(En el verano de 1998 Radio Nacional de España me llamó a un programa para hablar de construcciones grandes. Preparé un apresurado guión que luego pensé arreglar para ELhALL pero no llegué a hacerlo. Lo publico tal cual porque tiene referencias interesantes)
El tema de los grandes edificios creo que no ha dado lugar a ningún libro conocido, o al menos yo no tengo constancia de ello. Creo que es por parte de Vds. una buena propuesta para hablar, y hasta pienso que sería un tema muy bonito para una tesis doctoral.
Desde el punto de vista de la razón ilustrada hay que empezar a hablar mal de los “grandes tamaños”. Félix de Azúa escribía en una ocasión algo así como que sólo las gentes poco dadas a razonar, tales como los niños, los recién casados o los taxistas (por decir una boutade muy propia de él) tienen fijación en el tamaño de las cosas. Quien sólo se fija en el tamaño de las cosas ha de pasar, en principio por persona pueril, o mente inculta.
Pero sin embargo, el propio Azúa varias veces ha manifestado su admiración hacia los siglos pasados en relación a sus grandes gestas arquitectónicas. En comparación con quienes supieron erigirlas, dice Azúa, los hombres del siglo XX somos unos pigmeos. En ese sentido, una obra de arquitectura gigantesca es admirable no tanto por su tamaño como por la capacidad humana en ponerse de acuerdo para llevarla a cabo. La materialización conjunta de un diseño por parte de un gran colectivo de gentes que intervienen en una construcción es algo fascinante, porque entonces el carácter físico del edificio deviene acaso en “metafísico”. Sólo una gran fé colectiva es capaz de levantar una pirámide, una catedral o un rascacielos, llamese esa fé, faraón, Dios, o Progreso.
Al hablar del famoso anillo de Stonehenge, Spiro Kostof, un gran intérprete de la historia de la arquitectura, decía que gracias a esas obras desmesuradas los hombres se sienten también más grandes de lo que son en su vida diaria, es decir, se trascienden. Es un sentimiento que pude observar durante la reciente construcción del Guggenheim de Bilbao: los obreros, el personal técnico e incluso los ciudadanos de Bilbao se sentían identificados con la magnitud de construir algo tan grande sobre planos tan disparatados -en el sentido de caótico y falto de geometría que tienen.
Las piedras azules del anillo exterior de Stonehenge además de grandes (5 tm cada una) tienen la particularidad mítica de que fueron traídas desde Gales a más de 500 kms.!!!, lo que constituye una proeza técnica de magnitud incalculable. Las de los anillos centrales, mucho más grandes (entre 20 y 30 toneladas) fueron traídas desde unos treinta kilómetros, y su labra y montaje debieron ser verdaderamente épicas. Pues bien, en el Guggenheim me contaban que ciertos elementos de su construcción habían dado varias veces la vuelta al mundo en sus procesos de fabricación, montaje o testeo. ¿Curioso no?.
Yo no soy un egiptólogo pero las pirámides se explican con mayor facilidad por los ciclos tan claros que el Nilo establecía en la vida agrícola. En las épocas en que no había trabajo en el campo el faraón empleaba a toda la población en sus obras. Más aventurada es una interpretación de Wilheim Worringer en su librito titulado “El arte egipcio” en el que habla del carácter interracial del pueblo egipcio y lo compara con la sociedad norteamericana del siglo pasado que inventó los rascacielos. Esto es, sociedades poco homogéneas que, en un caso para el Faraón o en otro para el Dinero, erigen fabulosas construcciones que les permiten cohesionarse o identificarse. El orgullo por el Empire State Building lo fue tanto del negrito venido de los campos de algodón, como del taxita polaco o del cocinero italiano.
Una obra colosal y perfectamente inútil seguramente es la Gran Muralla China. Las grandes obras militares parecen tener más una función psicológica que bélica. Se parece un poco al gigantesco cañón que Hitler colocó en el canal de la Mancha para bombardear Inglaterra. Era una perfecta inutilidad pero debió tener un eco plublicitario sobre los ánimos del pueblo y de los ejércitos alemanes. Aunque lo cierto es que la grandeza de la muralla china, además de estar en su tamaño inabarcable por la vista, -con todo lo que ello sugiere para la imaginación-, está en la manera en la que se pliega al terreno serpenteando por las cimas de las montañas, como si fuese una inmensa corona colocada en los límites del imperio.
Frente a estas inutilidades del tamaño hay que hablar de la gran arquitectura romana en la que la potencia de la organización imperial siempre aparece trabada con una empresa utilitaria. El Acueducto de Segovia es una fastuosa obra de ganchillo en piedra para asustar a los íberos, pero tiene una utilidad. Y las termas de Caracalla, que visité recientemente en Roma con gran deleite, tienen también esa singular mezcla entre la función pública y la gran dimensión. Diríamos que el gran tamaño romano es siempre la exaltación de la idea del imperio pero también de lo útil y de lo público.
La erección de la iglesia o de la catedral será a partir de entonces el ámbito de la gran dimensión. Más que el tamaño absoluto de las iglesias a veces es más sorprendente la relación que guardan con su caserío, y es frecuente encontrar en España y en la misma Rioja, pueblos pequeños con una iglesia proporcionalmente gigante, como por ejemplo Murillo o Anguiano. La trascendencia de esta arquitectura de grandes dimensiones es tan lineal que no precisa de mayor explicación. Por ello el gran mérito del Renacimiento no es tanto el recuperar el orden clásico sino humanizar y proporcionar a escala humana los grandes templos de la etapa gótica. Aún recuerdo que una amiga alemana de Colonia con la que entré por primera vez en San Pedro del Vaticano me decía que se trataba de un templo más pequeño que el de su ciudad natal, cuando no es así.
Versalles es otra construcción que destaca por su tamaño, pero a mí me sorprendió aún más por la forma en que lo hace, abriéndose a partir de un pequeño y maravilloso patio de escala doméstica como es el patio de mármol.
Las grandes calles de Moscú me parecen también obras grandiosas que incorporan a la ciudad no sólo el tamaño de la estepa sino de Siberia entera.
Un edificio grande y emblemático ya desaparecido fue el Crystal Palace de Joseph Paxton, que se construyó mediante un sistema modular y un proceso de seriación y montaje industrial, y que se permitió respetar algunos árboles del parque albergándolos en su interior.
Respecto al tema del tamaño, la polémica más interesante es sin duda la de la oposición de un grupo de intelectuales, literatos y artísticas franceses, entre los que se encontraba Emilio Zola o Guy de Mauppassant a la erección de la torre Eiffel. El manifiesto es entrañable y no tiene desperdicio, porque creo que es la única vez que los hombres se han opuesto a la insensatez de lo desmesurado, en el caso de París a la erección de un símbolo a la escala real de la metrópoli del siglo XIX.
Y dentro de esa insensatez hay que hablar de los proyectos de Hitler para Berlín o de las mismas construcciones del Zeppelin Field de Nuremberg que Speer magnificó con una imaginativa columnata de luz hecha con los reflectores de las lámparas antiaéreas.
En otro orden de cosas la ciudad es la construcción humana más grande aunque casi siempre carente de orden y coherencia, y por tanto de la unidad de la arquitectura, y por ende, de su símbolo. Las grandes cuadrículas, sin embargo, nos siguen impactando con su grandeza. El tamaño de las grandes ciudades americanas y sobre todo, asiáticas, sigue sobrecogiéndonos a los occidentales.
La unidad de la ciudad es la de sus infraestructuras, que intentaron salir al luz en Inglaterra en los años 50 convirtiéndose en “megaestructuras” con los proyectos de gigantescas ciudades enchufables que, obviamente, no prosperaron. De ahí se ha pasado a los proyectos de grandes cúpulas geodésicas que publicaba no hace mucho el Architectural Review para crear gigantescas burbujas en las que se pudiera obtener un clima artificial.
Los más grandes proyectos de nuestros tiempos son sin lugar a duda los aeropuertos, en los que la escala de los aviones estiran los edificios hasta dimensiones kilométricas como es el caso de los grandes aeropuertos asiáticos que, a falta de espacio, se están construyendo en islas artificiales, como en Hong-Kong o Shangai. Pero son edificios solo aprensibles desde el aire, y por ello, las más de las veces sin el carácter simbólico de la Arquitectura.
Lo mismo que le pasa a todas las obras públicas en general, como ésta del canal de la Mancha, cuyo aniversario motiva este programa. Yo lo pasé con mi familia hace un par de años, pero la experiencia arquitectónica fue nula, o ínfima si la comparamos, por ejemplo, con la contemplación del cercano cañón intercontinental que está a pocos kilómetros del túnel o el del gigantesco bunker asociado a él. Los puentes son por ello mucho más emotivos, y , mira por donde este mismo jueves me voy a Lisboa a ver él último gran puente de la Humanidad, donde ya existe otro gran puente que rivaliza en escala con toda la ciudad de Lisboa. Pero ya que hablamos de túneles, siempre me ha fascinado el túnel en lazo del tren en el puerto de Pajares, creo, que como el de La Mancha no se ve pero se lo imagina uno.
En fin, hablando de grandes obras de las que casi nadie va a hablar, la semana pasada estuve en Finlandia y entre Lahti y Helsinki vi una obra verdaderamente desmesurada y fenomenal. Se trataba simplemente del desdoble de una carretera para convertirla en autovía. Algo muy sencillo aparentemente, solo que como el subsuelo de Finlandia es todo granito, al quitar la pequeña capa vegetal aparecía un relieve ondulado todo en piedra que había que alisar. Ver la obra durante los ochenta kilómetros que estaban descarnando me dejó verdaderamente impactado.
En Arquitectura a veces la épica está en la velocidad con la que se construye. Lamentablemente tengo pocos ejemplos pero uno de los edificios que recuerdo que llamara mi atención en este sentido fue el de la Exposición de Barcelona del Parque de la Ciudadela de Domenech y Muntaner que se construyó en tan sólo cien días, y que desgraciadamente fue demolido.
Bueno, supongo que ya es suficiente para una entrevista de veinte minutos.
