(El voluntarioso Decano Ramón Pérez Marrodán, cazado a lazo por los funcionarios del Colegio para evitar más vacíos de poder, salió a la prensa sin precaución y yo no me anduve con piedad. Creo que para entonces ya había pedido mi baja en el Colegio y ni siquiera me llamaron la atención por mi falta de compañerismo. Eso sí, Rubén San Pedro me escribió una carta personal muy sensata en la que reflexionaba sobre mi comportamiento con el Colegio)
La
vida pública de los cargos públicos suele estar restringida a su presencia
física. Pocas, poquísimas veces, los cargos públicos suelen hacer lo que se
llama vida pública, o sea, la de la publicación de sus opiniones. Temen con
ello quedar mal, meter la pata, decir alguna tontería; vaya, jugarse el cargo.
El
anzuelo para que pique el cargo público y poder sacarle algo se llama
entrevista con foto incluída. La mayoría de las entrevistas muestran la pugna
entre la habilidad del periodista por sacar algo, y la astucia del cargo
público por decir lo mínimo posible. No ha ocurrido así con el Decano del
Colegio de Arquitectos a quien entrevistaba la directora de este periódico (ver
La Rioja del Lunes de 3 de septiembre de 1990). La falta de pericia del
inexperto Decano le ha llevado a decir algunas cosas bastante graves. Señalaré
dos.
La
primera hace referencia a su acceso al cargo. Dice el Decano: “estaban buscando
un decano-tipo, es decir, una persona que no hubiera tenido antecedentes
políticos o no hubiera trabajado en la Administración, que diera una cierta
imagen y no tuviera dificultad para hablar en público. Yo pensé que podía hacer
algo interesante y dije que sí”. Fijense bien, excepto en la primera frase en
que se menciona lo de “decano”, da la sensación de estuvieran buscando una
reina para la vendimia: que dé el tipo, que tenga cierta imagen, que sepa
hablar en público, y que no estuviese contaminado por la política o la
Administración. Y ahí lo tenemos ya en el cargo.
Hace
poco que desde estas mismas páginas decía que la democracia en este país se
parece cada vez más a la elección de “reina de la vendimia”. Las recientes
noticias sobre la búsqueda de candidatos para los próximos montajes electorales
así lo demuestran). Lo grave es que pequeños reductos de democracia como eran
los Colegios Profesionales, imiten el modelo. Lo digo porque en épocas malas
para la democracia, los colegios Profesionales fueron internamente aunténticos
baluartes de la misma, cuando no una buena escuela de democracia para sus
asociados. Daré un apunte personal: el talante con que el entonces decano Rubén
San Pedro recibió en cierta ocasión una derrota democrática en una Asamblea del
Colegio, fue para mí una de las más claras lecciones de democracia que
recuerdo. Las cosas al parecer han cambiado mucho. Si quiere arreglarlo, al
actual Decano le corresponde desvelar públicamente quiénes eran los que le
“estaban buscando” para el cargo, o sea, los que pensaron que lo mejor era
tener un decano que diese el tipo, cierta imagen, etc.
La
otra cosa grave, muy grave, que dice el nuevo Decano del Colegio de Arquitectos
es que la arquitectura es una profesión de élite, que el “mensaje” de la
arquitectura no puede asumirlo cualquiera (supongo que quería decir
“entenderlo”). La admiración incondicional por el arquitecto que más sale en
las revistas de moda, completa el panorama de su opinión. Como es habitual,
cuando hay poco que hablar de asuntos públicos, al final la entrevista se
desliza hacia temas privados sobre los que en este país sí que se habla
públicamente sin rubor.
Parece
ser que el ejercicio de la arquitectura se debate entre el servicio a la
obtención de mayores rendimientos para el capital y el autoservicio a la
popularidad del propio arquitecto dentro del starsystem. Si el anterior Decano
representaba de un modo tácito la primera tendencia, el actual parece
decantarse expresamente por la segunda. En mi opinión no hemos mejorado mucho.
El Colegio seguirá en su limbo sin explicar a la ciudadanía el por qué de su
actitud y de sus colegiados arquitectos en la actual configuración de la
ciudad. Son cosas que al parecer los ciudadanos no pueden llegar a entender.
Mientras tanto (cito el célebre párrafo de Bruno Zevi) “todo el mundo es dueño
de apagar la radio, desertar de los conciertos, aborrecer el cine y el teatro o
no leer un libro, pero nadie puede cerrar los ojos frente a todas las
edificaciones que integran la escena de la vida ciudadana”.
No
sabemos quien busca o cómo se busca un cargo público, ni cómo se explican las
formas de la ciudad. No parece voluntad de aclararlo. Día a día la vida en la
provincia retorna a su ancestral oscuridad. Se hace menos pública. Menos
publicada.