domingo, 14 de junio de 2026

RICARDO BASTIDA Y EL SEMINARIO DE LOGROÑO

        (Publicado en la revista Calle Mayor n. 3, septiembre 1986, vuelve a rellenar una sonora carencia de la Guía de Arquitectura de Logroño)


Cuando el eclecticismo decimonónico comenzó a revelarse como un sistema de lenguajes arquitectónicos vacío y caprichoso, hubo quienes intentaron mantenerlo mediante la asignación de una función para cada estilo: así, el gótico serviría para iglesias y catedrales; el clásico, para los edificios públicos; el románico para ermitas y conventos; el mudéjar, para las plazas de toros e incluso, por asociación, para los mataderos (vease el divertido ejemplar de Castañares de Rioja); el neoclásico, para las cárceles, por supuesto; y así sucesivamente.

Poco después, cuando la correspondencia entre estilos y funciones se reveló infantil y sobre todo, insuficiente ante los nuevos programas edilicios de la ciudad industrial (¿de qué vestir mercados, fábricas, viviendas obreras, edificios de oficinas, estaciones de ferrocarril, etc), los arquitectos más notables y valientes se lanzaron a una lucha tan heróica como inútil en busca de un nuevo “estilo artístico”. Heróica, porque el peso del pasado era enorme; inútil, porque ya por entonces (1919) gente como Max Ernst gritaban aquello tan funesto como profético de “¡Hágase la moda, perezca el arte!”.

Fue el año pasado, en una visita realizada con Félix Reyes a una exposición de Saarinen en la Academia de Bellas Artes de Madrid, y un encuentro dos manzanas más allá con la casa de Leonardo Rucabado en la plaza de Canalejas, cuando empecé a percibir con cierta claridad el espíritu de aquella época, cuando comencé a entender un momento histórico, hasta la fecha confuso y oscuro desde la óptica racionalista en que se educó mi generación, pero quizás bastante más inteligible desde el desconcierto arquitectónico reinante en nuestros días.

Ricardo Bastida (Bilbao 1879-1953) fue uno de los arquitectos más notables que vivieron aquella época en España. Su obra es ahora bien conocida gracias a una excelente muestra que en Diciembre de 1983 exhibió en la capital vizcaína el Departamento de Actividades Culturales del Banco de Bilbao. Entre los excelentes edificios que ofrecía la exposición, en un discreto segundo plano, aparecía el edificio del Seminario Diocesano de Logroño. (Como se ve, antes que Moneo con su Ayuntamiento, Cano Lasso con su Universidad Laboral o Fernández Alba con el edificio de los Carmelitas, otros arquitectos de fama habían visitado nuestra provincia; una pena que los autores de la Guía de Arquitectura de Logroño editada por el COAR se perdieran la ocasión...).

Nótese que he calificado a Ricardo Bastida de arquitecto notable mas no de valiente. Su muy importante obra se puede situar más en esa postura ecléctica selectiva que explicaba en el primer párrafo de esta nota, que entre aquellas otras arquitecturas que luchaban por abrir un camino hacia delante. Lo cual es más grave si tenemos en cuenta que Bastida estudió su carrera en una efervescente Barcelona modernista, siendo discípulo de Domenech y Montaner y compañero de Jujol y Jerónimo Martorell, teniendo pronto contacto, gracias a este último, con la triunfante Secession vienesa.

El edificio del Seminario de Logroño corrobora nuestra impresión: utilizar el románico como soporte decorativo-simbólico en tanto que construcción religiosa a la altura del año 28 de nuestro siglo es síntoma de falta de decisión en el planteamiento de nuevas formas. Claro que también es posible, valga la especulación, que Bastida, quien acababa de regresar de Chicago, donde asistió como invitado al Congreso Eucarístico Internacional de 1926, hubiese visitado la arquitectura de Richardson y ello le hubiera animado a volver a trabajar de nuevo desde las formas del propio estilo románico como un lenguaje apto para resolver grandes superficies. En este sentido, los cinco pabellones de aulas y dormitorios serían lo más interesante del edificio, mientras que la fachada principal y sobre todo, el opresivo hall-cripta modelo San Isidoro de León, serían los temas más regresivos. Otros temas, como la chimenea inglesa de la cocina, los románticos encuentros de los cuerpos de las escaleras laterales rompiendo la simetría, las balaustradas semiexpresionistas de las escaleras exteriores, el tímido almenado de las puertas principales o las acróteras-pináculos del cuerpo central en plan casa solariega, añadirían, según se mire, mayor confusión o pintoresquismo al conjunto.

Sin embargo, el planteamiento en “pabellones” muy propio de los equipamientos de la época, tales como hospitales, cuarteles, mataderos, etc., se resuelve de un modo bastante singular y brillante, rompiendo el tradicional esquema en claustro, mediante la creación de dos patios de diferente dimensión, montados sobre el mismo eje y abiertos al Sur. En la memoria del proyecto, a la que he tenido acceso por gentileza del actual rector del centro D. José Luis Moreno, se hace constar el carácter ampliable de los pabellones sin que con ello se alterase el esquema general del conjunto. Una obra posterior desarrolló perfectamente esta idea alargando los dos pabellones del patio pequeño, o del Seminario Menor. Sin embargo, algunas obras posteriores menos afortunadas, como el cierre del citado patio menor con una capilla, o la ampliación de la galería central del patio menor, darían al traste con el original esquema abierto del edificio, cerrándolo sobre sí mismo y haciéndole volver hacia el caduco modelo claustral. 

Como se desprende del estudio realizado por Alberto López sobre el Urbanismo en Ricardo Bastida, -publicado en el mismo catálogo de la citada exposición-, a pesar de tener una extensa y afamada obra arquitectónica, lo mejor de su trayectoria profesional es quizás el alto grado de comprensión urbanística de los nuevos problemas derivados de la ciudad industrial, preferentemente en los temas de viario, vivienda obrera y equipamientos. El entendimiento de la ciudad desde los nuevos programas incompatibles con la ciudad burguesa, y los esquemas abiertos de sus propuestas arquitectónicas a nivel de viviendas y equipamientos, le sitúan entre la vanguardia europea en la fase de superación urbanística de los Ensanches, mas cerca, por entendernos, de un Sttüben  o un Jaussely, que de un Horta o un Loos.

El Seminario de Logroño, anclado en el pasado de su lenguaje decorativo-arquitectónico, resulta ser, sin embargo, tanto por su posición en la ciudad como por su organización espacial abierta, un edificio más moderno y ejemplar de lo que parece.