domingo, 14 de junio de 2026

TRAFICO

            (Esta primera anotación sobre el tráfico con tono de humor dió lugar a las más desarrolladas que se pueden leer en mi otro libro “Una voz en un lugar”. Apareció publicado en Logroño Ciudad n. 7, abril 1986)

 

            Un burócrata, decía Forges (Forges, con f), es un experto que tiene para cada solución un problema. El más experto de los burócratas es un ingeniero funcionario. El tráfico, ese gran problema urbano, está en manos de ingenieros funcionarios. Sólo así se explica que las ciudades no encuentren nunca la solución al problema de la circulación viaria a pesar de lo fácil que es. Sólo se requiere, como van a ver Vds., un poquito de sentido común. Síganme.

            Las ciudades eran tranquilas cuando la velocidad de los vehículos rodados era prácticamente similar a la de los peatones. Las fotografías de principios de siglo son del todo elocuentes. Si se cogía el carro en vez de ir andando, era por una razón de peso, esto es, que había que transportar una carga, fatigosa o imposible de ser llevada a pié.

            A primera vista, alguien (un ingeniero, por ejemplo) puede decir que con este sistema de circulación la “productividad”, ese gran invento de nuestro siglo, sería menor. Pero no lo crean del todo: ciertamente, el mejor ingrediente para una óptima productividad es, seguro, la tranquilidad urbana. Por si ello no les convence aún, diré que nuestro siglo inventó dos hermosos artefactos con los que poder trasladar personas y mercancías de una manera rápida y sin perturbar apenas la ciudad. Evidentemente, me refiero al tranvía urbano y al ferrocarril interurbano. La ciudad alcanzó con ellos su cénit.

            La decadencia no se hizo esperar: tan pronto como se vió que la ciudad era perfecta se inventó el automóvil, artefacto envidioso que logró al principio que los vehículos rodados particulares fuesen tan rápidos como el tranvía o el ferrocarril. El automóvil separó definitivamente a los vehículos rodados de los peatones, y no sólo rompió su tradicional convivencia, sino que además los hizo enemigos incompatibles. Los automóviles, con su ruido y su velocidad, se hicieron los dueños de la calle, y acabaron para siempre con la tranquilidad de la ciudad.

            Ante el mal causado, las medidas tomadas hasta la fecha no han pasado de tratar de evitar mínimamente que los susodichos automóviles se destrozasen entre sí o que atropellasen indiscriminadamente a los peatones, para lo cual se crearon los llamados “semáforos” y unos refugios longitudinales para peatones denominados “aceras”.

            Amigos míos, qué quieren que les diga, la solución es tan fácil que me da vergüenza escribirla: sólo hay que domesticar a los automóviles y hacer que como máximo alcancen la velocidad de los transeuntes.

            La lógica de tal medida es aplastante: pero ¿cómo un individuo que va comodamente sentado, escuchando los cuarenta principales, fumándose un cigarrillo o discutiendo con su mujer, va a tener derecho a llegar antes a un sitio que un esforzado peatón o un cívico usuario del tranvía?. Si disfruta de tantas comodidades y está tan bien sentado ¡que no corra!. Este es un mundo al revés: los sentados corren y los que se mueven van despacio. No puede ser, no puede ser.

            Los coches, muy bonitos ellos, muy confortables, muy útiles para llevar pesos, suegras y demás, estupendos signos de distinción social, inevitables como habitáculos de aventuras amorosas (con música y todo) que sigan, que sigan existiendo. No tengo nada contra ellos. Los quiero, pero por favor, ¡que vayan despacio!, como mucho a la velocidad del peatón. Las ventajas, además, serían múltiples: sería posible de nuevo el cívico saludo entre los que van a pié y los que van sobre ruedas; tecnológicamente se impondrían los coches eléctricos, mucho más silenciosos; a nivel de diseño volvería la riqueza de formas, actualmente en decadencia y aburrimiento por lo del aerodinamismo y los túneles de viento; y no hablemos ya de la disminución de accidentes, lisiados, stressados, etc. etc.

            Si los políticos tuvieran sentido común y por fin se decidieran a imponerse sobre sus funcionarios creo que pronto empezaríamos a ver de nuevo tranvías en la ciudad. Lástima que algún ingeniero encuentre, de inmediato, algún problema a nuestra solución.