domingo, 14 de junio de 2026

MAGISTERIO

(Publicado en el n. 3 de la revista Logroño Ciudad en diciembre de 1989, ha adquirido en 1999 carácter de homenaje póstumo, pues un cambio de look fin de milenio lo ha convertido en algo más parecido a una olla exprés. También hice un dibujito para ilustrarlo)


Decía Scarpa que la arquitectura es un lenguaje muy difícil de entender: de ahí viene su escasa popularidad como fenómeno cultural y de ahí también los equívocos que se producen con muchos edificios.

El de la Escuela de Magisterio de Logroño, por ejemplo, no sólo ha pasado desapercibido en el culto panorama logroñés (la Guía de Arquitectura del COAR ni lo menciona), sino que incluso es comúnmente despreciado en sus valores arquitectónicos. Y sin embargo...

Mis simpatías hacia ese edificio nacen de una expresividad surgida sin duda de su posición en la ciudad: a la entrada desde Zaragoza, solitario en el páramo, con sus brazos abiertos y la mirada fija, parece decirnos constantemente: “hola”, “adios”, “hola”, “adios”... Apuntaba Mendelsohn que la arquitectura, con todo lo abstracta que es, también puede expresar sentimientos. Lo que no llegó a decir es que es capaz de saludar: “hola, ¿qué tal el viaje?”, “adios, buen viaje”.

Ay, ¡si los edificios hablasen!, que dice el dicho popular. ¡Qué!, cómo si no hablaran; lo que pasa es que no les entendemos o no les queremos escuchar. “Hola, ¿qué tal?” nos dice la Escuela de Magisterio cuando venimos a Logroño-ciudad en coche por el Este. Compárese con el “grrrr” que nos dicen los bloques de Carrero Blanco en la entrada Sur. Ni comparación; mientras pueda, yo entro a Logroño por el Este. 

En atención a los buenos modales, el Ayuntamiento de esta ciudad debería impedir que construyesen delante de nuestro edificio; la guardería esa de ancianos (que por cierto, esa sí que no dice nada) que plantaron junto a la carretera viene dificultando ultimamente el tradicional y cordial saludo. Esperemos que la cosa no vaya a más; las buenas costumbres nunca hay que perderlas. 

Lo divertido del asunto, según mis pesquisas (pero no me hagan mucho caso porque no he dado aún con las pruebas definitivas) es que el proyecto es de esos de “tampón”, es decir, de los que hacía el Ministerio en Madrid y que valían luego para cualquier provincia. Cuando he visto el plano de situación y la parcela, lo primero que he pensado es que el proyecto no está pensado desde el lugar, pues para meterlo en el solar ha habido que ponerlo forzadamente en diagonal. La clave de esa hipótesis es que los exteriores están fatalmente distribuidos, lo que no es normal en un edificio planteado con una simetría tan contundente. Pero las contradicciones no se detienen ahí (¿será su arquitecto un precursor de Robert Venturi?) . La hermosa columnata de tufillo fascista (pero hermosa al fin y al cabo/ cuántos dibujos de Aldo Rossi no poseen la misma inspiración...) presagia una escalinata de acceso, o un hermoso hall detrás, como sucede por ejemplo en el edifico de la Delegación de Hacienda concebido en similares fechas (h. 1956). Pero nada de eso ocurre. Al acercarnos a la entrada, bajando el desnivel existente, no encontramos escalinata alguna; por el contrario, vemos que se hace entrar al personal por la planta zócalo o de servicio en vez de por la planta noble (si Palladio levantara la cabeza.../por eso habré dicho lo del “personal”); y segunda sorpresa: en vez del hermoso hall nos encontramos allí con un salón de actos que actúa de tapón central en las comunicaciones de todo el edificio y que arrincona a sus lados a dos ridículos recibidores y a dos domésticas escaleras. Todo lo cual responde (nueva sorpresa) al púdico planteamiento de la Escuela: nuestros maestros se formaban en un ala del edificio y nuestras maestras en otra, de manera que el salón de actos central cortaba por lo sano. ¿Bonito, eh?

Más contradicciones: un edificio planteado con tal unidad resulta que no es uno ¡sino dos!. Es Escuela de Magisterio de propiedad ministerial, y es Escuela de niños de propiedad municipal. La planta baja y las dos primeras son para los niños, mientras que las dos últimas son para los maestros. Las escaleras de acceso a las plantas de abajo se situan en los extremos de ambas alas, pero sólo suben hasta la segunda planta, mientras que por el exterior, (agárrense Vds que viene buena), el ventanal propio de la escalera sube hasta arriba. 

Todavía hay más. En la fachada trasera, tan bella si no más que la principal, los dos salientes curvados y profusamente aventanados (cuyos orígenes formales pueden rastrearse en el Instituto para Cartagena de Aizpurúa y Labayen de 1932), funcionan como contrapuntos del gran cuerpo central del salón de actos. Pero si el volumen central tiene sentido interiormente, estos volúmenes curvados de las alas no tienen sentido simbólico alguno pues contienen unos aseos que, encima, por culpa de la curva, encajan bastante mal. Siguiendo con las fachadas nos encontramos también con la extraña convivencia de la columnata fascista años cuarenta y las revolucionarias “fenetre en longueur” corbuserianas de los años 20; con la composición rotunda y uniforme de huecos en la fachada principal, pero con el sutil detalle de resolución compositiva de las esquinas dejando descolgada una ventana; con la limpieza general de volúmenes, pero con la delicada insinuación de su despiece mediante unas líneas verticales en resalte del ladrillo. Ah! y hablando del ladrillo: ¡es ladrillo y junta a la vez en una pieza! Toda una curiosidad.

Un edificio que habla y que encima contiene tantas historias y tantas contradicciones, ¿hay quién de más por estos pagos?