domingo, 14 de junio de 2026

EL DISEÑO EN LA PRIMERA ERA DE LA MAQUINA

            (Publicado en La Rioja del Lunes de 27 de abril de 1992)



Cuando cesa la comunicación entre los objetos y los hombres no es porque los objetos enmudezcan (que no pueden) sino porque los hombres se quedan sordos y ya no saben sino hablar de sí mismos. Así, cuando visito una exposición, -esa institución de encuentro entre los objetos y los hombres-, a veces estoy más atento a las reacciones o los comentarios de los visitantes que a mi propio diálogo con los objetos.

En la reciente y multitudinaria exposición nacional de Meccano habida en la Sala de Exposiciones de la Escuela de Artes Aplicadas, he visto que algunos artistas locales salían escépticos y decepcionados de la muestra porque, según decían, poco o nada tenía que ver esa exposición con el “Arte”. La mayoría de los visitantes, sin embargo, exhibía sin pudor la curiosidad y la alegría de quien identifica los objetos con juguetes, o la sorpresa y admiración ante la paciencia, la meticulosidad y el derroche de trabajo de sus artífices. Al respecto de esto último, algún aficionado a la psicología comentó también que hay un momento en que, al igual que sucede con el coleccionismo recalcitrante, en el virtuosismo de lo inútil hay síntomas de alguna patología de la mente, y que una exposición de este tipo le parecía poco “sana”.

Lo más normal era decir nada o acaso lo mínimo, un ooh!, un aah!, ¡que bonito! ¿verdad?, ¡cuanto trabajo!, me ha gustado mucho, y poco más. La pasión por el análisis y el debate es cosa de otros tiempos en que no había televisión y las conciencias no estaban tan embotadas y adormecidas; o sea, cuando los hombres no estaban tan sordos.

  Lo cierto es que la exposición de Meccano la ha visto mucha gente, muchísima, cerca de treinta mil personas según datos de la organización, y que un evento así no se puede quedar sin más comentario.

Hombre, ya el hecho de la gran afluencia de público es un tema que por sí mismo mueve a la reflexión. En primer lugar porque deja constancia de que a pesar del Ayuntamiento y otras instancias públicas, todavía hay ciudad, y los sábados y domingos, preferentemente, los ciudadanos salen a la calle a relacionarse con lo poco que la ciudad les ofrezca. Y en segundo lugar, porque la presencia física y el contacto directo siguen siendo vigentes en un mundo dominado por los mediadores, o sea, los “media”. 

Así que algo que ha removido un poco la vida urbana de esta ciudad y que ha motivado la presencia de tanta gente no puede quedar tan pronto en el olvido (como sucede con los productos “mediáticos”) ni se puede despachar con un comentario pueril o despectivo. La intención de las líneas que siguen no es otra que la de aportar nuevos materiales a quienes quisieran enriquecer su experiencia o incluso, se animasen al debate. 

La primera asociación que me vino a la mente cuando contemplé los objetos de Meccano fue la del título del libro de Reyner Banham que he usado para encabezar esta nota: “El diseño en la primera era de la máquina”. Banham, un excelente crítico inglés de arquitectura, escribió este ensayo en los años sesenta cuando, según él, la humanidad ya había entrado en la “segunda era de la máquina”, o sea, la era de la electrónica en el hogar y de los productos químicos sintéticos, de modo que ya era posible hacer historia de la primera.

En ese sentido, pensé, la exposición era, de algún modo, “arqueológica”, nostálgica, y en efecto, buena parte de las piezas aludían a objetos recientes pero ya desaparecidos.

En cualquier caso, una exposición de tales objetos -autobuses, transatlánticos, pozos de petróleo, locomotoras, gruas de contrafuerte, excavadoras de vapor, carrouseles y demás máquinas-, llevada a cabo mediante fotos, maquetas y otros fieles documentos, nunca tendría la fuerza de su representación arquetípica. El éxito del Meccano es precisamente el de haber dado con la esencia del diseño en la primera era de la máquina: en primer lugar, por el uso generalizado del hierro (¿que fuera de contexto quedaba la pieza construida con un Meccano de plástico, no?); en segundo lugar, por la acentuación de las juntas entre las piezas, motivada por la diferente escala entre los tornillos del juguete y los tornillos y roblonados reales; y en tercer lugar por el diseño agujereado de las propias piezas, ya fueran estructurales o de relleno, siempre dispuestas para posibilitar la junta y la reutilización. 

La historia del diseño enseña que en la prehistoria de todo nuevo material, casi siempre éste es utilizado en las mismas formas establecidas por materiales precedentes. Así, los primeros pilares de hierro reproducían las basas, el fuste o los capiteles de los modelos clásicos; o los suelos de plástico aún tratan de imitar las texturas del parquet de madera. Un material entra en su historia cuando encuentra su modo de expresión propio y evoluciona a partir de él.

La primera era de la máquina contiene pues el descubrimiento y desarrollo de la inmensa poética del hierro y el proceso en el que este material se desmarca de la formas tradicionales, sólidas y cerradas, para generar un universo de filigranas estructurales. El puente de Portugalete, dos veces representado en la muestra de Meccano, podría ser el ejemplo más cercano y brillante de esta nueva era de los objetos.

   En ese sentido, el Meccano como juguete nunca traiciona, ni puede traicionar, el nuevo espíritu del hierro, pues incluso cuando algunas de las maquetas pretenden evocar objetos ajenos a su poética, tales como edificios cerrados o animales, unas veces las juntas y otras, el propio diseño simplificado de las piezas, abortan cualquier intento de retorno al pasado.

Pero el efecto más espectacular, el que despierta mayor admiración entre los visitantes, es el movimiento. Ooooh!, Aaaah!, ¡mira!, además ¡se mueven!. ¿Es sólo fascinación infantil?, me pregunto. 

No, en absoluto. El movimiento es la quintaesencia de la construcción en hierro, la consecuencia de la evanescencia del objeto sólido iniciada en una construcción ya desdoblada en estructura y cubrición. El movimiento es el paso siguiente en la desmaterialización (y descomposición) de las formas clásicas.

Además de romper con las formas seculares, el hierro, asociado con el movimiento que le infunden, primero las máquinas de vapor, y luego los motores eléctricos, acaba por quebrar la estaticidad inherente a los objetos.

A poco que sintamos la poética de los objetos de la primera era de la máquina, nos damos cuenta de que la exposición de Meccano contenía algunas de las claves de la evolución del mundo de los objetos durante el siglo XIX y primera mitad del XX.

Y como el mundo de los objetos es expresión de la sociedad humana, aún podemos ver cómo la descomposición de los objetos alude a la inestabilidad social y política que caracteriza a todo el periodo en que se produjo, y cómo el movimiento de los mismos no es sino símbolo de las revoluciones que entonces se vivieron.

Pensemos tan sólo en cómo se cierra este periodo de la historia: el cordón de soldadura sustituye a tornillos y roblones, la chapa se baña en electrolisis y el movimiento de las piezas se esconde siempre bajo carcasas de seguridad. Los objetos recuperan cierta estaticidad, pero sólo aparente.

La segunda era de la máquina, luego llamada también de la “postmodernidad”, en la que la tecnología se viste de moda “high tech”, o la “deconstrucción” usa los viejos recursos formales como una pose estética, es la era de la ocultación y de la falsedad, la del anuncio del fin de la historia y la de la imposibilidad de la revolución.