición histórica del lugar no sólo hay que mirar, como hacía Pagliara, a ese gigantesco patrimonio arquitectónico que atesora Nápoles, sepultado por dos siglos de barbarie y especulación que han hecho de cada hermoso palacio barroco un laberinto tanto o más indescifrable que las casas nobles de San Petesburgo ocupadas por el proletariado revolucionario. En una definición rápida para desconocedores, puede decirse que Nápoles es una ciudad del siglo XVIII en la que los incontables palacios de la aristocracia terrateniente no dejaron hueco para el desarrollo de una burguesía industrial decimonónica, y mientras todo el aparato urbano se deterioraba poco a poco, la segunda mitad del siglo XX, con la salvaje administración municipal del famoso armador Achille Lauro, no hizo sino enturbiar más el panorama metiendo edificios o urbanizaciones especulativas por los escasos intersticios de la trama urbana. Hay un paréntesis de arquitectura fascista extraordinaria, creo que la mejor que he podido ver en Italia, y casi completamente desconocida por los tratados al uso. Pero dejemos las definiciones de manual y volvamos al hilo del relato. La tradición histórica napolitana, decía, no son sólo palacios e iglesias desde los que recuperar el pasado, sino que, -por lo que yo pude ver-, el núcleo de la tradición en Nápoles es una especial vitalidad de la población que en algún momento dejó de expresarse en la ciudad física para encarnarse en la movilidad sobre ruedas, convirtiendo a ésta en la auténtica obra de arte actual de esta ciudad, -tal y como ya decía Félix de Azúa en su célebre artículo sobre Nápoles de EL PAIS semanal recogido luego en “La invención de Caín”. Si alguien descubriera el mecanismo por el que volver a trasladar a la forma física de la ciudad, la intuición, la inteligencia y las energías desplegadas en el tráfico de cualquier cruce de calles napolitano, a buen seguro Bohigas, Siza y Ghery borrarían definitivamente de su agenda de mercado el nombre de Nápoles; y si el ejemplo cundiera, el tiempo borraría también los nombres de éstos señores en las historias de los benefactores de las ciudades, para pasar a figurar unicamente en los listados de empresarios del propio beneficio, -sea éste artístico o económico, tanto da. Y es que como dijo en un despiste el desaparecido arquitecto Aldo Rossi: “para salir del impasse en el que nos ha metido la arquitectura moderna va a ser necesaria una gran aportación popular” (Autobiografía científica).  

Finalizo con un dato revelador que uso en mis diagnósticos urbanos: se dice de Nápoles que es una ciudad insegura ¿verdad? y que por eso no van los turistas en masa (mejor). Pues bien, según he podido observar estos días allí vividos, Nápoles es una de las pocas grandes ciudades que quedan en Europa donde los nombres de los vecinos aún pueden leerse en los casilleros de los porteros automáticos. ¿Les dice esto algo?.  



(1) Puede leerse en Una Voz en un Lugar,  con el título “Conferencia de Nápoles”.