(Publicado fragmentariamente en el Suplemento de Construcción del diario La Rioja de fecha 21 de febrero de 1997, siendo Decano del COAR)
Si
le parece voy a contestar a su cuestionario sin ceñirme estrictamente al orden
que Vd.propone. Las fichas burocráticas están bien como información básica,
pero me gustaría aprovechar la ocasión
para profundizar un poco en algún dato y para que, a la postre, el
lector no se aburra.
Los
Colegios de Arquitectos se crearon en 1930, y sobre sus orígenes y evolución
puede consultarse el libro “Los Colegios de Arquitectos de España” de Mariano
García Morales (ed. Castalia, Madrid 1975). La primera territorialización de
Colegios se organizó en torno a 6 capitales, León, Bilbao, Barcelona, Madrid,
Valencia y Sevilla, y la entonces provincia de Logroño quedó comprendida,
curiosamente, en el de Barcelona, junto a Aragón, Cataluña y Baleares. Una
segregación posterior nos hizo depender de Zaragoza y finalmente, siguiendo los
pasos del mapa autonómico, los arquitectos riojanos dejamos de ser “delegación”
de Zaragoza y nos constituimos como Colegio en 1983.
Esta
evolución da una idea del desarrollo y crecimiento que el Colegio y la
profesión han experimentado a lo largo de este siglo sobre un estado de las
profesiones legalmente algo confuso que heredamos del siglo XIX, donde los
maestros de obra, los artistas de la Academia de Bellas Artes y los primeros
titulados de las escuelas de arquitectura (1845), configuraban un panorama
mixto formado con restos del sistema gremial, los principios ilustrados y la
profesionalización por la vía universitaria.
Me
interesa subrayar esta evolución del profesional de la arquitectura desde el
gremio medieval al colegio profesional, pasando por la academia, porque nos
ofrece una buena perspectiva histórica para observar el momento en que se
encuentra la profesión y los Colegios.
Los
gremios profesionales fueron uno de los pilares más importantes sobre los que
se construyó la sociedad occidental en este milenio, en los siglos en que
fuimos saliendo de la barbarie y de la oscuridad medieval. Los burgos fueron en
buena manera creaciones gremiales y aunque aquellas ciudades hayan quedado
subsumidas en estructuras urbanas posteriores, quedan aún las catedrales como
expresión arquitectónica de su esplendor.
Ciertamente
los gremios han llegado hasta antesdeayer y de alguna manera los Colegios son
dignos herederos suyos en ese intento de colectivizar una actividad que desde
el Renacimiento en adelante se ha tratado de individualizar permanentemente con
el membrete del “arte” y la firma del “artista”.
Así
vistos, los Colegios son un pequeño contrasentido en una época de disgregación
absoluta del tejido social, en la que el Estado y el Mercado pugnan por
llevarnos hacia la barbarie de donde vinimos.
En
cierto modo, los colegios son apéndices del aparato del Estado, y en cierto
modo pequeños sindicatos e intereses, pero ni lo uno ni lo otro. ¿por qué
obstinarse en mantener nuestra extraña situación? me pregunta Vd. en su
cuestionario con otras palabras. ¿qué vemos en la profesión para defenderla y
hacer de ella un nexo de sociedad, un pretexto de ciudad?
Le
daré una contestación que es la respuesta general contra la locura, o por
decirlo en términos más parejos, contra la “enajenación”. Una profesión, como
tantas cosas en la vida (¡ay!, cada vez menos) no es un “servicio mercantil”,
no es algo que podamos comprar con dinero, no es algo que podamos separar de su
íntima ligazón con el ser humano y con el lugar que éste ocupa en el mundo.
Parece una pequeña contradicción pero no lo es; así como decimos que el solar
familiar es intocable, que el cuerpo es sagrado, o que hay valores inmutables
que guían nuestra conducta en el trato con los demás, cabe decir también que el
trabajo del hombre no es asunto de compra y venta. ¿Difícil de entender,
verdad?. Ya lo sé, ya, pero es así. Ya se han olvidado las viejas enseñanzas
marxistas de que no somos mercancía, ni servicio, se nos ha olvidado que no
somos esclavos. Ya “todos cumplimos órdenes” como decía Félix de Azúa en un
desgarrado y memorable artículo publicado a comienzos de esta década en el
Ajoblanco. Fijese Vd. en la palabra “empleado”; ¡que dura que es!, significa
literalmente “ser usado” y a nadie le da miedo mencionarla. Desde que fuimos
expulsados del paraíso el hombre está condenado a “trabajar” para sobrevivir,
sí, pero la condena divina no significa que el hombre haya de venderse por
ello. Somos los hombres quienes hemos agravado nuestra condena convirtiendo
nuestro trabajo en servicio o en mercancía.
Perdóneme
por llegar tan profundo en el análisis, pero es que si no profundizamos no
entenderemos nada. Después de esta sintética expresión de la reflexión, quizás
podamos empezar a ver a las profesiones y a los Colegios Profesionales con otra
mirada. Una mirada más amplia, más abarcadora, más humana.
Ahora
podrán entender Vd.y el lector de estas líneas, que un Colegio Profesional sólo
encuentra sentido en aquellas actividades en que no es apéndice de la
Administración ó Sindicato de pequeñas empresas. Un Colegio como el nuestro
responde a su esencia justamente cuando menciona la Arquitectura, porque ese es
el inmaterial que trasciende la actividad del arquitecto, o por decirlo con un
juego de palabras : ese es el valor que no tiene valor. Como alguien ha dicho,
es posible que la Arquitectura haya sido la “gran olvidada” de nuestros
Colegios en no pocas ocasiones, pero nunca tan olvidada como en el resto de la
sociedad. Hemos abandonado muchas veces el cuidado de la lámpara, y en otras
hemos hecho soflamas ridículas de la misma, pero eso son cosas propias de los
hombres.
Lo
que me interesa decir como Decano es que la defensa de la Arquitectura va
intimamente ligada al propio ejercicio de la profesión y que la Arquitectura no
es un actividad cultural diletante, un ejercicio de estilo al alcance de unos
pocos, o una moda lanzada desde los medios de comunicación. La Arquitectura es
lo que no se vende, es lo que libera al profesional de su mercantilización, es
aquello que dignifica un trabajo.
No
sé si este suplemento llevará como el del año pasado el subtítulo de
“suplemento comercial”, y dé a entender con ello que lo que hacemos aquí los
arquitectos es “comerciarnos” o “vendernos” como un jabón o un chorizo. Quien
haya conseguido aguantar la lectura de estas ideas hasta aquí, estoy seguro que
no pensará así. A él le doy las gracias en nombre del Colegio Profesional que
presido.