(Publicado en el diario La Rioja en diciembre de 1999)
Otra vez estamos en la encrucijada: apostar o no por los estudios de diseño. Una encrucijada que se ha repetido varias veces en la historia de este país y en la que los responsables de la apuesta han mirado casi siempre para otro lado. Acaso no han sabido muy bien lo qué es el diseño. Acaso quienes lo sabían no lo han explicado suficientemente.
De orden de Su Majestad y del Consejo se imprimió en 1774 un delicioso “Discurso sobre el fomento de la Industria Popular” que es una referencia histórica impagable. En él se dice que “debe la industria nacional sus primeros esfuerzos a Felipe V, que además exhortaba a sus Vasallos a fin de que se vistiesen generalmente de manufacturas de España, y prohibiendo la introducción de los géneros fabricados fuera que pudiesen escusarse” . Argumenta mas adelante que “En Inglaterra no hay talento ni descubrimiento que no reciba galardón y recompensa, y así son incesantes los progresos de las artes y oficios” ; y propone que “Una escuela de diseño debería establecerse y dotarse en toda capital de Provincia, para que instruyesen y enseñasen a los naturales, y propagasen estos conocimientos”.
Pero esos “conocimientos” nunca llegaron, nunca se propagaron, nunca estuvieron claros. La conjunción de palabras “Artes y Oficios” que ya se menciona en esa joya de la literatura estatal española citada, tuvo su éxito un siglo después en la misma Inglaterra que el redactor del Discurso señala como ejemplo a seguir. Un éxito que se propagó a toda Europa y que dió lugar a la creación de Escuelas de Artes y Oficios en infinidad de lugares, y especialmente para nosotros, también en Logroño.
Claro que..., si leemos sus textos fundacionales y sus primeros programas de estudios nos damos cuenta que originalmente aquí llegó con el mismo nombre universal pero con los contenidos cambiados: los planes de estudios iniciales de nuestra “Escuela de Diseño” eran para enseñar matemáticas y geometría en horas nocturnas a los artesanos locales..., mientras que el lema Artes y Oficios obedecía al principio enunciado por John Ruskin y luego por William Morris, de que para competir contra la quincallería de productos que empezaba a lanzar la industria, los artesanos debían hacerse artistas, esto es “creativos”.
Nuestro despiste siguió durante años y décadas, aunque por lo menos en los planes de estudios fue apareciendo, el “dibujo artístico”. En Europa, sin embargo, tras la Primera Guerra Mundial se percataron de que el ciclo de los artesanos artistas había tocado a su fin y que dar la espalda a la Industria era una insensatez. Nació así en 1919, con todas las dificultades de ser vanguardia en el mundo, la primera Escuela moderna de Diseño en la República de Weimar, la Bauhaus. La creatividad no tenía por qué hacer distinción entre artesanías e industrias, tenía que ponerse al servicio de la humanidad, y si era a través de una industria que abaratase los costos, pues mejor que mejor. En España, mientras tanto, preferimos reir la insensatez del “que inventen ellos”. Y así nos fue...
Pero los tiempos son tozudos, o mas bien poderosos, y es imposible oponerse a sus vientos. En la larga postguerra española las Escuelas de Artes y Oficios, -impensables aún como Escuelas de Diseño-, fueron dando a luz planes de estudios de oficios industriales, originándose allí lo que todavía conocemos con el lamentable, genérico, y vacío término de Formación Profesional. La Escuela de Artes y Oficios se quedó más con el Artes que con el Oficios, sin llegar a Bellas Artes porque nuestra provincia no daba para tanto.
Así hasta los años ochenta en que unos cuantos jóvenes profesores y un hombre inteligente y jovial, Miguel Durán-Loriga, intentaron dentro de la ya compleja maquinaria burocrática ministerial y de un Estado que se desmembraba en Comunidades Autónomas, dar algún paso serio para hacer que las viejas Escuelas de Artes y Oficios españolas consiguiesen por fin ser dirigidas hacia el Diseño. De aquella encrucijada salió un camino sobre el que al poco cayó, como un pesado árbol, todo el tronco y el enramado de la Logse, cortando o imposibilitando el paso.
Durante unos diez años hemos estado revolviéndonos entre las ramas de ese árbol, perdiendo incluso el nombre de Oficios y quedándonos como Escuela de Arte (?) hasta que por fin se ha hecho una luz, se ha abierto un paso: en este año de 1999, ha aparecido por fin en el desarrollo de la Logse el decreto estatal que regula los Estudios Superiores de Diseño.
Es difícil dentro del Estado poco vertebrado a que nos ha llevado el Régimen Autonómico, decidir desde una provincia si hay que ir por ahí o no. Tengo noticias de que en una Comunidad Autónoma, concretamente en Baleares, están completamente decididos a dar por fín cumplimiento a esa propuesta del viejo Discurso dieciochesco, o a esa feliz idea de la República de Weimar, creando allí una Escuela Superior de Diseño. Ignoro el método y a quién corresponde la decisión o la omisión.
Lo que no ignoro, y nadie puede ignorar -a menos que quiera seguir siendo un ignorante-, es que el diseño y la creación de los objetos que nos rodean no sólo es una de las más hermosas facultades humanas a desarrollar, sino que también es uno de los signos claves de nuestro tiempo; y que no tenerlo incorporado y definido con claridad en nuestro sistema educativo es una carencia imperdonable.
