(Publicado en la revista En Contraste n. 8, junio de 1999)
Mi
primer artículo en esta revista trataba sobre fotografía. El segundo fué sobre
música. Y este tercero ha de tratar -según me pide la Junta Directiva-, sobre
Ordenación del Territorio. Mi versatilidad me va a crear complejo de ministro,
-esos personajes que han hecho de la denominación de su cartera un asunto de
interés secundario.
Es
cierto que hubo un tiempo en que profesionalmente me interesé por la Ordenación
del Territorio, pero últimamente le dedico muy poca atención: es un tema
excesivamente generalista, difícil y abstracto, cuyo debate apenas puede
abrirse camino en la espesa red tecnoburocrática de la Administración Pública.
Todo mi curriculum consiste en un Estudio Base de Comarcalización de la Rioja
en colaboración con dos geógrafos del Colegio Universitario. Nos lo encargó en
1982 el entonces Consejero de Ordenación del Territorio (no sé si se llamaba
así) Rafael Férnandez Aldana, para abrir una reflexión forzada por el mandato
del artículo 5º del Estatuto de Autonomía de La Rioja (¿de dónde lo habrían
copiado?) que decía que la Comunidad Autónoma de La Rioja estructurará su
organización territorial en municipios y comarcas.
Habida
cuenta del arcaico sistema de municipios existente en La Rioja, incapaces por
su pequeñez de dar unos servicios mínimamente dignos a la población, parecía
entonces que la figura de la comarca, a mitad de camino entre la ciudad
consolidada y el concepto más abstracto de región, habría de dar un interesante
juego político. Pues bien, el mismo Presidente del Consejero que nos encargó el
estudio se ocupó pronto de ignorarlo, fomentando por aquí y por allá un
asociacionismo entre ayuntamientos cuyo desarrollo, peleas políticas, rupturas,
conciliaciones, y hasta logros, no han atraído apenas mi interés, -aunque sería
interesante que alguien nos contase alguna vez esa historia de un modo global
(y ameno).
Todo
el interés político de las decisiones territoriales se centró a partir de
entonces en si Urbanismo se juntaba o no con Medio Ambiente en una Consejería,
si Obras Públicas era el título principal de la Consejería y Urbanismo el
secundario, si el nombre de Ordenación del Territorio aparecía o no; y si el
Plan Regional (la pedrea de millones para los pueblos) se iba a gestionar desde
Presidencia, desde relaciones con las otras Administraciones o desde Ordenación
Territorial. Como es de suponer, la espesura político-burocrática de todas
estas variaciones y las razones mas bien políticas y personales que las
motivaban, contribuyó también a desanimarme para hablar con nadie del tema.
Ahora solo espero que los desvelos aeronáuticos de la actual Consejera acaben
por traernos también aquí una Consejería de Fomento, que es nombre muy sonoro
aunque perfectamente estúpido, pues falta por decir en él que es lo que se
“fomenta”.
Una
noticia aparecida en la sección de internacional me ha despertado sin embargo
de mi letargo: el Gobierno de nuestra vecina Francia, considerando que las
ciudades han perdido su viejo esplendor como lugares de vida e incluso como
obras de arte colectivas, ha decidido, de repente, que el Urbanismo es una
cuestión eminentemente cultural y propia del más abierto debate, y ha
considerado oportuno que las materias relacionadas con la ciudad y la
ordenación del territorio pasen al Ministerio de Cultura. La ciudad y el
territorio se estaban volviendo grises en Francia, y también aquí, aunque allí
han sido capaces de darse cuenta a nivel gubernamental. Digamos de paso que los
políticos en La Rioja sólo se dan cuenta de que la ciudad se ha vuelto gris
cuando no gobiernan: vease el caso de Florencio Alonso en su artículo del
número anterior de en contraste. En
fin, hablando de grises, nada más gris y carente de debate y de proyección
pública que el organismo máximo decisorio del Urbanismo en La Rioja, la
denominada Comisión Regional de Urbanismo, a la que sólo hace falta echar un
vistazo a su composición para esperar poco de ella.
El
gobierno de los asuntos relativos a la ciudad y el territorio mueve mucho
dinero y sobre todo se mueve a golpe de empujes puntuales de agentes aislados
pero muy influyentes: una multinacional que se instala en el campo, un
ayuntamiento que quiere aprobar de una vez por todas su planeamiento (da igual
si bueno o malo), un político que quiere inaugurar un pantano, la Unesco que
nos declara un rincón Patrimonio de la Humanidad para repartir a los turistas,
y así sucesivamente. Los impulsos de esos agentes son difíciles de cuantificar
y mucho menos de detener, porque su carácter unitario y aislado les resta
protagonismo territorial. La inauguración de una carretera tiene una
repercusión inmediata sobre la imagen del político que corta la cinta -aunque
lleve puesto ese día un modelito de los de estudio de impacto ambiental-, pero
las repercusiones territoriales solo son observables a largo plazo. Controlar
todo el ecosistema humano de un territorio es una tarea tan difícil que
requiere el esfuerzo colectivo de muchas personas durante largo tiempo, y una
apertura al diálogo con la sociedad en la que aún estamos vírgenes. No es de
extrañar por tanto que durante algún tiempo tengamos que leer las ideas de
algún iluminado, como el que nos contaba Emilio Barco en el número anterior,
proponiendo reduccionismos del tipo “hagamos de nuestra región un parque
turístico”. Unos reduccionismos que han sido una constante en los postulados de
la modernidad arquitectónica y que, sandeces al margen, aún están presentes en
la cultura urbanística de nuestras leyes del suelo.
Al
poner nombres a las cosas creemos los hombres que introducimos algún tipo de
orden el el mundo. Pero lo que verdaderamente hacemos es confundirlo aún más:
primero con sus reduccionismos, luego con las sugerencias y las aperturas de
las palabras, y finalmente con su ahuecamiento y su vacío. No estoy muy seguro
que la palabra orden sea la más adecuada a la palabra territorio para hablar de
las cosas de que estamos hablando. Así que si algún día, por ejemplo,
llegasemos a ver en la vieja Bene el rótulo de Consejería de Ecología, es
posible que el corazón nos diera un vuelco y que empezásemos a repensar todo de
nuevo. Pues aunque la palabra ya está algo desgastada, jamás ningún gobierno la
ha hecho suya mas que como un adornito en la solapa.