(Publicado en la tribuna de Opinión de La Rioja del Lunes el 14 de noviembre de 1988, parece un ataque a la obra de Bellosillo en Nájera pero no lo es. Siempre escribo para “entender” no para destruir. Y para demostrarlo, adjunto como apéndice una carta que le envié al Consejero de Cultura el 27 de febrero de 1992)
Empachados de la repostería de formas arquitectónicas que la postmodernidad ha permitido en todo el mundo, y mientras los ecos de tales tontos libertinajes hace furor en provincias, las vanguardias de la arquitectura andan buscando desesperadamente el bicarbonato mágico que ponga remedio a tales excesos. A veces, ya se sabe, el remedio puede ser peor que la enfermedad, y la “deconstrucción” que así se llama el ungüento con que se quiere salir del embrollo postmoderno, en vez de solucionar la indigestión, es probable que provoque más de una úlcera.
Una exposición organizada en el MOMA de New York y una amplia repercusión en los voraces medios de comunicación especializados, han lanzado a la “Deconstrucción” como el siguiente paso del devenir del Arte de la Arquitectura.
Varias pudieran ser las frases que sintetizaran una definición del nuevo movimiento. Citaré dos: la primera de Jacques Lucan (Arquitectura 270, pag. 22) es rotunda: “la arquitectura no puede ni debe por más tiempo tender a una síntesis armoniosa”; la segunda, de Luis Fernández Galiano (Arquitectura Viva n. 1 pag. 5), incidiendo en lo mismo, sitúa a la deconstrucción en relación con el pasado: “los proyectos de la deconstrucción continúan las experiencias estructurales iniciadas por los constructivistas soviéticos, pero subvirtiendo el ideal de perfección de los años veinte; las virtudes tradicionales de armonía, unidad y claridad se sustituyen por desarmonía, fractura y misterio”.
Peter Eisenman y Frank O. Gehry son los arquitectos más conocidos de la muestra y representan los dos polos opuestos de acercamiento hacia la deconstrucción: el primero, desde la teoría (evolución de su anterior estructuralismo con que pretendió salir del impasse del movimiento moderno), y el segundo,desde los aspectos más empíricos del bricolage y el reciclaje. El resto de arquitectos que han saltado a la fama bajo el padrinazgo del MOMA y de Philiph Johnson, organizador de la muestra, tienen nombres tan complicados como sus mismos proyectos (digo yo si no se tratará de pseudónimos): Zaha Hadid, Rem Koolhaas, D. Libeskind, B. Tschumi y Coop Himmelblau. Pero la nómina de arquitectos cercanos al movimiento, evidentemente no se detiene ahí. Varios críticos españoles se han apresurado a denunciar que en el MOMA podrían haber estado sin ningún desdoro algunos de nuestros afamados arquitectos nacionales: Piñón-Viaplana, Bellosillo, Elías Torres, Miralles-Pinos, etc.
A nadie se le escapa que todo intento de renuncia a la armonía tiene mucho que ver con las subversivas vanguardias pictóricas, musicales o literarias que en el presente siglo han sido, pero que nunca habían alcanzado a la arquitectura por aquello de su componente funcional. El falso silogismo que propone Eisenman (entrevista con Nieto y Sobejano en Arquitectura 270, pag. 129) es al respecto concluyente: “todos los edificios funcionan, y como todos los edificios no son arquitectura, la función no tiene nada que ver con la arquitectura”. Sólo desde la opulencia y el descaro de una sociedad como la nuestra se podía llegar a considerar el ingente esfuerzo de la construcción como un ejercicio sólo formal y cultural.
No es difícil predecir por ello, que la deconstrucción no llegará a provincias si no es de la mano de una administración pública tan frívola como la del PSOE: es posible que la intervención del deconstructivista (con filiación scarpiana) J. Bellosillo en Santa María la Real de Nájera sea, por muchos años, la pica en Flandes puesta en La Rioja por las vanguardias de la Deconstrucción.
SALVAR UN BELLOSILLO
Querido Miguel Angel Ropero:
Salvar la sensibilidad propia es una de las tareas más urgentes en nuestros tiempos: a fuerza de soportar agresiones debe presentar ya el aspecto de una piel de elefante. Es el caso que, en la vorágine, ya nada nos inquieta ni nos motiva.
Escondido en mi torre de márfil hago esfuerzos por recuperar mis terminales sensitivas y así, me viene al recuerdo una noticia medio leída o medio contada que dice que van a tirar las construcciones hechas por Bellosillo en Nájera, que hay ya presupuestados para ello veinticinco millones y que el Consejero de Cultura, o sea tú, está perfectamente de acuerdo.
La escasa amistad que la vecindad nos proporciona me mueve a decirte, en privado, que tamaño disparate traspasa mi piel de elefante. Te lo explico en dos palabras de urgencia por si aún estás a tiempo de rectificar: 1) el problema de la obra de Bellosillo no está en sus formas arquitectónicas, sino en su encargo; 2) derribándolo, cometéis exactamente el mismo disparate que habiéndolo construido. Es decir: ¿para qué sirve hoy buena parte de Santa María la Real?. La respuesta de Bellosillo fue ahí acertada: para nada.
Los curas no lo ven así. Ellos creen que están en su casa y puesto que profesan uno de los materialismos más exagerados de fin de siglo, la nada les es insoportable. ¡Y encima en casa!.
No sé hasta dónde llega tu mano, ni me importa. Lo preocupante es hasta dónde puede llegar tu mente o tu insensibilidad. La “aisthesis” que debe producir el desempeño del cargo no te exime de culpa.
Ojala que las noticias no sean ciertas y que esta carta no tenga sentido. En cualquiera de los casos, recibe un cordial abrazo.
(Ropero me contestó a vuelta de correo que la decisión estaba tomada y que, acierto o error, lo asumiría. Pero después no se tiró...¿no?, y de ello nada más se supo)
