domingo, 14 de junio de 2026

LOS ARQUITECTOS Y SUS COLEGIOS

            (Publicado fragmentariamente en el Suplemento de Construcción del diario La Rioja de fecha 21 de febrero de 1997, siendo Decano del COAR)

 

            Si le parece voy a contestar a su cuestionario sin ceñirme estrictamente al orden que Vd.propone. Las fichas burocráticas están bien como información básica, pero me gustaría aprovechar la ocasión  para profundizar un poco en algún dato y para que, a la postre, el lector no se aburra.

            Los Colegios de Arquitectos se crearon en 1930, y sobre sus orígenes y evolución puede consultarse el libro “Los Colegios de Arquitectos de España” de Mariano García Morales (ed. Castalia, Madrid 1975). La primera territorialización de Colegios se organizó en torno a 6 capitales, León, Bilbao, Barcelona, Madrid, Valencia y Sevilla, y la entonces provincia de Logroño quedó comprendida, curiosamente, en el de Barcelona, junto a Aragón, Cataluña y Baleares. Una segregación posterior nos hizo depender de Zaragoza y finalmente, siguiendo los pasos del mapa autonómico, los arquitectos riojanos dejamos de ser “delegación” de Zaragoza y nos constituimos como Colegio en 1983.

            Esta evolución da una idea del desarrollo y crecimiento que el Colegio y la profesión han experimentado a lo largo de este siglo sobre un estado de las profesiones legalmente algo confuso que heredamos del siglo XIX, donde los maestros de obra, los artistas de la Academia de Bellas Artes y los primeros titulados de las escuelas de arquitectura (1845), configuraban un panorama mixto formado con restos del sistema gremial, los principios ilustrados y la profesionalización por la vía universitaria.

            Me interesa subrayar esta evolución del profesional de la arquitectura desde el gremio medieval al colegio profesional, pasando por la academia, porque nos ofrece una buena perspectiva histórica para observar el momento en que se encuentra la profesión y los Colegios.

            Los gremios profesionales fueron uno de los pilares más importantes sobre los que se construyó la sociedad occidental en este milenio, en los siglos en que fuimos saliendo de la barbarie y de la oscuridad medieval. Los burgos fueron en buena manera creaciones gremiales y aunque aquellas ciudades hayan quedado subsumidas en estructuras urbanas posteriores, quedan aún las catedrales como expresión arquitectónica de su esplendor.

            Ciertamente los gremios han llegado hasta antesdeayer y de alguna manera los Colegios son dignos herederos suyos en ese intento de colectivizar una actividad que desde el Renacimiento en adelante se ha tratado de individualizar permanentemente con el membrete del “arte” y la firma del “artista”.

            Así vistos, los Colegios son un pequeño contrasentido en una época de disgregación absoluta del tejido social, en la que el Estado y el Mercado pugnan por llevarnos hacia la barbarie de donde vinimos.

            En cierto modo, los colegios son apéndices del aparato del Estado, y en cierto modo pequeños sindicatos e intereses, pero ni lo uno ni lo otro. ¿por qué obstinarse en mantener nuestra extraña situación? me pregunta Vd. en su cuestionario con otras palabras. ¿qué vemos en la profesión para defenderla y hacer de ella un nexo de sociedad, un pretexto de ciudad?

            Le daré una contestación que es la respuesta general contra la locura, o por decirlo en términos más parejos, contra la “enajenación”. Una profesión, como tantas cosas en la vida (¡ay!, cada vez menos) no es un “servicio mercantil”, no es algo que podamos comprar con dinero, no es algo que podamos separar de su íntima ligazón con el ser humano y con el lugar que éste ocupa en el mundo. Parece una pequeña contradicción pero no lo es; así como decimos que el solar familiar es intocable, que el cuerpo es sagrado, o que hay valores inmutables que guían nuestra conducta en el trato con los demás, cabe decir también que el trabajo del hombre no es asunto de compra y venta. ¿Difícil de entender, verdad?. Ya lo sé, ya, pero es así. Ya se han olvidado las viejas enseñanzas marxistas de que no somos mercancía, ni servicio, se nos ha olvidado que no somos esclavos. Ya “todos cumplimos órdenes” como decía Félix de Azúa en un desgarrado y memorable artículo publicado a comienzos de esta década en el Ajoblanco. Fijese Vd. en la palabra “empleado”; ¡que dura que es!, significa literalmente “ser usado” y a nadie le da miedo mencionarla. Desde que fuimos expulsados del paraíso el hombre está condenado a “trabajar” para sobrevivir, sí, pero la condena divina no significa que el hombre haya de venderse por ello. Somos los hombres quienes hemos agravado nuestra condena convirtiendo nuestro trabajo en servicio o en mercancía.

            Perdóneme por llegar tan profundo en el análisis, pero es que si no profundizamos no entenderemos nada. Después de esta sintética expresión de la reflexión, quizás podamos empezar a ver a las profesiones y a los Colegios Profesionales con otra mirada. Una mirada más amplia, más abarcadora, más humana.

            Ahora podrán entender Vd.y el lector de estas líneas, que un Colegio Profesional sólo encuentra sentido en aquellas actividades en que no es apéndice de la Administración ó Sindicato de pequeñas empresas. Un Colegio como el nuestro responde a su esencia justamente cuando menciona la Arquitectura, porque ese es el inmaterial que trasciende la actividad del arquitecto, o por decirlo con un juego de palabras : ese es el valor que no tiene valor. Como alguien ha dicho, es posible que la Arquitectura haya sido la “gran olvidada” de nuestros Colegios en no pocas ocasiones, pero nunca tan olvidada como en el resto de la sociedad. Hemos abandonado muchas veces el cuidado de la lámpara, y en otras hemos hecho soflamas ridículas de la misma, pero eso son cosas propias de los hombres.

            Lo que me interesa decir como Decano es que la defensa de la Arquitectura va intimamente ligada al propio ejercicio de la profesión y que la Arquitectura no es un actividad cultural diletante, un ejercicio de estilo al alcance de unos pocos, o una moda lanzada desde los medios de comunicación. La Arquitectura es lo que no se vende, es lo que libera al profesional de su mercantilización, es aquello que dignifica un trabajo.

            No sé si este suplemento llevará como el del año pasado el subtítulo de “suplemento comercial”, y dé a entender con ello que lo que hacemos aquí los arquitectos es “comerciarnos” o “vendernos” como un jabón o un chorizo. Quien haya conseguido aguantar la lectura de estas ideas hasta aquí, estoy seguro que no pensará así. A él le doy las gracias en nombre del Colegio Profesional que presido.