domingo, 14 de junio de 2026

ORNAMENTO Y DELEITE


(He aquí una nueva redacción del artículo Arquitectos e Ingenieros  (incluído en Una Voz en un Lugar) para la revista Diseño Interior, publicado en su número 90, en febrero del 2000)



A pesar del machismo que rezuma, creo que aún da mucho juego ese irónico dicho según el cual un arquitecto no es ni tan marica como para ser un decorador, ni lo suficientemente hombre como para ser un ingeniero. Situar la arquitectura a mitad de camino entre lo sensible y lo racional, entre la delicadeza femenina y la fuerza del poder masculino, puede ser un buen ejercicio tanto para entender cada una de estas profesiones como el juego de intereses que se traen entre manos con el asunto de la Ley de Ordenación de la Edificación. 

Aclaremos antes, que esta variedad de sexos o de tendencias sexuales entre los proyectistas de edificios es históricamente muy reciente. Hasta hace sólo cinco siglos, la arquitectura carecía de proyectos porque o era un asunto muy serio de relación entre los hombres y los dioses, o era un oficio artesanal como otro cualquiera. De cinco siglos para acá, sin embargo, aparecen los arquitectos, esto es, unos hombres llamados genéricamente artistas, que con sus trabajos de creación aspiran a la divinidad de un nuevo Olimpo, organizado ahora por historiadores en vez de por poetas. En otro momento posterior de la historia que podemos situar hace cien años más o menos, el Olimpo ya no daba para más y los arquitectos se agotaban como especie reproduciendo signos sin sentido. Entre las ruinas de esa profesión, aparecieron a la vez una estupenda legión de decoradores y otra no menos vigorosa de ingenieros. A los primeros los barrió de un plumazo (¡con un simple eslogan!) un arquitecto del Brno afincado en Viena. Lo más sorprendente es que fuera también un arquitecto, esta vez franco-suizo, quien se encargase de cantar a los segundos, proclamando que la nueva arquitectura había de ser, justamente, la de los proyectos de los ingenieros. Así las cosas, la historia de la arquitectura de este siglo ha sido un formidable enredo entre decoradores proscritos, arquitectos como especie en extinción, arquitectos que aún se llamaban arquitectos cuando deberían llamarse ingenieros,  e ingenieros-ingenieros dedicados a lo suyo y ajenos a cualquier debate. 

Parece que el mundo se está volviendo cada vez más espeso, porque aunque los Artistas sustituyeran a los Dioses, lo cierto es que Dios no dejó nunca de existir -por mucho que Nietszche certificase su muerte-, y aún sigue ocupando una buena parcela en esta tierra. Igualmente los Artistas se resisten a desaparecer y mantienen su Ego bien alto: por ejemplo, el último artículo de Rafael Moneo en la revista Arquitectura Viva n. 66, reivindicando para sí un puesto en la Historia del Arte con el sobrenombre de “el compacto” es tan patético como cierto. Los pobres decoradores también sobreviven, y si no se lo creen, echen un vistazo a un kiosko de revistas. Y en fin, los ingenieros campeones, seguro que están ahí, abriéndose hueco poco a poco, en cumplimiento de su destino.

Aunque nunca se sabe cuánto cabe en este mundo (como nunca se sabe cuándo se va a acabar el petroleo), sí que parece verdad que el Dinero es un Dios progresado que se expresa mucho mejor que el de las religiones antiguas, imponiendo sus métodos de dominio y sus promesas de futuro con una eficacia casi absoluta (quien quiera conocer al detalle esta sustitución, tiene la suerte de poderla leer directamente en el ensayo titulado De Dios, de Agustín García Calvo, ed. Lucina).

El nuevo Dios progresado elige una vez más al “hombre” como el realizador de sus planes. A diferencia del Dios religioso que aún se expresaba de un modo poético, el Dinero no conoce otro lenguaje que el matemático, el cientifico, el tecnológico, y una vez más, como en la vieja religión, escoge al “hombre” como el realizador de sus planes, un hombre-hombre, según la definición machista, calculador, frío, racional, dominador: el ingeniero.

Por la ausencia de decoración, Le Corbusier creyó ver un halo poético en la expresión de los primeros ingenios mecánicos del siglo, pero lo que realmente vió, -aunque desde su perspectiva no lo supiera-, es que la ingeniería respondía al Espíritu del siglo con la misma precisión que las Catedrales Blancas a su Dios. En su confusión, Le Corbusier hizo de esa expresión un Arte, y luego, hasta la ingeniería de este siglo, temerosa de su destino, se ha estetizado más de la cuenta (hasta el punto de que a algunos ingenieros proclives a la experimentación formal, como al celebrado Torroja, se les toma por arquitectos). Pero esos no son sino episodios tardíos del Olimpo Artístico o de la confusión de este siglo. Allí donde el Dinero impone su ley, la verdadera ingeniería construye el mundo a su dictado.

Las ciudades y los paisajes de Europa y Estados Unidos son pasto de las ingenierías, y excepto cuatro despachos de arquitectura que subsisten como estrellas mediáticas para algunas administraciones públicas nostálgicas o para el sector editorial de revistas de arquitectura en papel couché, los arquitectos actuales trabajan, mayormente, como ingenieros del almacenamiento humano.

En este contexto, el Ministerio de Fomento español redactó el año pasado una Ley de Edificación en la que no aparecía para nada la palabra arquitectura. (Un prodigio de modernidad y europeismo, si señor). La organización profesional de los arquitectos se movilizó y consiguió mantener a raya a los ingenieros, reservando para los suyos, esto es, para los “ingenieros” formados en las Escuelas de Arquitectura el trozo de pastel que hasta ahora les pertenecía: la edificación de viviendas. Una victoria económica en toda regla con la que el Presidente de los Colegios de Arquitectos Jaime Duró felicitó a todos los arquitectos.

La reacción de los ingenieros no se ha hecho esperar. Aparecen ahora en los “consultings” que han de controlar los proyectos de los arquitectos para que las Compañías de Seguros concedan las polizas a los promotores: o los proyectos de los arquitectos están tan bien cuantificados como los de los ingenieros o no hay seguro. Los arquitectos en vez de oponerse a la cuantificación proponen cuantificarse más y mejor que los propios ingenieros con el llamado Control de Calidad de los Proyectos, esto es, pretenden ser más ingenieros que los ingenieros. La historia está en este punto y quien la haya seguido no tendrá duda de quién es el arquitecto del nuevo milenio, el arquitecto del Dinero. 

Pero ante la realidad de unas ciudades frías, sórdidas, y mecánicas hechas por los hombres-hombres y el Dinero, y a un siglo del Ornamento y Delito de Adolf Loos, es preciso torcer un poco el eslogan y proclamar acaso que Ornamento es Deleite, y que la Decoración se presenta ante nuevo milenio como la profesión elegida para humanizar un poco tanta desolación.

Y es que, como me decía un amigo que venía de ver el Kursaal de San Sebastián, “el edificio no está mal, pero por dentro necesita un decorador”. Y añado yo: y también por fuera; o ¿no son ingenieros los que echan los pedruscos esos de las escolleras a los que quiere parecerse el famoso edificio?