(Cuando redacté este artículo, y a pesar de lo próximo que entonces me sentía al edificio de la Escuela, no podía imaginar que el destino me lo tenía reservado como mi segunda casa. Apareció publicado en la revista Calle Mayor n. 4/5 en invierno de 1986)
Cien años cumple ahora la Escuela de Artes y Oficios desde su fundación en Logroño, de los cuales algo menos de sesenta los ha pasado en el edificio sito a comienzos de la calle General Franco con el que todos la identificamos en nuestra ciudad. Hablar de su arquitecura en semejante efeméride es tarea obligada de esta columna, aunque la proximidad que uno siente respecto de los avatares de la “escuela” o la cercanía física en que uno ha vivido respecto al “edificio” me desautorizan para hacer un comentario estrictamente objetivo y disciplinar sobre él. Ya se sabe, de lo más cercano a nosotros, de lo íntimo, de lo que forma parte de nuestra biografía, nos es muy difícil hablar, a no ser que lo hagamos en términos vagos o poéticos.
Así es. Durante años, la ventana de mi habitación se abría a las traseras de la Escuela, y mi ociosa mirada se paseó incontables veces por los florones de su acrótera. Los cristales sucios de la clase de talla, el extraordinario ladrillo prensado de los paños de la fachada, o las chapuzas de las obras de la calefacción, fueron el paisaje urbano de los años de mi adolescencia. Por si ello fuera poco, en el curso 1984-85 gocé de la fortuna de ser profesor en esa Escuela, con lo que paseé sus pasillos, declamé en sus aulas y conocí sus entresijos. Al final de ese periodo y debido a un infarto que padeció el arquitecto del Ministerio, me cayó en suerte la redacción de un proyecto para acometer unas reformas parciales en su interior. En cuanto entendí que las obras parciales eran lo que venían poco a poco afeando y desfigurando el edificio, apoyado por el director Félix Reyes me lancé a redactar una propuesta general de recuperación y modernización integral que desgraciadamente sólo sirvió para dar sentido a las obras parciales en cuestión, pues a falta de apoyo ministerial hoy duerme ya mis desvelos en alguna burocrática estantería.
Incapaz de repetirme o de extractar desarrolladas reflexiones, he de remitir al texto de la Memoria de aquel Proyecto a quien quiera profundizar en el conocimiento arquitectónico o en la historia del edificio. Por otro lado, tengo noticia de que se está preparando la edición de un libro conmemorativo del centenario donde supongo que personas más autorizadas que yo nos hablarán igualmente de sus valores arquitectónicos (he oído que habrá un artículo de mi colega López-Araquistain) y de su vida interior. Lo que sigue, intentando ejercer como sea la crítica de arquitectura, son sólo dos nuevas reflexiones surgidas recientemente en el transcurso de una visita al edificio acompañando a Jesús R. Rocandio para hacer las fotos del libro en ciernes. La primera de ellas se refiere a su arcáica organización espacial, y la segunda, consecuencia de la primera, a su mala adaptación al trazado urbano.
Luis Mosteiro y Antonio Rubio, los arquitectos de Madrid autores del proyecto (en la dirección de obra colaboraron los logroñeses Agustín y Gonzalo Cadarso) fueron profesionales de segunda fila, de los que es difícil obtener algún dato. Del primero es el “neo-nazarita” edificio comercial del diario “La Tribuna” de Madrid en la calle Los Jardines, de 1912, y el Banco Vitalicio de España, esquina calle Alcalá - calle Peligros, de 1930. Aparte de ello, dirigió las obras de la Catedral de la Almudena en el poco productivo periodo entre 1939-1944. La única referencia de Antonio Rubio es el edificio de la Unión Musical, en la carrera de San Jerónimo, de 1918. Es posible, por tanto, que sus mejores encargos se encuentren en provincias por delegación de la capital.
El proyecto de la Escuela de Artes y Oficios de Logroño, probablemente del año 1912 (en el 14 se colocó la primera piedra, siendo inaugurado en 1925) se organiza en planta con el tan arcáico como eficaz sistema en claustro, que ya la arquitectura neoclásica había superado cien años antes con los esquemas de Durand, y que por supuesto, resultaba aún más anacrónico frente a los edificios en pabellones de comienzos de siglo. Conscientes quizás los arquitectos de lo anticuado de su planteamiento, se lanzan a desfigurarlo con el paradójico resultado de conducirlo más hacia el pasado que hacia el futuro. Meten la escalera imperial en el patio, agrandan el hall para marcarlo como cuerpo principal, situando encima suyo el Salón de Actos, engrandecen y adelantan los cuatro torreones esquineros, y por si ello fuera poco, se marcan un absidiolo en la fachada trasera buscando no se sabe qué inexistente complejidad del programa o acaso, intentando recuperar un eje central de connotaciones más barrocas. Resulta así un proyecto artificioso, propio de un ejercicio académico “de caballete” muy del gusto de las cátedras de dibujo de las Escuelas y de los despachos del Gobierno.
Su trasplante a la provincia que corresponda se efectúa del mismo modo rígido y artificial, encajándolo en un solar que más o menos se le acomode. Deviene así lo calamitoso que siempre ha sido la entrega del edificio con las actuales calles Capitán Gaona y Obispo Bustamante, frutos de uno de los primeros Ensanches de Logroño (1869). Los jardincillos irregulares y residuales que se producen, se anticipan en más de cincuenta años (ahí si que nuestra escuela es “moderna”) a las destartaladas zonas verdes entre bloques de las producciones masivas de vivienda de los años sesenta. Ignorando su adaptación a las otras calles, el edificio de la Escuela de Artes y Oficios se vuelve sobre su fachada en beneficio del actual Paseo General Franco, en una concepción barroca y escenográfica de la ciudad. Si como señala F. de Terán, a nivel general los ensanches empezaron a entrar en crisis en la primera década del siglo ante las nuevas exigencias de la ciudad industrial, en Logroño, por el contrario, aún perviven en esas fechas las viejas concepciones de la ciudad y de sus edificios representativos.
Cierto que ese planteamiento teatral le ha hecho ganar en popularidad e imagen ante la ciudad, -el barroco siempre se ha vendido bien al pueblo. Y si se añade a ello la excelente construcción y la no menor belleza de su aparato decorativo, resulta que tenemos ante nosotros uno de los mejores edificios de Logroño. Seguro que la babosería con que la oficialidad mira actualmente todo aquello que tenga más de cincuenta años no va a desmentir tal aserto. Así que en tales casos, sólo alguien que por íntimo y cercano quiere mucho al edificio, es capaz de mostrar la otra cara de la moneda. Las efemérides, aunque haya quien piense lo contrario, también pueden ser buena ocasión para ello.
