(Esta primera anotación sobre el tráfico con tono de humor dió lugar a las más desarrolladas que se pueden leer en mi otro libro “Una voz en un lugar”. Apareció publicado en Logroño Ciudad n. 7, abril 1986)
Un
burócrata, decía Forges (Forges, con f), es un experto que tiene para cada
solución un problema. El más experto de los burócratas es un ingeniero
funcionario. El tráfico, ese gran problema urbano, está en manos de ingenieros
funcionarios. Sólo así se explica que las ciudades no encuentren nunca la
solución al problema de la circulación viaria a pesar de lo fácil que es. Sólo
se requiere, como van a ver Vds., un poquito de sentido común. Síganme.
Las
ciudades eran tranquilas cuando la velocidad de los vehículos rodados era
prácticamente similar a la de los peatones. Las fotografías de principios de
siglo son del todo elocuentes. Si se cogía el carro en vez de ir andando, era
por una razón de peso, esto es, que había que transportar una carga, fatigosa o
imposible de ser llevada a pié.
A
primera vista, alguien (un ingeniero, por ejemplo) puede decir que con este
sistema de circulación la “productividad”, ese gran invento de nuestro siglo,
sería menor. Pero no lo crean del todo: ciertamente, el mejor ingrediente para
una óptima productividad es, seguro, la tranquilidad urbana. Por si ello no les
convence aún, diré que nuestro siglo inventó dos hermosos artefactos con los
que poder trasladar personas y mercancías de una manera rápida y sin perturbar
apenas la ciudad. Evidentemente, me refiero al tranvía urbano y al ferrocarril
interurbano. La ciudad alcanzó con ellos su cénit.
La
decadencia no se hizo esperar: tan pronto como se vió que la ciudad era
perfecta se inventó el automóvil, artefacto envidioso que logró al principio
que los vehículos rodados particulares fuesen tan rápidos como el tranvía o el
ferrocarril. El automóvil separó definitivamente a los vehículos rodados de los
peatones, y no sólo rompió su tradicional convivencia, sino que además los hizo
enemigos incompatibles. Los automóviles, con su ruido y su velocidad, se
hicieron los dueños de la calle, y acabaron para siempre con la tranquilidad de
la ciudad.
Ante
el mal causado, las medidas tomadas hasta la fecha no han pasado de tratar de
evitar mínimamente que los susodichos automóviles se destrozasen entre sí o que
atropellasen indiscriminadamente a los peatones, para lo cual se crearon los
llamados “semáforos” y unos refugios longitudinales para peatones denominados
“aceras”.
Amigos
míos, qué quieren que les diga, la solución es tan fácil que me da vergüenza
escribirla: sólo hay que domesticar a los automóviles y hacer que como máximo
alcancen la velocidad de los transeuntes.
La
lógica de tal medida es aplastante: pero ¿cómo un individuo que va comodamente
sentado, escuchando los cuarenta principales, fumándose un cigarrillo o
discutiendo con su mujer, va a tener derecho a llegar antes a un sitio que un
esforzado peatón o un cívico usuario del tranvía?. Si disfruta de tantas
comodidades y está tan bien sentado ¡que no corra!. Este es un mundo al revés:
los sentados corren y los que se mueven van despacio. No puede ser, no puede
ser.
Los
coches, muy bonitos ellos, muy confortables, muy útiles para llevar pesos,
suegras y demás, estupendos signos de distinción social, inevitables como
habitáculos de aventuras amorosas (con música y todo) que sigan, que sigan
existiendo. No tengo nada contra ellos. Los quiero, pero por favor, ¡que vayan
despacio!, como mucho a la velocidad del peatón. Las ventajas, además, serían
múltiples: sería posible de nuevo el cívico saludo entre los que van a pié y
los que van sobre ruedas; tecnológicamente se impondrían los coches eléctricos,
mucho más silenciosos; a nivel de diseño volvería la riqueza de formas,
actualmente en decadencia y aburrimiento por lo del aerodinamismo y los túneles
de viento; y no hablemos ya de la disminución de accidentes, lisiados, stressados,
etc. etc.
Si
los políticos tuvieran sentido común y por fin se decidieran a imponerse sobre
sus funcionarios creo que pronto empezaríamos a ver de nuevo tranvías en la
ciudad. Lástima que algún ingeniero encuentre, de inmediato, algún problema a
nuestra solución.