domingo, 14 de junio de 2026

REYES MAGOS


(En la última página del diario La Rioja de 6 de enero de 1987, la redacción del periódico hacía un reparto de Reyes Magos entre distintas personalidades de la provincia. Para mi sorpresa, allí estaba yo, y ésta fue mi respuesta)


Sr. Director:

Por la presente tengo a bien expresarle mi más sincero agradecimiento por el generoso obsequio con que la Redacción de su diario me regala en la festividad de Reyes 1987: nada menos que una sección fija en LA RIOJA para el espacio “Cartas al Director”. Con las gracias, vayan de todos modos algunas reflexiones referentes al regalo.

En los últimos meses han sido bastantes las personas que me han parado por la calle para preguntarme por qué ultimamente me prodigaba tan poco en las Cartas al Director de La Rioja. Otros lectores, quizás por suponer que lo que me faltaba eran temas, me insinuaban de entrada las últimas injusticias o dislates públicos para animarme a llevarlos a estas páginas. Por lo general mi respuesta era la de reclamar para ellos mismos la labor que a mí me encomendaban: “escriba, escriba Vd. mismo; vamos, anímense, no carguen sobre mí sólo toda la tarea”. 

Desde mi primera carta he considerado siempre esta sección como una de las escasas vías operativas para ejercer eso que se llama “democracia activa”, “expresión directa” o, simplemente, “intervención en la vida pública”, sin tener que enrolarse en las filas y en la disciplina de un partido político. Hoy por hoy y en este país la “res pública”, la política, hablando claro, está limitada a los políticos y a los periodistas. El resto de los ciudadanos, al igual que en la dictadura, se limita a hablar mal de ambos en el trabajo o en las tabernas sin dar nunca la cara, pero también, sin dejar de obedecerles cuando cada cierto tiempo se les convoca a dar su voto. Romper tales esquemas logrando que los individuos aislados e independientes hagan oir su voz, creen opinión, e incluso lleguen a tener alguna influencia mediante sus debates en el conjunto de la sociedad, es empresa imprescindible para el ensanchamiento del marco democrático. La sección Cartas al Director, a mi juicio, es una de las pocas puertas abiertas que hoy existen para intentarlo. Sin embargo, si cuento algunas de las experiencias de los dos años en que llevo desempeñando tal misión, se comprenderá cuán fatigosa y poco fácil resulta también esta vía.

En primer término uno se topa con la propia redacción del Diario que, según una práctica común en la prensa española (a la que La Rioja no es del todo ajena), no siempre acepta la carta tal cual, sino que a veces hace mangas y capirotes del estilo personal de uno, e incluso del propio contenido de la carta, desanimando así a todo aquel que tenga en cierta estima sus propios escritos. A continuación uno se encuentra con que las personas con cargo a las que van dirigidas las críticas no suelen distinguir entre su persona y su cargo: no de otra manera se explica que suelan responder arremetiendo contra uno en el plano personal y mediante el insulto o el desprecio. En mi haber tengo hasta la negación del saludo por parte de viejos amigos. Por otra parte, los lectores te suelen mirar como a un tipo extraño, y siendo benévolos, te llaman “kamikaze” o “francotirador”, cuando no “personaje con ansias de protagonismo”. Respecto a lo primero he tenido desgraciadamente que darles la razón, pues cuando el trabajo, o mejor dicho, la “denegación del trabajo”, deviene en arma arrojadiza contra uno por parte de quien lo reparte, escribir lo que se piensa es ciertamente jugársela. Podría contar alguna cosilla sobre el tema, pero debido a su especial gravedad prefiero dejarlo.

Hay también quien sacando las cosas de quicio, confunde una polémica pública acerca de un hecho aislado con una cuestión de honor y de venganza. El Colegio Universitario, por ejemplo, incapaz de asumir una ácida crítica a su gestión en un Coloquio de Historia, llegó a encargar a un vate local de lengua suelta la redacción de una réplica insultante hacia mi persona; en otra ocasión, un afectado por mi denuncia a un concurso de arquitectura, intentó molestarme enviando a mi casa a una partida de pobres moros para venderme alfombras (...a mí, que soy asmático...). Por último, uno se topa con que la vida pública es medio secreta y está llena de rumores y cuchicheos, y así suele ser frecuente el oir: “oye, ten cuidado con lo que dices, que el Juanito te lo saca mañana en la Cartas al Director”, como si uno, que siempre pensó que la vida pública era precisamente eso, pública, fuera un policía o un inquisidor.

Con todo, a pesar de todo, si me lo piden por la calle y además estoy convencido de su importancia para la normalización de la vida democrática aquí y ahora, no puedo dejar de aceptar su regalo. Para ser sincero les diré que cada vez que algo me indigna últimamente, de un modo automático lo expreso internamente en forma de Carta al Director. Claro es que no siempre las escribo y ni siquiera muchas de las escritas las envío al diario. Pero creo que se trata de una buena costumbre: escribir es la manera más civilizada y no violenta que encuentro de responder a lo que me hiere. Palabras frente a hechos. Más allá, sólo encuentro el generalizado “pasar”. Más acá, el resentimiento, la mala uva, las ganas de que dé la vuelta la tortilla, el odio acumulado o la propuesta, -cada vez más frecuente por el mal ejemplo de los vecinos del norte-, de la amenaza de bomba.

Sólo señalar que lo de sección “fija”, tratándose de las Cartas al Director, encierra una leve contradicción: a diferencia de la “columna”, la carta es tan espontánea como libre e independiente. En esa línea pretendo seguir. Muchas gracias.