(Este artículo lo envié a El Correo Español, no sé si para no abusar tanto de La Rioja o para que Martín-Losa no me lo alterara. El Correo lo publicó en su edición del 11 de junio de 1985)
Explica Leonardo Benévolo en un librito de reciente aparición, que la emoción estética surge cuando en la obra de arte encontramos cierto equilibrio entre elementos que nos son familiares y elementos que nos sorprenden; entre elementos que ya hemos experimentado y elementos que nos desafían.
Si aceptamos tal explicación nos será fácil entender la tradicional impopularidad de las pinturas genéricamente denominadas “abstractas”: el gran público se encuentra tan sorprendido y desafiado que opta por salir corriendo. Sólo los iniciados aguantarán la provocación y podrán aspirar así a alcanzar alguna que otra “emoción estética”. Tal pintura deja de ser un lenguaje universal para pasar a convertirse en jerga especializada. A partir de ahí, su disfrute irá inexorablemente unido a la sensación de pertenencia a una élite, a una casta de privilegiados; lo que para algunos es mucho más placentero que la propia pintura...
Afortunadamente nada de eso ocurre en las pinturas que Octavio Colis ha colgado en la Sala de Exposiciones del Ayuntamiento bajo el título de “Logroño”, y que se vienen exhibiendo entre los días 6 y 20 del presente mes. En todas ellas hay algo de familiar.
Para unos, probablemente los más, lo familiar son esos lugares más o menos cotidianos, esos lugares queridos u olvidados que componen Logroño. Para ellos, lo desafiante, lo emocionante, es la forma en que Colis los muestra: lugares anodinos y grises, se tornan brillantes y animados; lugares pintorescos y alegres, aparecen monocromáticos; lugares totales, se ven fragmentados; pequeños fragmentos urbanos, se tornan paisajes totales; lugares aburridos, se llenan de poesía y color; lugares poéticos (¡ay!, de esos casi no quedan) son revividos de nuevo. Líneas rotundas y sórdidas se desdibujan; perfiles que pasan desapercibidos, se enfatizan. En todas las pinturas, la alegría y el gozo del juego, de la transgresión, se adueñan del espectador. La sensación de liberación es total.
Para otros, quizás los menos, lo próximo, lo familiar, es esa libertad de ver las cosas, esa manera de expresarse con rayas, manchas y colores, ese optimismo, e incluso humor, que se manifiesta en cada pincelada. Para ellos (para nosotros), lo realmente extraordinario y sorprendente es que tales pinceladas se hayan ocupado de la perdida Logroño. Lo provocador, lo desafiante, es que este Logroño de especulación y caos circulatorio, de ruina y de negocio, de planes y contraplanes, sea objeto de una mirada alegre y poética, de una mirada tierna y divertida, de una mirada, sobre todo, joven.
Las pinturas de Colis tienen en ambos sentidos mucho más valor que doscientas reuniones de sesudos varones acerca de planes de urbanismo y planes de rehabilitación. Son todo un revulsivo para que la gente se adueñe y apropie de la ciudad que es suya; para que jamás ya, les sea fría y extraña.
Porque al fin y al cabo, lo verdaderamente importante no es que la ciudad sea fea o bonita, sino que haya gente que tenga corazón joven y ojos lúcidos para verla. Como los tiene Octavio Colis.