(La Escuela de Artes y Oficios realiza por costumbre una exposición de profesores cada dos años y otra de alumnos en los años intermedios. Para la de profesores del año 92 titulada “Al desnudo” además de un cuadro me pidieron un texto para el folleto de presentación que me sirvió de escusa para contar algo sobre la educación y la escuela)
Una exposición del quehacer plástico de los profesores de una Escuela de Artes Aplicadas encierra cuando menos una contradicción que es preciso plantear con claridad para que, por lo menos, la contradicción no lleve al equívoco.
Como es sabido, el tajo de la Ilustración divide la historia de la enseñanza en dos grandes capítulos: aquel en el que el discípulo aprende lo que el maestro sabe hacer, y aquel en el que el alumno es instruido en las materias y razonamientos que le imparte no uno, sino una pléyade de profesores diferentes. Y mientras que en el primer modelo, llamémosle medieval, la dependencia entre discípulo y maestro es tal que en ciertas especialidades se llegó incluso a relaciones que se denunciarían hoy como de esclavitud, en el segundo modelo, al que podemos llamar ilustrado, es sólo la razón del profesor y no su status el que establece las condiciones de la relación. En consecuencia, el sentido de las enseñanzas del primer modelo es del tipo “imitativo” y en él, el proceso creativo deviene “evolutivo”, mientras que los procesos creativos del segundo modelo de enseñanza son abiertos y el papel del profesor deviene esencialmente “crítico”.
También es sabido que las Escuelas de Artes Aplicadas nacieron sobre otra evidente paradoja: la de transmitir los oficios medievales en trance de desaparición mediante un modelo educativo ilustrado. La historia de los éxitos, fracasos y evolución de estas escuelas nos llevaría a dilucidar hasta qué punto la esencia de un oficio va ligada a su modo de transmisión.
Lo cierto es que medio siglo después de la creación de las Escuelas de Artes Aplicadas, una escuela alemana, la Bauhaus, tras unos titubeos iniciales de su director, se decidió por fin a resolver la paradoja decantándose por el servicio a la industria, de modo que el diseño, es decir, el “proyecto del objeto”, sustituyera definitivamente al oficio de su producción artesanal. Una escuela de masas, es decir, una escuela ilustrada no puede transmitir oficios, no puede enseñar por imitación y no puede ser ajena a la producción industrial, hija así mismo, de los logros de la edad de la razón. Una escuela de masas, es decir, de profesores y alumnos y no de maestros y discípulos, sólo tiene sentido en la aceptación de la apertura creativa y en la racional utilización del método crítico. Otra historia, otra paradoja, resulta cuando la homogeneidad (o la chifladura) de un profesorado propende a lo que se ha dado en llamar la creación de una “escuela” o una “tendencia”, es decir, cuando los profesores se convierten en misioneros de su propia obra.
En una época como la actual, en que la fragmentación ya no sólo es una garantía del uso de la razón sino más bien un principio de gobierno sobre la sociedad desorganizada (algo así como un revival del famoso “divide y vencerás”), es tan ilusoria cualquier tentación de “crear escuela” que los riesgos de una exposición colectiva de los trabajos de los profesores, son matemáticamente nulos.
Si por otra parte consideramos que la expresión artística de este siglo no es otra cosa que exaltación del subjetivismo, habremos de convenir que la presente exposición no es otra cosa que una fiesta, un acto lúdico más de nuestra particular Roma, una bacanal en la que por seguir los ritos de las fiestas de la decadencia, hay que acabar desnudos y correteando entre las columnas. Un acabar desnudo que, por lo visto, ya no es una sorpresa final, sino algo que se impone desde el propio título de la fiesta.
Expulsados o no admitidos en las grandes francachelas que los consejeros, los ministros y los concejales organizan en los museos y en los salones de sus gobierno, cada uno hace la fiesta donde puede: un bar, una asociación de vecinos, una trastienda, ó hete aquí que en una escuela pública. Las invitaciones en este caso han sido cursadas a los profesores de la escuela, pero simplemente por una variación del programa y no por una intención docente. Mañana los invitados pudieran ser los de la tercera edad, los seminaristas arrepentidos, las amas de casa, los propios alumnos, los magrebíes reinsertados, los fabricantes de figuras para el Belén o cualquier otro colectivo con un mínimo vínculo común que nada tenga que ver con lo que de su imaginación pudiera surgir.
Eso sí, lo bueno que tienen las fiestas es que son abiertas y que aunque casi nunca ocurre nada, cualquier cosa puede ocurrir.
