domingo, 14 de junio de 2026

SER SABIO

            (La sombra de mi tío Luis Diez del Corral, riojano emigrado a Madrid y al éxito académico y personal, ha estado siempre presente en mi trayectoria intelectual. Este es el primero de los artículos que le dediqué. Apareció el 21 de marzo de 1985 en La Rioja, afortunadamente sin ningún recorte o modificación)


Hay momentos en la vida que, por muy remotos que sean, los recordamos como si hubiesen ocurrido ayer. Así sucede, en mi caso, con la primera vez que me hablaron de mi tío Luis. Fué en Anguciana, a la vuelta de la escuela, en una soleada tarde de invierno hace ya más de veinte años. Había encontrado yo por casa un recorte de periódico en el que se hablaba de algún libro de Luis Díez del Corral y cuando pregunté a mi tía acerca de la profesión de tan ilustre pariente, me contestó que “era sabio”.

Para un chiquillo de escuela que por entonces peleaba con las tablas de multiplicar y la lista de los reyes godos, eso de ser “sabio” debía tener un cariz realmente mágico: significaba haberlo estudiado todo, entenderlo todo, saberlo todo. Sería el ejemplo a seguir por quien empezaba a adquirir los primeros conocimientos y, sobre todo, la idea de lo máximo a lo que puede aspirar un hombre.

He debido lamentar después el abandono de tal palabra, casi siempre usada en sus derivados peyorativos: resabio, sabelotodo, sabiondo. Pero peor que el desuso de la palabra se ha de lamentar la pérdida de sus contenidos míticos: un “intelectual”, un “pensador”, o un “experto” no lograrán arrebatarnos, impresionarnos, llenarnos de emoción, al igual que un “sabio”. Está claro que en esta época desmitificadora, los únicos mitos residen en la niñez.

Mas a falta de mitos, he aquí que tenemos entre nosotros de nuevo a Luis Díez del Corral con motivo del merecido homenaje que Logroño y La Rioja van a rendirle. Homenaje que, más allá de ser debido a su fama o celebridad (con lo que volveríamos a caer en mitomanía) ha de referirse, para ser sincero y auténtico, a la exaltación de sus cualidades personales. Y esa es la intención de estas líneas, hablar sencillamente del carácter estudioso y de la universalidad de los estudios de Luis Diez del Corral.

Sobre lo primero siempre me impresionó una anécdota que se solía contar en casa con gran admiración: durante la última Guerra Civil Española, y refugiado en la Embajada de Chile en Madrid, ajeno a los trágicos acontecimientos de entonces (o quizás por sentirlos e interpretarlos a otro nivel que el resto de los humanos) el tío Luis se dedicaba día y noche a estudiar alemán para leer a Hölderlin en su lengua original. He leído hace poco un episodio parecido acerca de J. Robert Oppenheimer: debido a que se encontraba estudiando sánscrito, no se enteró del crack del 29 hasta varios años después de haber sucedido. En una época en que el bombardeo de noticias y de información superficial nos hacen ser, como dice Christopher Alexander, intelectualmente dispersos, es reconfortante encontrarse con gente que, incólume a la misma, es capaz de resitirla y transgredirla. Algo que sólo parece posible desde la ubicación intelectual en unos niveles de conocimiento mucho más profundo que los habituales. 

La segunda característica de la personalidad de Luis Diez del Corral, la de la universalidad de su pensamiento y de sus estudios, es quizás la más conocida. Su capacidad para entender la Historia desde el campo de las Ideas o del Arte, invierte el tradicional método de estudio que explica o interpreta éstas desde aquella, situándose así en la línea de los grandes pensadores humanistas que priman siempre los valores del individuo frente a los movimientos de las masas. Y ninguna plataforma mejor que la del Humanismo para abandonar el tradicional provincianismo de muchos de nuestros historiadores, y lanzarse a estudiar e interpretar a los grandes hombres por encima de las épocas y las fronteras (Velázquez, Tocqueville, Humboldt, Hölderlin, Pascal, y un largo etc.), alcanzando así la universalidad que se desprende de sus obras, de sus ideas y de sus vidas. Universalidad que, por otra parte, ha sabido complementar inteligentemente con un gran número de viajes en los que, desde el conocimiento de los hombres que las pueblan y las han poblado, reflexiona siempre acerca del devenir histórico de las distintas tierras que conforman el mundo.

Las Ideas Políticas, profesión al fin de Luis Diez del Corral, no surgen de la estrechez de miras de un tiempo y un lugar, del análisis político que diríamos hoy en día, como tampoco devienen de ese torpe y actual intento de politizar todos los hechos y todas las expresiones, es decir, -permítaseme el juego de palabras-, de “potilizar todas las ideas”. Los procesos políticos, a los que tanta importancia solemos conceder, no son sino una arista superficial de los grandes y profundos procesos culturales. Por eso fuimos, como dice nuestro homenajeado, tan importantes a nivel mundial en la decadencia de los Austrias y somos tan poca cosa en la boyante actualidad: pues los procesos culturales, más que de hábiles políticos o de estrafalarios vendedores de cultura, se forman a base de grandes hombres.

De sabios diría yo, volviendo al comienzo del artículo. De personas, no que lo saben todo, lo entienden todo y lo han estudiado todo como de niño podía pensar; sino de personas que saben que para entender algo hay que saber de todo y por ello estudian siempre. Esa podría ser mi nueva definición de sabio para este primaveral homenaje a Luis Diez del Corral.