domingo, 14 de junio de 2026

CORRER POR CORRER


(En tiempos de la transición política yo descubrí también el deporte popular, y me pareció que eran la misma cosa. Creí que las hinchadas de los grandes clubs eran fenómenos del pasado, pero me equivoqué. He aquí las impresiones urbanas de mi primera media maratón, publicadas en La Rioja en junio de 1997)


Iba yo por el kilómetro 17 de la media maratón logroñesa del pasado 25 de mayo, cuando una mujer que me reconoció me dijo al pasar: “andá, no sabía que tu fueras corredor”. Obviamente no era oportuno pararme a explicarle que yo no era corredor, ni muchísimo menos, así que voy a intentar contestarle ahora porque creo que en su frase o en su sorpresa están contenidos todos los equívocos y fracasos de participación en las carreras populares.

Este periódico ha hecho un enorme esfuerzo organizativo y propagandístico por animar a los logroñeses a participar en la carrera más larga e importante de su calendario popular, y sin embargo, a la vista de los resultados, de los seiscientos veinticuatro que llegamos a la meta, tan sólo 24 lo hicimos por encima de las dos horas, lo que quiere decir que poco más de dos docenas “no éramos corredores”. El esfuerzo propagandístico de los organizadores, estaba dirigido, pienso yo, a captar a los “no corredores”, porque quien baja de las dos horas en la media maratón no necesita propaganda alguna para apuntarse. La lastimosa noticia de que ya estaban desmontando la meta cuando llegó una señora en dos horas y treintayun minuto, siendo la ¡primera de su categoría!, no es un dato como para felicitarse por la organización de la prueba.

Para que la media maratón sea en verdad un éxito es preciso que haya  más “no corredores” que “corredores”, y para ello, los medios de comunicación y la cultura del atletismo, y del deporte en general, tienen que cambiar radicalmente su enfoque, pues con ser importante que vengan, no todo es Martín Fiz, Abel Antón o Carlos Merino. Páginas y páginas hablando durante días de sus excelencias no han conseguido animar a la población a correr por sus calles. Todo lo más a verlos, y ni eso, porque el fondo no es un deporte tan apasionante como para estar hora y pico al borde de una acera.

Dicho de otro modo, y ampliando el espectro de las actividades: bueno es que haya Ronaldos, Moneos o Rostropoviches, pero la valía de una sociedad no estriba en su capacidad económica de contratarlos, ni en la suerte de ser su cuna. La madurez cultural de un pueblo consiste en no tener que depender de ellos, pues los ídolos son un claro producto de la subcultura y el tercermundismo, y los medios de comunicación, insisto, tienen una grave responsabilidad en su producción. 

Pero volvamos a nuestra carrera y a sus divertidos héroes, que no ídolos. Vi al profesor Pedro Santana hecho un toro, y eso que acababa de venir del viaje de novios; no aguanté su endiablado ritmo ni tres kilómetros. El saxofonista Félix Romero, en plena forma, también me dijo adios nada más empezar. Al traumatólogo Fernando Sáez le adelanté en el kilómetro dos, a sabiendas de que el año pasado había conseguido llegar a duras penas; pero cual no sería mi sorpresa cuando me dejó tirado hacia el catorce con una marcha imposible de seguir. Otro extraordinario héroe fue para mí el director gerente de este periódico, Fernando Samaniego a quien ví hacia el kilómetro quince, -cuando yo iba practicamente exhausto-,  como quien acabara de empezar a correr. Y qué decir de Luis Español que nunca había corrido la prueba y que llegó en poco más de dos horas. Extraordinario también. Al aparejador Gonzalo Peña le pillé y me dejó dos o tres veces durante la carrera: “aunque reviente, tu no me ganas”, me decía cada vez que me ponía a su espalda; ¡y tuvo que esprintar en la línea de meta para conseguir su propósito!. Pues bien, ellos son mis héroes y mis referencias, y sólo siento lástima de que la lista sea tan corta. Espero que el año que viene sean muchos más, porque aunque corriendo no se disfruta tanto como decía el anuncio, lo cierto es que llegar sabe a gloria, sea en el tiempo que sea. 

Nada más cruzar la meta me topé con Martín Fiz y le dije que había sido mi primera media maratón; sin pensárselo dos veces me dió un apretón de manos y me felicitó efusivamente. Con ese gesto, el ídolo se hizo compañero y me hizo partícipe de su humanidad, correspondiendo acaso al mismo modo en que yo aprecio sus éxitos: sin idolatría alguna. 

La valía de una ciudad ha de empezar a medirse con índices distintos al del número de coches por habitante o cosas así. El número de músicos en la calle, los que van al trabajo en bici desafiando al tráfico, los pintores callejeros, los piragüistas, los jugadores de ajedrez en las plazas o, mismamente, los corredores de fondo, empiezan a ser los auténticos valedores de las ciudades. 

Porque correr, lo que es correr, -y esto le gustaría mucho a Parménides-, no se hace por otra cosa que por correr. Y eso sí que es una gran felicidad.