domingo, 14 de junio de 2026

OPOSICIONES REGIONALES


(La última polémica del año 84 fue sobre el compadreo de las oposiciones locales. El animador de la misma fué, en esta ocasión, el Director General del Insalud en La Rioja, Javier Pérez SantoTomás. Hay que decir que el director de LA RIOJA metió la mano más allá de los titulares, recortando frases y párrafos a su antojo, animándola también por su cuenta. Aquí transcribo mis textos tal y como yo los escribí y el de mi oponente, tal y como fue publicado. Como en el caso de la polémica con Ramírez, una lectora llamada Carmen Saenz le dijo a Pérez Santo Tomás “que si no se sabe dar una contestación aclaratoria correcta mejor, callarse” -La RIOJA 5 de enero)   


Oposiciones Regionales: Una tesis, una antítesis y una propuesta personal.

Las recientes noticias llegadas a este diario en forma de quejas y denuncias sobre las últimas oposiciones regionales a funcionarios (Insalud, Escuela de Teatro, Residencia de la Rioja, etc.) me han animado por simpatía, -como habitual opositor que soy-, a ofrecer consuelo a los aspirantes decepcionados, a dar explicaciones a los indignados y en fin, a hacer alguna advertencia a quienes todavía pueden caer en la trampa de presentarse a una oposición regional con la ilusión de que tal procedimiento encierre un ápice de credibilidad. Y todo ello en la forma que propone el título de este escrito, esto es, una tesis (con axioma previo), una antitesis, y una propuesta personal

Haré de entrada una neta distinción entre dos tipos de oposiciones, las que ofrecen plazas de trabajo en un número abultado y las que ofrecen dos, tres, o, por lo común, una sola plaza. Dada mi inexperiencia en las primeras y debido también a lo infrecuentes que puedan ser en el ámbito de una Comunidad Autónoma tan pequeña como la nuestra, me referiré tan sólo a las segundas, a las que de ahora en adelante tomaré por las genuinas “oposiciones regionales”. 

Pues bien, casi sin querer acabo ya de formular el axioma que determina y condiciona este segundo tipo de oposiciones de pocas plazas, a saber, que como se celebran en un marco social bastante reducido, todos, tribunal y opositores, nos conocemos poco más o menos.

La tesis.- Se deduce de dicho axioma la tesis central de este escrito: si todos nos conocemos y por tanto ya sabemos quién va a sacar la plaza, ¿para qué demonios montar una oposición?. Respuesta: las oposiciones regionales se montan básicamente para salvaguardar ante la opinión pública la sagrada honestidad de nuestros gobernantes (sobre todo si son del PSOE) y de nuestras instituciones públicas.

Aunque ello no siempre es así y a veces la tesis traiciona el axioma: en unas recientes oposiciones convocadas por el Insalud para una plaza de Pediatría, resultó que para salvaguardar tanto la honestidad del tribunal (que ya previamente había sido puesto en entredicho) se recurrió a dar la plaza a otra persona distinta a la que, en principio y en sentido común, la merecía.

La antítesis.- Pero casos estrafalarios al margen, algún miembro de tribunal inteligente (si lo hubiera) del mismo axioma podría deducir la tesis contraria a la mía: en efecto, que como aquí nos conocemos todos, también sabemos de la ética de nuestros gobernantes y de nuestras instituciones públicas, luego no hace falta que se monten oposiciones para demostrarla. Correcto. Ahora bien, -prosigo-, si siguen habiendo oposiciones y tribunales debe ser porque no hay nadie que aún haya llegado a esta lúcida deducción. Y al respecto comentaré brevemente un episodio autobiográfico: una vez tuve un amigo al que creía inteligente; nuestra amistad y mi consideración sobre su inteligencia se acabaron cuando me lo encontré engañándome como miembro de un tribunal.

Puestas así las cosas y haciendo hincapié en las últimas palabras de mi axioma, esto es, que aquí nos conocemos todos pero “poco más o menos”, admito que las susodichas oposiciones tienen algo de positivo: sirven para conocernos todos un poquito más. Ahora bien, debido a que los tribunales carecen de ganas de conocer a los opositores (recordemos que las plazas ya tienen destinatario), lo verdaderamente interesante de las oposiciones es que permiten conocer mejor a las personas que forman los tribunales, interés que se ve acrecentado por el carácter de “personalidades” (a nivel regional, se entiende) que suelen tener algunos de sus miembros. No me negarán Vds. que después de las últimas oposiciones ahora sabemos mucho mejor en qué manos están las riendas del Insalud, de la Escuela de Teatro o de la Residencia de La Rioja. Así como, de mi cosecha, yo también podría aportar algo sobre el “valor comprobado” de personalidades como Francisco Díaz Yubero o Antonio Ulecia, quienes desde sus conocimientos de arquitectura y urbanismo (e incluso administración pública) se atrevieron a juzgar los míos.

Admito pues que las oposiciones regionales tienen alguna utilidad, pero nadie me negará que es a un alto precio: jugar con las ilusiones y con las aspiraciones de trabajo de los opositores es jugar caro; tan caro, incluso, como para preferir prescindir de los conocimientos que éstas proporcionan.

Y paso así, preparando ya mi propuesta, al capítulo más triste y doloroso de las oposiciones, capítulo al que los tribunales, desde la alta atalaya de su sabiduría parecen ser insensibles a pesar de la palmadita en el hombro que al final te dan diciéndote “otra vez será”. Me refiero, claro está, al carácter humillante de las mismas: porque humillante es verse en una de esas largas listas de gente buscando trabajo; porque humillante es ser juzgado por individuos que generalmente (por no decir siempre) saben del temario en cuestión mucho menos que el opositor; porque humillante es, se gane o se pierda, el competir con otros compañeros por un sueldo que nos garantice el cocido; porque humillante es, al final, verse relegado por otros cuya única virtud sobre la tuya es ser más afín o “caer mejor” a los miembros del tribunal.

Y ante tanta humillación sólo cabe una respuesta noble y viril, una respuesta verdaderamente ética, como diría Savater: la afrenta pública, el juicio a nuestros tribunales, el juicio a las oposiciones. Porque la otra actitud, la de la impugnación, presupone el reconocimiento del tribunal, precisa más fe que moral y requiere tener buenos contactos,... o por ejemplo, ser cuñado del Presidente de la región...

La propuesta.- Mas para que no se me tache de derrotista, para que vean que no sólo destruyo, voy a hacer “in extremis”, apoyándome en la consideración anterior, una propuesta concreta que permita a nuestros gobernantes salvar dignamente sus oposiciones. Mi propuesta es que al final de cada oposición juzguen los opositores su resultado mediante un simple refrendo: una hora de debate, diez minutos de votación, recuento y listo. No es mucho pedir, ¿no?. Aunque ya sé lo que me dirán los tribunales bienpensantes (mas bien en este caso malpensados) : que los opositores que no han sacado la plaza siempre votarán negativamente movidos por su orgullo herido o bajo subjetividad. Pues bien, a tales malpensantes les diré que sólo se hiere el orgullo cuando el tribunal se desinteresa por los opositores con total negligencia, y sólo votarán subjetivamente los opositores cuando el tribunal haya actuado igualmente de forma poco objetiva, ¿o es que el hombre es malo por naturaleza?.

Mientras tanto, hasta que no se tomen medidas drásticas de este tipo (a eso llamo yo profundización democrática y no a conseguir cazar más militantes en los pueblos) prefiero que se den los trabajos a los amigos o a aquellos en quien se tenga más confianza.Y que se asuma esta acción ante los ciudadanos como una acción de gobierno más. Es preferible que se contrate así a la gente por plazos razonables porque además de no engañar al personal, se evitaría ese enquistamiento de por vida de los amiguetes en la Administración: si el Movimiento nos dejó a nuestras instituciones plagadas de serviles amigos, los del PSOE, al tren que van, no se van a quedar a la zaga). Plazos de contrato que vayan más allá, incluso, de los posibles cambios de legislatura, en los que el funcionario tenga la posibilidad de demostrar su capacidad (técnica y no política) ante unos y otros. Contratos qe abran la posibilidad de prórrogas más amplias si el funcionario se hace acreedor a ellas. Prefiero pues que se acaben con las oposiciones que justifican aquello de que las instituciones son un feudo de los funcionarios (lo de las plazas “en propiedad” es toda una definición), para que al fin dichas instituciones sean entidades realmente abiertas, y por tanto, al servicio de los ciudadanos. 

Y hasta que eso llegue, mientras tengamos que soportar las oposiciones tal y como hasta ahora las conocemos, mientras que los opositores no puedan juzgar por votación a sus tribunales, bienvenidas y celebradas sean todas esas “cartas al Director” que, contando las miserias de cada oposición, ponen en tela de juicio a los tribunales que las presiden y a las instituciones que las convocan.  



El director provincial del INSALUD replica a Juan Díez del Corral

Sr. Director:

Deseo acogerme al derecho de réplica a un escrito firmado por Juan Díez del Corral, bajo el título “para qué demonios cuenta la oposición”, aparecido en el periódico de su digna dirección de fecha 26 del presente mes.

Generalmente resulta fastidioso tener que replicar escritos como éste, porque hay que leerlos varias veces para llegar a la conclusión de que ahí, lo único que quiere hacer su autor es decir que a él no le gustan los socialistas y que le han suspendido una o varias oposiciones.

Esto lo plantea don Juan como suelen hacerlo este tipo de personas, con las tripas, haciéndose el pobre un lío con la tesis, el axioma previo y la antítesis. Está lejos de mi ánimo dar consejos, pero creo que si pretende ser visceral, hay que hacer un escrito visceral y no mezclarlo con la lógica o la ética, porque el resentimiento y la lógica son malos compañeros en el pensamiento y dan como resultado memeces como la que no he tenido mas remedio que descubrir en el escrito del señor Díez del Corral.

Me da un poco de vergüenza ajena tener que desmontar una argumentación tan absurda, pero en fin...

Viene a decir este señor que en unas recientes oposiciones del Insalud para una plaza de Pediatría se hizo lo siguiente: 

Primero, para salvaguardar la honestidad de los miembros del tribunal se convocó la oposición.

Pero no tranquilos con eso, y para requetesalvaguardar la honestidad del tribunal se le dió la plaza a una persona distinta a la que en un principio y en sentido común la merecía.

O sea, que le queríamos dar la plaza a uno, y para que no se nos notara se la dimos a otro. Precisamente el otro, el que nos ha servido de cortina de humo y se ha quedado con la plaza, tenía más puntos e hizo mejor examen.

Ya sé que lo que le voy a preguntar resulta un poco difícil para personas como usted, amantes de jeribeques mentales tan vistosos:

¿No cree, don Juan, que si en una oposición, el concursante local, con todas las simpatías y aprecio de sus méritos profesionales por parte del tribunal, pierde en buena lid frente al concursante forastero y así se reconoce, se han hecho las cosas bien?

A lo mejor lo que ocurre es que le gustaría estar a usted en un puesto de responsabilidad para hacerlo de otra forma.

Atentamente


Francisco Javier Pérez Santo Tomás


Réplica a Javier Pérez Santo Tomás


Decía Borges en el extraordinario prólogo a su traducción de las Hojas de Hierba de Walt Whitman, que en cierta ocasión asistió a una representación de Macbeth, y que a pesar de que la traducción era no menos deleznable que los actores y que el pintarrajeado escenario, salió a la calle deshecho de pasión trágica: “Shakespeare se había abierto camino”.

Pues bien, como ni Pérez Santo Tomás tiene la perspiscacia de Borges ni yo el alcance comunicativo de Shakespeare, el fracaso de una posible discusión sobre el tema de las oposiciones regionales habrá que atribuírselo al diario LA RIOJA que alteró notablemente el escrito que yo entregué: mi artículo se publicó con título, sobretítulo y párrafos cambiados, frases mutiladas, paréntesis suprimidos, palabras clave modificadas y todo el final eliminado. Cambiaba bastante su sentido y por ello, para tí, Javier (permítaseme a partir de ahora la alocución directa), creo que no me he abierto camino. De verdad que lo siento.

De todos modos y a la vista de tu carta (que supongro íntegra y literal para no enredar más las cosas) me queda la duda de que hayas hecho el mínimo esfuerzo, o aún peor, de que tengas la suficiente capacidad, para entenderla. No son los hechos de las oposiciones que convocais lo que analizo, sino lo que hay detrás de los hechos. El juicio ético, más allá de si te salen las cuentas de los baremos y los tests, más allá de lo que tú llamas “hacer las cosas bien” (o acaso aún no sabes que más allá del bien (y del mal) hay mucha tela por cortar?), se dirige al centro de la acción, esto es, a la voluntad. Y es por ahí por donde presiento que haces agua: confundir la voluntad con las tripas es un mal diagnóstico para un médico como tú. Y sobre todo es un mal diagnóstico porque por otro lado casi habías llegado a acertar: dices al final de tu carta que a lo mejor lo que yo quiero es tener un puesto de responsabilidad para hacerlo de otra forma. Caliente, caliente, pero no fuego: en efecto, aspiro a que se hagan las cosas de otra forma aunque para eso, de momento, no creo oportuno tener que optar a ningún cargo político. Aspiro tan sólo a decir públicamente cómo hacerlo. Que no es poco.

Y puestos a decir cosas te diré que donde sí que veo visceralidad es en tu escrito, Javier. Y de verdad que lo siento. Ultimamente los socialistas, desde el Presidente del Gobierno hasta el último militante o independiente con alguna responsabilidad pública, contestáis a las críticas que se hacen a vuestra gestión con toda suerte de improperios, insultos y frases malsonantes, como si el haber obtenido un mayor número de votos que vuestros oponentes os hubiera dado, además del poder, la arrogancia de la posesión de la verdad. Gobernando así es difícil teneros simpatía porque recordais mucho a todos aquellos que por creer que la verdad y la honestidad eran exclusivas de su patrimonio, acabaron escribiendo las páginas mas negras de la historia.