domingo, 14 de junio de 2026

PINTURA Y RELIGION: sobre la Vida de San Millán contada por Octavio Colis

  (Puesto que mi primera reseña sobre Octavio Colis la envié a El Correo Español, hice lo mismo con ésta. No guardo constancia de su publicación, así que transcribo aquí la fecha en que la escribí: 25 de junio de 1992. El esfuerzo de O. Colis tuvo la mala suerte de no coincidir con los fastos de la declaración de San Millán como Patrimonio de la Humanidad)



Una exposición no es una tienda (aunque también lo sea); así que es muy triste ver marchar de Logroño la exposición de Octavio Colis sin un comentario público. Porque la obra de un pintor que trabaja para algo más que vender, está pidiendo a gritos un eco, una réplica, un mínimo debate, cierta comprensión. Y aunque el nivel de ventas haya sido plenamente satisfactorio, Colis se va cabizbajo de Logroño por no haber tenido con quien hablar.

Y es que debió hacerse la idea de que traer sus trabajos sobre San Millán a una Rioja, por un lado todavía muy católica, y por otro, continuamente voceada por los políticos como región autónoma con raíces e historias propias, tenía que haber despertado cierto interés, incluso pasión, sobre la vida de uno de sus santos más representativos. Según parece, Colis se ha planteado un cierto alejamiento de la pintura entendida como objeto decorativo y se propone utilizar la pintura como herramienta de trabajo más bien reflexivo y especulativo; en esta ocasión, sobre un tema muy cercano a nosotros. Así que uno de los mejores pintores de esta provincia se ocupa de uno de los santos más emblemáticos de esta tierra.

Sin embargo, de la nula repercusión en la opinión pública parecen deducirse dos cosas: en primer lugar que la vida de los santos ya no interesa ni a los católicos, a menos que esos santos no vayan acompañados de escándalo o del aparato publicitario del Vaticano; y en segundo lugar, que la pintura es una herramienta tremendamente desprestigiada para acometer cualquier reflexión. Setenta años mirándose el ombligo a sí misma han hecho de la pintura uno de los caminos más estrechos para acercarse a alguna parte. Así que intentar desde los modos modernos de expresión pictórica una nueva iconografía religiosa, reemprender a base de garabatos y colorines la tarea del pensamiento espiritual, es una tarea poco menos que numantina.

La primera impresión que daba su exposición en los bajos del ayuntamiento era la de: vaya, aquí tenemos a otro pintor, -como el Guillermo Pérez Villalta que se exhibió en la Sala Amos Salvador hace unos meses-, enseñándose a sí mismo, enseñando sus apuntes. En fín, estos pintores, como ya no tienen nada que mostrar, como son incapaces de emocionarnos con una pintura, han acabado por contarnos su vida enmarcando sus ejercicios.

La segunda impresión podría ser la de: bueno, este Colis aún se salva como ilustrador. Lástima que desconozcamos el texto que ilustra, porque las imágenes no son, como siglos atrás, sustitutos del texto, y se nos hace éste imprescindible. Sueños, tentaciones y milagros de San Millán; quisiéramos acercarnos a ellos a través de las desdibujadas imágenes, pero a duras penas lo conseguimos. Los textos están en un libro con pretensiones de códice moderno y en una futura novela que recoge la investigación realizada por Octavio en estos últimos cuatro años. Poca cosa en la sala.

Mi afecto por la pintura de Colis (de la que dejé constancia pública en una reseña sobre su exposición acerca de la ciudad de Logroño, publicada, aunque mutilada, en El Correo Español de 11 de junio de 1985) me lleva a hacer un tercer esfuerzo; y he aquí que descubro algo verdaderamente importante: si la pintura moderna se reclamaba para sí de una menor dependencia de la realidad física y de su representación, si la pintura moderna es en sí misma aspiración espiritual en competencia con la religión ¿ha llegado el momento de cesar en el antagonismo? ¿es posible que de la pintura surga, más allá del anecdotario y su ilustración, una nueva iconografía de contenidos verdaderamente universales e irrebatibles, de sus contenidos escasamente alcanzados. ¿Puede la pintura ayudar en ese esfuerzo místico? ¿No sería incluso la pintura otra vez el verdadero y principal vehículo de las aspiraciones religiosas del hombre? Y hechas las preguntas me pongo a buscar signos.

Y encuentro uno que me impresiona: es el Cristo clavado a un árbol seco, a un desnudo tronco que se bifurca. San Millán está sentado a su sombra cuidando un rebaño en actitud tranquila, como si la imagen del crucificado no fuera con él, pues tiene su vista puesta en una inmensa lengua amarilla que se desprende de un genuino triángulo situado en el cielo. Un triángulo obsesivo y repetido en otras imágenes: la del frontón del templo soportado por un titán o la de la madonna clásica del renacimiento. Un triángulo que se contrapone a un agujero y entre los que se traza una terrible diagonal que destroza cualquier intento de composición. Unas lenguas de fuego, unas escaleras, un caminar por el lago siempre en diagonal y sin equilibrios, siempre produciendo tensión e inquietud.

Frente a los temores del oscuro están las tentaciones de la luz. Opuesto al orgánico agujero está el cortante y diamantino triángulo. ¿Son signos olvidados o signos nuevos? ¿Signos repetidos y traídos de la antigüedad o signos reinventados para una época vacía de signos?

Nos quedaremos con la duda: por un lado, porque el trabajo de Octavio Colis puede no ser mas que un tímido balbuceo carente de continuidad y de imágenes vigorosas. Por otro, porque el silencio con que su obra ha sido acogida, por lo menos aquí en Logroño, no hace concebir mayores esperanzas.