(La hojilla parroquial de las Artes que editaba la Galería Berruet con el nombre de El Catálogo, fue otra de las pequeñas publicaciones que intentaron llenar el hueco existente en esta provincia entre el diario La Rioja y la nada. En octubre de 1986 les envié una primera colaboración, muy didáctica, por cierto)
Parece conveniente, en esta primera entrega a El Catálogo, la revista de las Artes de La Rioja, tratar de aproximarse a una nueva y mejor definición del Arte de la Arquitectura, sobre todo porque, a diferencia de aquellas artes plásticas en las que la relación entre el artista y su obra es directa, en el ejercicio de la arquitectura la relación es tan compleja y cambiante que para llegar a entender su Arte parece necesario tratar antes acerca de otras “artes”.
Como se sabe, la edificación es una actividad colectiva. A menudo ha sido comparada con la ejecución de una pieza sinfónica en la que el arquitecto es el director de orquesta. Mala comparación, porque rara vez sus condiciones de trabajo tienen semejanza alguna: por lo general el director de orquesta interpreta, mientras que el arquitecto no suele ejecutar lo que no es su obra; el director de orquesta domina a sus músicos como un tirano, mientras que el arquitecto sirve a su cliente, etc. etc.
En cierta ocasión vi a un catedrático de mi Escuela de Arquitectura suspender a un alumno en su Proyecto Final de Carrera por sus escasas dotes de convicción: “quizás su proyecto sea bueno -le dijo-, pero Vd. es incapaz de convencer a nadie de ello; Vd. no es digno aún de ser arquitecto”. Un argumento inapelable.
El arte de vender, de convencer, de seducir, forma parte del bagaje del buen arquitecto. Para el pintor, vender no es tan importante: se puede ser más o menos comercial; si se vende, hay dinero; si no se vende, se es un incomprendido o un maldito, pero tanto da: la obra ahí queda para siempre. Sin embargo, si el arquitecto no logra ganarse al cliente su arquitectura nunca llegará a existir.
Y no sólo eso. Decía que la edificación es una obra colectiva fruto de los millones del promotor, del gusto de su señora, de las dificultades burocráticas y administrativas para que autoricen la construcción, de la honestidad del constructor, de la capacidad profesional de los gremios;... ¿cuál es el papel del arquitecto en este barullo de gentes?, ¿será el gerente que invierta bien los millones del promotor?, ¿será el favorito de la señora?, ¿el buen gestor que logre vencer los trámites y el papeleo?, ¿el contable estricto que ajuste los gastos del contratista? ó ¿el detective de las incontrolables chapuzas de los gremios?. La respuesta es: todo eso; todo eso, y algo más.
Hablaremos otro día del ejercicio de la arquitectura como el arte del proyecto, como la actividad de visionar lo que aún no es, de darle forma, vida y color a las cosas que aún no son, de mediar entre la idea y la obra. Por hoy baste con ampliar una vieja idea: decíase en los viejos manuales que la Arquitectura era el arte integrador de las artes, dando a entender que trataba de planos, volúmenes y espacios; artes menores y artes mayores. Pues bien, hay que añadir a esto algo más: la arquitectura integra también en su ejercicio otras “artes” provenientes del habla común referentes a actividades no propiamente “artísticas”, tales como “hablar bien”, “vender, “negociar”, “convencer”, “seducir”,...etc.
Mientras que buenos arquitectos sobre el papel se quedan en simples “promesas”, ¿cuántos conocidos arquitectos de hoy en día no son sino buenos vendedores de edificios mas bien mediocres?
