domingo, 14 de junio de 2026

EL NOMBRE DE LA COSA

          (Publicado en la revista En Contraste n. 8, junio de 1999)

 

            Mi primer artículo en esta revista trataba sobre fotografía. El segundo fué sobre música. Y este tercero ha de tratar -según me pide la Junta Directiva-, sobre Ordenación del Territorio. Mi versatilidad me va a crear complejo de ministro, -esos personajes que han hecho de la denominación de su cartera un asunto de interés secundario.

            Es cierto que hubo un tiempo en que profesionalmente me interesé por la Ordenación del Territorio, pero últimamente le dedico muy poca atención: es un tema excesivamente generalista, difícil y abstracto, cuyo debate apenas puede abrirse camino en la espesa red tecnoburocrática de la Administración Pública. Todo mi curriculum consiste en un Estudio Base de Comarcalización de la Rioja en colaboración con dos geógrafos del Colegio Universitario. Nos lo encargó en 1982 el entonces Consejero de Ordenación del Territorio (no sé si se llamaba así) Rafael Férnandez Aldana, para abrir una reflexión forzada por el mandato del artículo 5º del Estatuto de Autonomía de La Rioja (¿de dónde lo habrían copiado?) que decía que la Comunidad Autónoma de La Rioja estructurará su organización territorial en municipios y comarcas.

            Habida cuenta del arcaico sistema de municipios existente en La Rioja, incapaces por su pequeñez de dar unos servicios mínimamente dignos a la población, parecía entonces que la figura de la comarca, a mitad de camino entre la ciudad consolidada y el concepto más abstracto de región, habría de dar un interesante juego político. Pues bien, el mismo Presidente del Consejero que nos encargó el estudio se ocupó pronto de ignorarlo, fomentando por aquí y por allá un asociacionismo entre ayuntamientos cuyo desarrollo, peleas políticas, rupturas, conciliaciones, y hasta logros, no han atraído apenas mi interés, -aunque sería interesante que alguien nos contase alguna vez esa historia de un modo global (y ameno).

            Todo el interés político de las decisiones territoriales se centró a partir de entonces en si Urbanismo se juntaba o no con Medio Ambiente en una Consejería, si Obras Públicas era el título principal de la Consejería y Urbanismo el secundario, si el nombre de Ordenación del Territorio aparecía o no; y si el Plan Regional (la pedrea de millones para los pueblos) se iba a gestionar desde Presidencia, desde relaciones con las otras Administraciones o desde Ordenación Territorial. Como es de suponer, la espesura político-burocrática de todas estas variaciones y las razones mas bien políticas y personales que las motivaban, contribuyó también a desanimarme para hablar con nadie del tema. Ahora solo espero que los desvelos aeronáuticos de la actual Consejera acaben por traernos también aquí una Consejería de Fomento, que es nombre muy sonoro aunque perfectamente estúpido, pues falta por decir en él que es lo que se “fomenta”.

            Una noticia aparecida en la sección de internacional me ha despertado sin embargo de mi letargo: el Gobierno de nuestra vecina Francia, considerando que las ciudades han perdido su viejo esplendor como lugares de vida e incluso como obras de arte colectivas, ha decidido, de repente, que el Urbanismo es una cuestión eminentemente cultural y propia del más abierto debate, y ha considerado oportuno que las materias relacionadas con la ciudad y la ordenación del territorio pasen al Ministerio de Cultura. La ciudad y el territorio se estaban volviendo grises en Francia, y también aquí, aunque allí han sido capaces de darse cuenta a nivel gubernamental. Digamos de paso que los políticos en La Rioja sólo se dan cuenta de que la ciudad se ha vuelto gris cuando no gobiernan: vease el caso de Florencio Alonso en su artículo del número anterior de en contraste. En fin, hablando de grises, nada más gris y carente de debate y de proyección pública que el organismo máximo decisorio del Urbanismo en La Rioja, la denominada Comisión Regional de Urbanismo, a la que sólo hace falta echar un vistazo a su composición para esperar poco de ella.

            El gobierno de los asuntos relativos a la ciudad y el territorio mueve mucho dinero y sobre todo se mueve a golpe de empujes puntuales de agentes aislados pero muy influyentes: una multinacional que se instala en el campo, un ayuntamiento que quiere aprobar de una vez por todas su planeamiento (da igual si bueno o malo), un político que quiere inaugurar un pantano, la Unesco que nos declara un rincón Patrimonio de la Humanidad para repartir a los turistas, y así sucesivamente. Los impulsos de esos agentes son difíciles de cuantificar y mucho menos de detener, porque su carácter unitario y aislado les resta protagonismo territorial. La inauguración de una carretera tiene una repercusión inmediata sobre la imagen del político que corta la cinta -aunque lleve puesto ese día un modelito de los de estudio de impacto ambiental-, pero las repercusiones territoriales solo son observables a largo plazo. Controlar todo el ecosistema humano de un territorio es una tarea tan difícil que requiere el esfuerzo colectivo de muchas personas durante largo tiempo, y una apertura al diálogo con la sociedad en la que aún estamos vírgenes. No es de extrañar por tanto que durante algún tiempo tengamos que leer las ideas de algún iluminado, como el que nos contaba Emilio Barco en el número anterior, proponiendo reduccionismos del tipo “hagamos de nuestra región un parque turístico”. Unos reduccionismos que han sido una constante en los postulados de la modernidad arquitectónica y que, sandeces al margen, aún están presentes en la cultura urbanística de nuestras leyes del suelo.

            Al poner nombres a las cosas creemos los hombres que introducimos algún tipo de orden el el mundo. Pero lo que verdaderamente hacemos es confundirlo aún más: primero con sus reduccionismos, luego con las sugerencias y las aperturas de las palabras, y finalmente con su ahuecamiento y su vacío. No estoy muy seguro que la palabra orden sea la más adecuada a la palabra territorio para hablar de las cosas de que estamos hablando. Así que si algún día, por ejemplo, llegasemos a ver en la vieja Bene el rótulo de Consejería de Ecología, es posible que el corazón nos diera un vuelco y que empezásemos a repensar todo de nuevo. Pues aunque la palabra ya está algo desgastada, jamás ningún gobierno la ha hecho suya mas que como un adornito en la solapa.