(Esta fué mi primera colaboración para la Ventana Cultural del Diario La Rioja. Apareció publicada el 17 de febrero de 1984)
Harto
ya de las tonterías que los periódicos publican acerca de la “figura” de
Ricardo Bofill (la de la Ventana Cultural del pasado 3 de febrero de 1984,
escrita por Luis Vecino, fue la última), cansado de oir, leer y ver siempre el
mismo despiste generalizado acerca del tema, voy a intentar con las notas que
siguen centrar algo la cuestión por ver si aún rescatamos de la ignorancia a
algún incauto.
De
la Arquitectura como del Alpinismo (casualidad será que practico ambas) sólo se
habla cuando hay un accidente. Por lo que respecta al alpinismo me parece bien,
así nos dejan tranquilos, que es a lo que vamos a rocas y montañas. Pero por lo
que respecta a la arquitectura, me parece lamentable, por cuanto que al diseñar
edificios y calles nos estamos metiendo con todo el mundo.
Puestas
así las cosas, para saltar a las líneas de los diarios y las revistas, la
cuestión es dar el espectáculo: caerse al vacío desde 200 metros de altura ó
hacer las viviendas más feas y horteras que imaginarse uno pueda.
Lo
triste de la “civilización de la información”, lo lamentable de sus
planteamientos, es que se genere la idea de que lo único importante del
alpinismo sean las desgracias del Naranjo de Bulnes, y que lo único importante
de la arquitectura sean las “desgracias” arquitectónicas de Ricardo Bofill.
Asuntos destacables si lo son, evidentemente, pero ¿importantes?,
¿noticiables?, ¿es sólo noticiable lo destacable?, ¿no debería ser mas
noticiable lo importante que lo destacable?. Dejaré el tema de la prensa, sus
causas y efectos (Dios me guarde) y hablaré de Arquitectura si me lo permiten.
La arquitectura como disciplina
De
entre todas las Artes, la Arquitectura, sin duda alguna, es aquella que más
dosis de “racionalidad” exige, por cuanto que además de “bella”, ha de ser
“util” y “sólida”, según los clásicos principios vitrubianos.
Es
más, para que la Arquitectura sea “bella” nuevamente se ha de sujetar a la
racionalidad que su inserción física en un contexto civilizado, urbano ó
rústico, impone.
Tan
es así que los tratadistas de Arquitectura, intentando recobrar la esencia de
la profesión, el carácter del “oficio”, han vuelto a hablar de la Arquitectura,
más como “disciplina” que como “arte”.
Pues
bien, si hay alguien que destaque por “indisciplinado” en el panorama de la
profesión, esto es, si hay alguien que lo que hace “no es Arquitectura”, ese es
Ricardo Bofill. Y no me refiero a la indisciplina de la falta de título, no,
-que nadie se despiste-, me refiero a la irracionalidad de todo lo que hace: el
barrio Gaudí de Reus es tan inhabitable como odiado por sus sufridos usuarios
(ver Quaderns n. 144 y otras), Walden-7, edificio acabado hace menos de 9 años,
se cae a pedazos (¿dónde mirabas L. Vecino cuando fuístes a verlo?), y de
Xanadú, la Muralla Roja, etc. etc. ya no queda sino el hastío que produce el
tener que soportar a perpetuidad la misma filigrana formal y colorista.
Si
hay un oficio donde las riendas de lo subjetivo y de lo personal deban
sujetarse con fuerza, ese es el de la Arquitectura. Hasta el gran egotista de
la arquitectura que fue Le Corbusier, así lo entendió.
Si
hay un arte en el que no cabe el show, en el que el espectáculo por el
espectáculo no es sino su negación, ese es la Arquitectura.
Por ello, lo mejor que han podido hacer con Bofill es nombrarlo “arquitecto de feria” (me refiero a la noticia de su designación como responsable para la Exposición Universal de 1992 en Sevilla), ya que al fin y al cabo, cuando se termine la Exposición se desmontará todo y aquí no habrá pasado nada.