domingo, 14 de junio de 2026

¿TODOS O ALGUNO?


(Mi más extensa y agria polémica en prensa tuvo lugar en las páginas del fracasado periódico La Voz de la Rioja, en junio de 1994. Se levantó contra mí una de las mejores plumas de la localidad, que no imaginaba, sin embargo, tan belicosa. Esta vez ataqué a todo el poder en general y no a ningún cargo en particular, por lo que nunca me he explicado el papel que jugaba en ésto mi oponente; con quien, por cierto, también me he vuelto a encontrar luego, cordial y amistosamente, en las carreras populares de media maratón)   


Si corrupción es usar el cargo público en beneficio propio, la respuesta que los políticos y sus “intelectuales” se empeñan en difundir y machacar hasta la saciedad en los últimos días y semanas (como si de un anuncio publicitario se tratara) de que los corruptos son sólo unos pocos, es completamente falsa. Corruptos son todos: porque la idea de poder, asociada a la figura del político, es equivalente a la idea de corrupción. No es que el “poder corrompa”, tal y como se dice habitualmente en el sentido de los riesgos y peligros que el ejercicio del poder comporta; decir que el “poder corrompe” significa abrir la posibilidad del caso contrario, es decir, la posibilidad de que no todos los políticos sean corruptos. La proposición “el poder corrompe” es una media verdad que se enuncia para ocultar la verdad más profunda, esto es, la de que el poder es en sí mismo, esencialmente, corrupción.

Se sustenta esta tesis en dos argumentos, el del acceso al poder y el del poder como dominio y enriquecimiento; y se ilumina finalmente con la descripción de una figura asociada equívocamente al poder, la figura del padre.

Cuando el poder no es innato, cuando uno no está llamado a ejercer el poder originariamente, el acceso al poder implica una “conquista”. Y de este modo, el primer argumento irrebatible de que el poder es corrupción puede verse en el estigma de la batalla por el poder. Aquel que alcanza el poder por decisión propia lo hace, siempre, elevándose sobre los demás y humillando al otro. Sea en las urnas o en el campo de batalla, el acceso al poder es ya, en sí mismo, un enriquecerse frente al perdedor. Quien lucha por el poder poniendo en riesgo su trabajo y su prestigio, abandonando o semiabandonando a su familia, e incluso jugándose su propia vida, lo hace por el beneficio que vislumbra tras la victoria o en la victoria misma. En el transcurso de la lucha por el poder no cabe ni un atisbo de eso que se llama “el poder como servicio a los demás”, porque lo que está en juego en ese momento, no son los demás, sino la propia vida del político o guerrero que trata de imponerse al otro. Es preciso señalar al respecto, en estos tiempos en que tanto se denosta a la guerra y se ensalza a la democracia, que guerra y democracia son equivalentes en el sentido de que abren al hombre la posibilidad de hacerse con el poder sobre los demás hombres. Sólo esa guerra presente y futura que vislumbra Hans Magnus en su libro Perspectivas de guerra civil,  escaparía al modelo, porque en ella no hay perspectiva de beneficio y enriquecimiento, sino tan sólo de destrucción y autodestrucción. Mientras ese modelo no se imponga ni alcance a la democracia (ganar unas elecciones para destruir y autodestruirse), hacerse con el poder es enriquecerse, y por tanto, según la definición dada al comienzo de esta nota, corromperse.

Cierto que a partir de la llegada al poder, el político podrá dedicarse al así llamado “servicio a la sociedad”, a la gestión, a la representación y a qué sé yo que otras cosas más, pero eso no ha de hacernos olvidar su culpabilidad original. Llegar al poder para seguir enriqueciéndose una vez allí instalado es continuar en la misma dinámica del acceso. Llegar al poder y dedicarse al servicio a los demás es querer limpiar la conciencia, querer devolver al derrotado y humillado parte del botín conseguido en la lucha por el poder. Pero no todo; nunca todo. La dimisión, lo último.

En segundo lugar, la idea de poder, tal y como ha demostrado fehacientemente Emanuele Severino, subyace en la idea de “occidente” que inaugura la filosofía a partir de Platón, y que desarrollan y culminan la ciencia y las técnicas subsiguientes. Poder es dominio sobre las cosas y las personas, capacidad de uso y disfrute, hasta la aniquilación, de las cosas y las personas. El deseo de poder va asociado a la creencia (fe) de que las cosas y las personas pueden ser apropiadas y aniquiladas, es decir, -en jerga filosófica-, que pueden pasar del ser al no-ser. Pero ese proceso del pasar del ser de una cosa al no-ser ¿no es precisamente lo que comúnmente llamamos corrupción?. Poder es corrupción. Hasta Platón lo debió intuir cuando para abrir la posibilidad de dar marcha atrás propuso poner a la cabeza de su república al filósofo; pero tristemente el filósofo -como enseña Severino-, no era sino quien había dado el pistoletazo de salida en la carrera por el poder.

Podría pensarse que los únicos legitimados originariamente para acceder al poder serían quienes ya nacen en el poder o aquellos otros que acceden al poder empobreciéndose con ello. La legitimidad de los primeros es dudosa, porque la genética no garantiza que de padres inteligentes, valerosos e intachables, no salgan hijos calaveras. Es preciso dejar sentado de una vez por todas que las actuales monarquías y aristocracias no son sino un museo etnográfico nacional. Que ese museo, como cualquier otro, de pintura o arqueología, sea lo más valioso que tenga el país sólo será un índice de su pobreza vital. El caso de los segundos, los que descienden a ejercer el poder, es de una rareza inaudita: practicamente nadie bien instalado socialmente, con prestigio, dinero, tranquilidad y tiempo, echa por la borda todo ello para ocuparse de un presunto servicio a los demás. Incluso si así lo fuera, toda partitocracia le cerraría las puertas. El caso Garzón, con todas las dudas que su ambición y dimisión hayan dejado entrever, podría haber sido una buena muestra.

Dar con una figura de poder impoluta en su origen y que en el ejercicio del poder no anide la voluntad de dominio, uso, disfrute y aniquilación, parece harto difícil. Es posible que en el amplio abanico de situaciones biológicas y vitales tan sólo la figura del “padre” (o madre) pudiera tener alguna oportunidad. En primer lugar, porque el padre accede a su status de una manera verdaderamente ciega e inconsciente, -amor y sexo-, y hacerlo conscientemente implica en este sentido, deslegitimación; y en segundo lugar, en la inevitabilidad del relevo generacional aparece destinado a darlo todo por sus hijos. Por lo general le asaltan siempre las dudas del método: ¿cómo hacer para dar sin humillar y para que en el dar no haya un tomar (ese problema de la herencia que con especial ternura ha tratado Félix de Azúa en su última novela)?. Hay que decir que el pobre padre no ha tenido nunca una buena escuela en el resto de los modelos de poder, y que por lo general ha cedido a imitarlos explotando a sus hijos, adoctrinándolos, o incluso abandonándolos para seguir en su tarea de enriquecimiento personal. Pues bien, aún así, tan sólo él y gracias al privilegio que sus especiales condiciones originarias y generacionales le proporcionan, alguna vez, en un atisbo de lucidez, ha tenido la posibilidad de descubrir que el único modelo válido del ejercicio de la paternidad, y en ese caso del poder asociado a la paternidad, sea el de dar ejemplo.

Quien ha llegado arriba, quien está ya arriba en algún tipo de poder porque el destino así lo ha dispuesto, no está para gobernar, para enriquecerse, para representar ni para hacer las gestiones de nadie. Está sobre todo y ante todo, para ser ejemplar. No es que la mujer del César tenga que parecer honesta para no llamar a escándalo; es que tiene que ser honesta para dar ejemplo. 

Esa es la tarea del poder y su responsabilidad; un destino que parece haber sido completamente olvidado en estos turbios días en que la corrupción se ha convertido en un espectáculo de tal alcance que no sería de extrañar que pronto el populacho y sus periódicos/televisiones empezaran a pedir a los políticos que fuesen corruptos para poder divertirse día tras día con su destrucción. Algo que, por otro lado, encajaría perfectamente con las tesis de Magnus. 




A este artículo contestó Pedro Santana en el tono más ácido posible, intentando mi descalificación absoluta. Quien esté interesado en el artículo de Santana, titulado “Cuando todos es ninguno, o sea, siempre” lo puede encontrar en las Hemerotecas, en el periódico Voz de la Rioja de 8 de junio de 1994. Yo le respondí con una Carta más agresiva aún que levantó ampollas, (a la que respondió con un par de líneas igualmente insultantes) y con otro artículo de “balance” o rendición que van a continuación. También apareció otro artículo titulado “El poder en democracia” de Miguel Reinares Nestares (La Voz de la Rioja 4 de junio de 1994) que lejos de entrar en la metafísica del poder era un rosario de tópicos sobre la democracia y otra descalificación de mi artículo, llamandolo “panfleto de corte reaccionario” o “canto a la insensatez” que no me apeteció contestar.     



UNA POLEMICA IMPOSIBLE


(Publicado en las Cartas al Director de La Voz de La Rioja el 11 de junio de 1994)


Así como la Arquitectura es la técnica que opera con lugares para destruir el Lugar, la Literatura es el arte/técnica/poiesis (tanto da) que usa la palabra para prostituir la palabra. Los mejores arquitectos y los mejores escritores, no lo duden, son los más canallas.

Pedro Santana, a más de uno se lo he dicho, es el mejor literato que tenemos en Logroño, por tanto, la persona que tarde o temprano tendría que salir en defensa de la corrupción.

Lástima que esta vez no le haya bastado el “arte” de la palabra y haya tenido que recurrir al insulto, e incluso, a la invocación de la ley y la moral.

Así que no le voy a contestar en mis términos (que no se los merece/ni los entiende) sino en los suyos: ¿no les parece sospechoso que cargue contra la figura del padre aquél que lleva el apellido de la inclusa?. 


BALANCE DE UNA BATALLA


(Publicado en La Voz de La Rioja el 22 de junio de 1994)


Acertaba Heráclito cuando equiparaba la polémica con la guerra en el sentido de que los frutos productivos de la primera son consustanciales con la voluntad de poder que se pone de manifiesto en la segunda; pero no se preocupe nadie que en esta ocasión no voy a seguir con ese discurso metafísico sino con el que asegura que las polémicas son para perderlas o ganarlas; y con el de la afirmación o reconocimiento de que, amén de las perlas que en el choque hayan podido producirse, en mi última batalla sostenida con Pedro Santana en estas páginas, el perdedor he sido claramente yo. Santana sigue teniendo el mismo apellido, nada indigno como luego demostraré, mientras que yo, además de pasar a ser analfabeto, infame, idiota y burro, me he encontrado con que amigos comunes de Pedro y míos, me han llamado para decirme que no sólo estaban del lado de Santana sino que si les veía por las calles de Logroño hiciera el favor de no saludarles.

Todo mi fracaso, creo yo, se ha basado en el rechazo a la polémica puesto de manifiesto en la carta Una polémica imposible  con la que me escusaba de contestar al Cuando todos es ninguno, o sea, siempre  de Pedro Santana. Las líneas que siguen quieren ser una explicación a quienes he podido defraudar con mi retirada.

El artículo ¿Todos o alguno?   lo escribí como reacción a dos acontecimientos: el primero de ellos fue un mediocre artículo publicado por el ex director del IER, Delgado Idarreta, en el que quería lavar la cara al PSOE gobernante diciendo que la corrupción era un fenómeno completamente aislado (vamos, que era una heridilla en el cuerpo del Estado y no un cáncer); la segunda de las motivaciones fue la escandalosa afirmación, varias veces repetida en medios audiovisuales y escritos durante el así llamado Día de la Familia, que venía a decir que afortunadamente la familia se estaba “democratizando”. Y de ahí ¿Todos o alguno?

En el artículo de Pedro Santana, si lo recuerdan, antes de entrar a reirse de mis respuestas a esas dos provocaciones mencionadas, lo primero que éste hacía era una descalificación grotesca de Heidegger y Jünger como si a mí me fuera algo en ello. Cierto que he leído y admiro a esos dos grandes pensadores, pero de ahí a identificarme con ellos como si de un hincha con los colores de su equipo se tratara, va un abismo. Hasta ese punto su ataque era un insulto a la inteligencia, y no una agresión personal.

Los insultos empezaban a continuación (inanidad cultural, idiocia práctica, metafísico (?), burgués gentilhombre (en francés que queda más fino) y finalmente, payaso, a tenor de las carcajadas que mis tesis le provocaban. 

Desde que le conocí hace unos diez años, mi relación personal con Pedro Santana había discurrido dentro de los cauces de la cortesía local, y hasta incluso, como dije en mi carta, Pedro era objeto de mi admiración literaria. Pongo a Bernardo Sánchez por testigo.

Ahora bien, la aureola literaria de que Pedro Santana goza, tiene sus orígenes, como en otros artistas de este siglo, en el cripticismo, esto es, en no decir nunca las cosas claras, en decir frases a medias, en mirar para otro lado cuando te habla, en sus juegos absurdos con la lógica y en su capacidad de inventar citas inexistentes haciendo incluso burla de su propia jerga científico-literaria.

Ese modo de ser y de decir puede ser en principio molesto para quien quiere sacar algo del diálogo, pero cuando uno lo entiende y sabe que la cosa no va a dar más de sí, lo acepta y lo deja estar. En mi intento por ver algo de luz en Pedro Santana llegué incluso a sostener con él una breve correspondencia personal hace un par de años, pero ví que tampoco en ese terreno el chopo daba nueces. De modo que a la vista de la trayectoria de esta amistad y de los sorprendentes insultos que estaba leyendo en su artículo, creí razonable negarme a la polémica y dar por perdida la batalla.

Ahora bien, en la retirada dejé en el campo unas cuantas minas de lo más explosivas. Reconozco que no es una manera valiente de guerrear y pido excusas a quienes todavía aprecien los viejos modos. Una de las minas era llamar corrupta a toda la literatura, y la otra, recordar que Santana es uno de los apellidos que daba la inclusa.

Ni que decir tiene que Pedro (y más gente) han saltado por los aires en la segunda. No sólo no han conseguido esquivarla, sino que ni siquiera se han puesto a lo más fácil, es decir, a desactivarla: la inclusa no debería ser para los demócratas y progresistas una lacra sino un motivo de orgullo. En el origen de la modernidad, Rousseau, por ejemplo, envió coherentemente sus hijos a la inclusa. Luego, la revolución leninista abrió las familias a las colectividades y por último, para ser breve en el recuento, la contracultura de los sesenta volvió a cargar con sus comunas contra el poder de los padres. La idea de las libertades individuales que proclama la democracia siempre chocará contra las estructuras orgánicas que provienen del patriarcado o matriarcado. Y si a los orgánicos nos gusta encontrar sentido a nuestros apellidos, no veo por qué los demócratas, liberales, progresistas y marxistas tengan que ofenderse porque les recordemos los suyos.

Cegado por su victoria y escocido por las inesperadas heridas que le han causado las trampas puestas en mi retirada, Pedro sólo ha acertado a llamarme mal escritor y analfabeto. Pues bien, fíjense, yo lo acepto públicamente porque no quiero convertir este entrañable Logroño en una pequeña Bosnia Cultural. Proclamo mi derrota y firmo acta de cesión de todos los honores que da la palabra y los territorios que en esta Comunidad impera.

Eso sí, a cambio, sólo le pido a él y a sus amigos, es decir, a todos los ganadores, que por favor no me nieguen el saludo. Primero, porque establecido está que hasta los enemigos deben saludarse, y segundo, porque la negación del saludo ya no significa victoria sino total aniquilación del otro, es decir, triunfo absoluto de la locura y derrota radical del hombre. Y en la aceptación de la existencia del “otro” supongo que estaremos de acuerdo; ¿o tampoco?