viernes, 10 de septiembre de 2010

UN EDIFICIO ABSTRACTO

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(Escrito para el n. 2 de la revista EL PENDULO de Roberto Iglesias, en febrero del 2000 está incluído en EL RETABLO DE AMBASAGUAS).

El edificio del Ayuntamiento de Logroño del arquitecto Rafael Moneo puede definirse, simple y llanamente, como una arquitectura abstracta, es decir, moderna y difícil de entender, acaso “artística”.
 El siglo XX en el Arte, desde el cubismo de la primera década y la pura abstracción de la segunda ha sido, sin duda, el siglo de la pintura abstracta. Pero a medida que avanzaban las décadas y adoptaba nuevas poses (neoplasticismo, constructivismo, dadaísmo, surrealismo, expresionismo abstracto, conceptualismo, informalismo,... y me dejo muchas) lejos de hacerse más popular, la pintura abstracta no ha dejado de producir rechazos y deserciones. Lo mejor de la pintura abstracta, no obstante, ha sido la claridad de su definición: todo el mundo, más o menos, ha sabido siempre distinguir si estaba ante un cuadro abstracto que no entendía o un cuadro figurativo; si comprarlo porque sus colores le hacian juego con el sofá, o admirarlo porque reconocía en él a su abuelo.
Con la arquitectura, sin embargo, la línea de separación entre la abstracción y la “figuración” nunca ha estado clara, e incluso esos términos apenas se han utilizado por parte de los analistas o del público en general. Se ha llegado a decir, incluso, que toda arquitectura es abstracta y que lo único que ha hecho este siglo, -profundizando en una mayor abstracción-, es abolir el ornamento (para que no sepamos si estamos en una fábrica o un palacio), y negar la simetría (para no saber si estamos ante una fachada principal o una lateral). Pero, en mi opinión, la abstracción en arquitectura ha ido más allá, negando incluso las simbologías más elementales y entendibles.
Un niño que dibuja una casa, pinta una puerta con un sendero que conduce hasta ella, una ventana encima de la puerta, un tejado inclinado y una chimenea de la que sale humo. Esos son los elementos figurativos de una casa que arquitectos como Le Corbusier o Mies van der Rohe, se propusieron eliminar para estar a la altura de los pintores abstractos. Un Ayuntamiento es como una casa más grande con una plaza regular ante la puerta, y un balcón en vez de ventana, en el que ondea una bandera, y en el que un alcalde tira un cohete o echa un discurso. Moneo pintó para Logroño un Ayuntamiento sin puerta, con una plaza irregular y dos fachadas distintas y en ángulo, en la que no se puede encontrar ningún balcón señalado ni ningún punto privilegiado para poner la bandera. Para no parecer una casa (ni siquiera consistorial) tampoco le puso un tejado inclinado.
Lo curioso del caso es que en el año 1972, recién obtenida la cátedra de Composición en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, Moneo humilló cruelmente a un alumno en la corrección de un proyecto fin de carrera, porque en el ayuntamiento que había proyectado no había puesto un balcón principal. Los que asistimos a aquella memorable sesión y vimos al poco tiempo el Ayuntamiento que el propio Moneo había proyectado para Logroño, aprendimos a desconfiar para siempre de este personaje. Y quien conoce bien a Moneo, sabe también que su brillante carrera está construida sobre una gran erudición y una extraordinaria puesta en escena, empleada sin escrúpulos tanto para humillar al débil como para halagar al poderoso. No ha habido apenas un sólo arquitecto en este país que se haya atrevido a criticarle públicamente. Ni yo lo haría en un salón de actos, por supuesto, porque su erudición y teatralidad son infinitamente superiores a las mías. Pero eso no tiene nada que ver con la verdad, que como dice Mairena a sus alumnos, tanto da que la diga Agamenón o su porquero.
Pero dejemos al personaje y volvamos al edificio. Y no se entienda lo dicho en el anterior párrafo como una manifestación de rechazo hacia la persona Moneo, sino como un dato para mejor entendimiento del edificio del Ayuntamiento de Logroño: ahora todo el mundo sabe por qué nadie se ha atrevido a criticarlo públicamente, y por qué es venerado por los iniciados en la arquitectura con tanto miedo como confusión.
No voy a cargar mucho más las tintas que con lo dicho anteriormente, porque no sabría decir a ciencia cierta si lo que Logroño necesitaba o quería era un Ayuntamiento abstracto (que se lo pregunten a Narciso San Baldomero); o si lo que Logroño necesita y quiere ahora, es seguir teniendo un Ayuntamiento abstracto: que se lo pregunten a la población en un referendum como el de la ubicación de la estación del ferrocarril.
Pero es que, además de que criticar al Ayuntamiento de Logroño es difícil por el personaje que tiene detrás, lo cierto es que al igual que la pintura abstracta, la arquitectura abstracta parece también estar blindada contra la crítica. En tanto que no entendible, lo abstracto es no criticable, y si alguien osa hacerlo, se arriesga a que le llamen tonto por no haber entendido su lenguaje iniciático. Un amigo mío utilizaba con éxito una estrategia inversa: “esto debe ser muy bueno -decía-, porque no lo entiendo”. Y es que ¿alguien entiende el espacio que está al fondo de la plaza donde se juntan los porches achaparrados y fríos de la diagonal que va hacia el Espolón, con los porches livianos de la diagonal que va hacia Avenida de Colón y, -por si eso fuera poco-, con los bajos del Auditorio y el pasillo exterior de la chimenea de la calefacción? ¿o el del mismo patio del triángulo político que en un ángulo presenta la elegante escalera procesional forrada con la piedra de la fachada, mientras que en el lado opuesto se ofrece la vista de una descarnada estructura de hormigón?. ¿Alguien entiende la ausencia de puerta, la ausencia de balcón, la ausencia de bandera?. ¿Alguien entiende que el primer edificio de la ciudad se exprese ante los ciudadanos rompiendo mediante dos diagonales la racionalidad urbana por excelencia de la trama ortogonal?. No, nadie lo entiende, y por eso, -y por el miedo real al sabio, poderoso e irascible Moneo-, todo el mundo se calla. (Que lo del miedo no es una invención mía, se puede corroborar leyendo la temblorosa reseña escrita recientemente por Carles Martí en Arquitectura Viva n. 66 del Auditorio de Barcelona).
El mundo y la vida han sido siempre ininteligibles pero las sociedades, el progreso y el bienestar se han construido a base razones y de entendimiento. Las sociedades se expresan con sus edificios, y cuando éstas los hacen ininteligibles amenazan sus principios. La única interpretación figurativa que yo he dado a la planta del Ayuntamiento de Logroño es la del famoso comecocos de los juegos de pantalla, y así lo pinté en una artículo escrito para el Suplemento especial de La Rioja del Lunes de 17 de septiembre de 1990, titulado El Tragantúa. No es una interpretación muy favorable, así que si nadie encuentra una mejor, yo espero que algún día esta ciudad tenga un alcalde sensato que, entendiendo lo que aquí digo, se decida a meter una pala para arreglar este entuerto que nos dejó el confuso siglo XX y su arquitecto más afamado.
Que es una obra de arte y su derribo llama al escándalo,... tanto mejor. La muerte de esa “obra de arte” le daría a Logroño una publicidad mundial baratísima. Luego se dice que no se tirará hasta dentro de diez años para que lo puedan ver todos los estudiantes de arte y de arquitectura que en el mundo hay. Y venga a venir turistas a hacerle fotos. Porque eso sí que es cierto: como quedan bien los edificios abstractos, es en las fotos.

martes, 7 de septiembre de 2010

EL LAVADERO DE TRICIO

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(Mientras que los grandes edificios pasan de una cultura a otra, las pequeñas construcciones, sin embargo, mueren inexorablemente con su cultura sin que apenas nadie sea sensible a ello. No guardo la fecha del periódico en que se publicó esta necrológica, ni la foto que hice para la ocasión, así que marzo de 1988 es la única referencia)

Corren tiempos en que no es infrecuente el sentimiento de indignación por la desaparición irracional de personas o cosas. Son tiempos de ignorancia y de incapacidad para la contemplación: malos tiempos para la arquitectura, que según mi amigo Joan Isart, es contemplación. Huiré por tanto de la indignación en las líneas que siguen.

El lavadero de Tricio acaba de desaparecer. Tal es la noticia. El sábado 19 de marzo tomé la fotografía que ilustra esta nota: en ella pueden verse sus escombros. Recordé allí el dictamen del gran Borges: “sólo lo que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos”.

José Manuel Ramírez me había encargado, a mediados del año pasado, su restauración (aunque sin fondos, -como me advirtió Angel Mellado). José Luis Hormilla, Margarita Zangroniz y yo lo medimos, fotografiamos, contemplamos y aún acariciamos las desgastadas piedras de lavar y sus cansados pilares en un día de frío intenso.

Poco después supe que muchos otros esfuerzos se habían dado para impedir su ruina. Carlos Muntión fue el promotor de los más de ellos. Releo ahora lacónicamente un “Saluda” que el COAR le envió y él me cedió: El Decano del colegio Oficial de Arquitectos de La Rioja Saluda a D. Carlos Muntión Hernáez y le comunica que ha sido desestimada su solicitud para Beca COAR de 1985 y que bajo el lema “Salvar un lavadero” había presentado. Agradeciéndole su participación...”

Para recaudar fondos con destino a la compra de la madera de reposición, se fueron su hermano y Solozábal a jugar un partido de pelota a Salas de los Infantes. Conseguida la madera, mi malquerida Oficina de Supervisión de Proyectos redactó un Presupuesto el 29 de marzo de 1985 para acometer las obras. Transcribo el oficio: “Adjunto se traslada Informe Técnico realizado por el Aparejador de esta Oficina, D. Pedro Conde, valorando las obras de reconstrucción del lavadero de Tricio. La valoración asciende a 117.456 ptas. sin incluir la mano de obra, medios auxiliares y madera de estructura, conforme a las directrices que nos fueron indicadas. Firmado: el arquitecto-jefe D. Jesús de Pablo Pastor”. Adjunto al informe-presupuesto había dos dibujos, una sección y una planta de José Angel León García, provenientes de un trabajo de recopilación de fuentes y lavaderos que, bajo la dirección de José Miguel León, había realizado con la ligera ayuda, esta vez sí, de una beca del COAR.

Un Director Regional, un Premio Nacional de Investigación Etnográfica, dos excelentes pelotaris, un ex Consejero, un Consejero, un buen arquitecto y su dibujante, mis ayudantes y yo. Se ha cerrado la lista. Ya no habrá nadie más.

Dos acólitos me acompañaron en el funeral. Uno, que como puede verse no le hacía ascos a la fotografía, me indicó que buena falta le hacía (el empujón final). El otro, que desapareció rápidamente por el camino de la ermita, sentenció: “total no servía para nada...”. Son cosas que se oyen en los entierros.

Hacía sol. Joachim von Passenow, el primer personaje de la trilogía de Hermann Broch, “deseó para su propia muerte un día suave de lluvia”. Muerte y lluvia son complementarios. No hubo la suerte de tener la lluvia pero sí la música: desde la entreabierta puerta de mi coche me llegaban los desgarrados bufidos de una cinta del Barón Rojo.