(Siendo Decano del COAR, los Amigos de la Rioja me pidieron su opinión sobre una posible reforma del Estatuto de Autonomía de La Rioja. Apareció publicada en la revista SIETE RIOS n. 9 de mayo de 1998)
A
nivel general, el desarrollo autonómico de La Rioja está condenado a ser
desordenado, porque se inserta en un desamantelamiento del Estado centralista
igualmente desordenado, esto es, en una reorganización administrativa y
política impulsada por un par de regiones, en la que, para conjurar el
secesionismo de ese par de regiones, se incluye al resto del territorio de eso
que llamábamos España. Pues bien, en este proceso, obviamente, La Rioja, por
población e historia, ha de estar en el furgón de cola, que es, como todo el
mundo sabe, el que más se tambalea.
Ahora
bien, en este maremagnun político y legal en que se ha convertido nuestra piel
de toro, hay que pensar también en positivo y ver si se puede sacar algo en
limpio. A nivel territorial, a los arquitectos nos ha preocupado siempre el
peculiar mapa político de nuestra Comunidad, y su incidencia en el planeamiento
urbanístico. Con el extraordinario desarrollo de los medios de locomoción y
comunicación, la realidad urbana ha dejado de ser local para trascender al
territorio, y las áreas de influencia de las ciudades han traspasado sus
límites físicos y políticos. Nuestro Estatuto de Autonomía recogía en el art. 5
una idea estupenda que sin embargo no se ha desarrollado en absoluto. Dice así:
“La Comunidad Autónoma de La Rioja estructurará su organización territorial en
municipios y comarcas”.
Durante
los años de vida de nuestra Autonomía, y desde los tiempos del presidente Jose
M. de Miguel, no se ha parado de hablar de federaciones o asociaciones entre
municipios, enmascarando el fenómeno comarcal. Igualmente, cuando desde la
Comunidad Autónoma se han distribuido servicios al territorio, cada Consejería
ha hecho el mapa que le venía en gana, ignorando una posible estructura
territorial intermedia entre el municipio y la región.
Llega ahora la Ley del Suelo, o ley de urbanismo
regional, y se plantean en ella, con cierta lógica, figuras de planeamiento de
ámbito supramunicipal que bailan entre la idea del área metropolitana o de las
agrupaciones municipales, con expresa ignorancia del nivel comarcal que el
propio desarrollo autonómico ha negado durante todos estos años.
Se
anuncian ahora reformas del Estatuto de Autonomía cuyo contenido solo conocemos
de oídas, por lo que más que en condiciones de opinar, estamos tan sólo en las
de pedir o de exigir que ese artículo 5 no se desmantele por pura atrofia de su
ignorancia, sino que, por el contrario, se haga algo por acatar el imperativo
que en su redacción expresa, esto es, que el territorio se “estructure” o se
“vertebre” tal y como en el mismo se indica, en municipios y comarcas. El
municipalismo exagerado que se ha puesto en evidencia con el problema de los
vertederos nos da una idea de lo triste que es nuestra estructura
territorial.
Respecto
a la cuestión de qué idea debería presidir la reforma del Estatuto de Autonomía
de La Rioja, no se nos ocurre sino la de retomar el espíritu de aquella famosa
e imposible Ley de Armonización del
Proceso Autonómico (LOAPA) que evite en lo posible ese acúmulo de engorrosas
diferencias circunstanciales entre territorios autonómicos, que nunca hacen
daño a la universalidad de movimiento del dinero y sí al de las personas. Un
Plan Parcial en Navarra seguirá siendo esencialmente lo mismo que en La Rioja,
pero para confundirnos entre nosotros y evitar nuestro intercambio de
experiencias, es seguro que nuestras leyes autonómicas los denominarán de
distinta manera. Contra eso hay que ir. Si no se nos pudo imponer desde el
Estado central una armonización terminológica y legal, que la construyamos
nosotros desde abajo.