domingo, 14 de junio de 2026

DE MUSICA, PROFESORES Y OBISPOS

            (Publicado en En Contraste n. 7, mayo 1999)


Yo estaba escribiendo un artículo de corte académico sobre la relación entre la música y los lugares en que se produce, -no en vano soy músico (en ejercicio) y arquitecto (titulado)-; un artículo serio y documentado, -decía-, de esos que es dejado para otro rato (o casi siempre para nunca) por quienes leen las revistas o cualquier texto escrito en general, como quien hace zapping. Mi idea era publicarlo en la revista Archipiélago, que es uno de los pocos refugios que quedan en este país de escritores y de lectores sin prisas; pero la invitación de EN CONTRASTE a volver a escribir en sus páginas, y la actualidad de la problemática musical en La Rioja, expresada en las huelgas de los profesores del Conservatorio y en la pastoral del señor Obispo sobre el uso de los templos para música non sacra, me han animado a redactar otras líneas menos sesudas y mas combativas sobre la misma cuestión.

Como ya ha sido dicho y aceptado comunmente, la música es el modo más poético de expresión, pues alcanza a transmitir lo que apenas somos capaces de balbucear con palabras: lo profundo ó lo trascendente. Quien se gana las lentejas enseñando música suele olvidarlo con frecuencia; y quien se dedica a querer expresar lo mismo a través de ritos y divinidades, no es extraño que la considere como un molesto competidor. Así que siempre he tenido por sospechosos enemigos de la música tanto a los Conservatorios como a las Iglesias. 

Ahora bien, la música, igual que otros sistemas humanos de expresión de ideas y sentimientos, tiene dos épocas históricas: una, en que la música es únicamente oída en el momento de su ejecución (interpretación); y otra, en que la música se convierte en objeto material de libre disposición por parte de quien la escucha. En otras palabras: una música de antes de la grabaciones discográficas, y una música de después. 

Casi me avergüenza decir que no he encontrado en ningún texto sobre musica una expresión de esta idea tan sencilla y mucho menos un desarrollo de la misma. No sé si es porque nadie la ha escrito o porque leo muy poco. 

El caso es que en la era de la música cosificada y reproducible, que en verdad no tiene más de un siglo, todavía hay mucho músico que no se ha enterado que hemos cambiado de época y que cree que la música es algo ligado al momento de la interpretación musical. Para abrirle los ojos (o los oidos) empezaré por decirles que, al igual que en la relación entre el  producto del artesano y el producto industrial, llevan todas las de perder: ha de ser uno un músico muy muy bueno para poder superar la calidad de cualquier grabación musical. La comparación entre el 99% de las grabaciones musicales que habitualmente oímos y la de cualquier interprete ocasional (¡incluso del mismo que ha realizado la grabación!) siempre es perjudicial para el interprete ocasional. Comprenderan por ello, -como lo comprendí yo enseguida-, que a mi viejo profesor de Jazz se le revolviesen las tripas cada vez que en un descanso de sus actuaciones en un bar, dieran por poner en el tocadiscos del bar los mejores momentos musicales de Count Basie o de Duke Ellington, comprados, además, a un precio muy inferior al que él cobraba esa noche (con ser ya éste bastante miserable en general). 

En segundo lugar, la disponibilidad de la grabación ha hecho que el momento de la escucha pierda intensidad y que el contenido de lo expresado musicalmente se banalice. Oímos música a todas las horas de día, y a veces la misma música en las circunstancias más contradictorias: un anuncio de la televisión, el hilo musical de una oficina, la radio del coche, las calles comerciales de Logroño (¡aaggg!), o los altavoces de una iglesia. Sí, los altavoces de una iglesia, señor Obispo; ¿o se piensa Vd. que no hay más música en sus iglesias que la de los conciertos a la vieja usanza?. Pues no señor. Le diré (si es que alguien le lleva este artículo) que una de las señales que me empujaron en mi adolescencia a marcharme de sus misas fue la escucha de horribles canciones que el cura de cierta iglesia ponía en el tocadiscos mientras oficiaba la misa. La escena ritual del cura abandonando el altar para colocar la aguja sobre el tocadiscos me será casi imposible de olvidar. 

Imagínense por el contrario lo que podía transmitir a un labriego hace tan sólo un siglo, la alegre melodía de una dulzaina y el repique de un tamboril en el pasacalles inicial de las fiestas de su pueblo. La punzada en su corazón tenía que ser de tal intensidad que creo que apenas podemos entenderlo. Yo he podido ver algo parecido mientras he tocado en la calle; -luego si tengo tiempo se lo cuento.

En la época de la reproductibilidad ilimitada de la música y de su banalización, la enseñanza de la música en nuestro pais, y en concreto en nuestra provincia se ha disparado: todos los padres quieren que sus hijos, además de aprender el maldito inglés,  toquen algún instrumento. Los padres se dan codazos en las colas de matrícula y si consiguen una plaza para sus hijos se sienten de lo más afortunados. Luego se gastan un buen dinero en los carísimos instrumentos, van y vienen miles de veces con sus coches llevándoles a clase, y todo ello hasta que un día el niño (que tiene mucho más sentido común que sus padres) se harta, y la trompa empieza su lenta oxidación en un armario o el piano desafinado se convierte en un mueble decorativo. 

Ante tanta demanda, no es de extrañar que los profesores del Conservatorio hagan huelga para conseguir más sueldo, pero si se les midiera no por la satisfacción de la ansiedad de los padres, sino por los resultados de su labor musical en los hijos y en la ciudad, es muy posible que los ciudadanos demandásemos del Ayuntamiento o de la nueva Consejería de Educación y Cultura medidas mucho más drásticas. La mal llamada Academia Municipal de Logroño mantiene aún una débil conexión entre la enseñanza y la práctica en una Banda que, por cierto,  tampoco puede llamarse municipal como le llama la gente, porque ciertamente no lo es (convendría que alguna vez se pusiera fin a todo este embrollo aclarando por parte del Ayuntamiento a quien se dan las subvenciones municipales para música). El resultado es tan débil como la mayor parte de las músicas que tocan, pero aún es algo. Del Conservatorio, sin embargo, salió una Orquesta Sinfónica de La Rioja, que debido a las luchas intestinas del Conservatorio, ha llevado una vida languida y azarosa. El hecho de que se mantenga con vida es un logro, pero sigue sin convertirse en la referencia musical que tendría que ser. De la Banda Sinfónica que el actual Director del Conservatorio montó con su asignatura de Orquesta, mejor no hablar. Del gran Conservatorio que quiso lanzar Nacho Pérez con el pretencioso apellido de “profesional” no salen ni cuatro músicos profesionales al año, y los que salen, es para que se marchen fuera de La Rioja porque aquí no tienen nada que hacer. Cuestan un congo, y aún parece que vamos a pagar más por ellos. 

De cara al conflicto del Conservatorio, pues, antes que hablar de sueldos, convendría hablar de música. Y para ello nada mejor que deslindar los términos de “profesional” y de “amateur”, y aclarar cuales son los sitios y las condiciones en que se dan unos y otros. 

Pero no creo que ni EN CONTRASTE ni el lector me admitan dilatar aún más este artículo, hablando de proyectos musicales, ni tener que pedir al Obispo sus iglesias sin suficiente argumentación, así que para terminar estas provocadoras líneas y para adelantar mi tesis de que la mejor música que hoy existe, tanto en lo que respecta a tocarla como a escucharla, es la que se hace en la calle, terminaré contándoles la historia que antes les prometía. Cierto día de Navidad estaba yo tocando mi tuba en la calle con un grupo de música dixie local cuando una señora de humilde aspecto se acercó a darnos un billete de mil pesetas. Le dijimos que no habíamos puesto funda para recaudar dineros porque tocábamos para animar la zona del grupo de artesanos y hippies que ponen sus puestecillos de venta en la calle por esas fechas. Ni corta ni perezosa, y rechazando nuestra explicación, metió las mil pesetas en el bolsillo de uno del grupo sin darnos tiempo a reaccionar. Yo me quedé temblando: aquella mujer había visto a Dios y necesitaba dar su óbolo por la punzada que había sentido en su corazón. Creo que es justo por mi parte decir que esa humilde mujer de Logroño me enseñó en verdad lo que es la música, y... , -esto va para el obispo-, dónde está la casa de Dios.