(Publicado en la Ventana Cultural de LA
RIOJA el 30 de marzo de 1984)
En
los últimos meses el Mercado de Abastos de Logroño está siendo objeto de una
viva polémica ante la reforma o rehabilitación que el Ayuntamiento se propone
efectuar. Aunque el motivo de tales controversias no es otro que la eterna
disputa de intereses entre lo público y lo privado, creo oportuno aprovechar la
ocasión para sacar el debate de la pelea cerrada entre Ayuntamiento y
afectados, y llevarla al terreno más amplio de la discusión teórica y cultural
en el que podamos participar todos los ciudadanos interesados.
El
interés de tal debate es por otra parte más que justificable, pues emana del
propio valor del edificio. Alguien llamó con acierto a los mercados y a las
estaciones de ferrocarril, las catedrales del siglo XIX, y la entidad del de
Logroño creo que lo corrobora.
Elementos
del debate podemos considerar inicialmente cuatro: el proyecto inicial de
Fermín Alamo; la compleja y dilatada historia del edificio con todas sus
reformas; el proyecto de reforma del arquitecto municipal Carlos Lloret; y la
propuesta alternativa de los hermanos Castillón.
Conozco
bastante bien los tres primeros, pues colaboré con Lloret desinteresadamente en
la fase de análisis del edificio e incluso en la de la realización de la
propuesta (aunque públicamente no me ha sido reconocido, puedo asegurar, y
supongo que Lloret no tendrá ningún reparo en admitirlo, que varios elementos
de su propuesta fueron ideas mías). Del proyecto de los Castillón conozco los
criterios básicos que transcribió Montse Ramírez en LA RIOJA, 18 de marzo de
1984 pag. 5, lo que me parece ya suficiente para abrir la discusión.
A
mi juicio, el elemento clave del edificio y el hilo conductor de la historia
del mismo reside en la estructura de hormigón armado que Fermín Alamo eligió en
su proyecto de 1928. Con ella, F. Alamo rompe con la tradición de mercados de
hierro de la última mitad del siglo XIX y comienzos del XX, alejándose en este
sentido de la provisionalidad que las estructura metálicas habían heredado de
los pabellones desmontables de las grandes ferias de muestras de la época.
Por
el contrario, la estructura de hormigón armado le va a permitir desarrollar con
más facilidad un proyecto academicista (no sin ciertas notas expresionistas a
las que Alamo seria pronto proclive) en el que los temas claves volverían a ser
las fachadas, los accesos y la uniformidad del conjunto.
La
supresión de las dos grandes escaleras que desde las puertas de Sagasta y
Martínez Zaporta desembarcaban en las bífidas escalinatas que llevan al piso
superior, dejó colgadas y sin sentido a éstas últimas, iniciándose así la
historia de la descomposición del proyecto académico, que tendrá su última fase
en el diseño autónomo de cada puesto de mercado al margen del modelo unitario
propuesto por Fermín Alamo.
Llegados
a este punto, para cualquiera que haya leído el excelente compendio de
megaestructuras de Reyner Banham (ed. G.Gili 1978) la reflexión es obvia: ¿no
es el mercado la más clara y común de las megaestructuras al uso? En efecto, el
mercado cumple con casi todas las condiciones que una megaestructura exige para
serlo, y sobre todo con aquella de “armazón estructural dentro del que se
pueden construir o «enchufar» unidades menores”. Tampoco es casualidad que la
mayoría de las megaestructuras construidas en el mundo, en las décadas de los
50 y 60, eligieran como soporte el hormigón armado.
Creo
pues que estamos ante un edificio difícil, que en la actualidad está a medio
camino entre el orden cerrado y suntuoso academicista, y entre la
funcionalidad, la variabilidad y modernidad de una megaestructura.
Pero
vayamos ya con los proyectos de reforma. La idea más plausible del proyecto de
Lloret (y esa idea no es mía) es la decidida intención de superponer a la
estructura de hormigón a la vista, el nuevo tinglado de las instalaciones del
edificio, dando ese carácter de “enchufable” a cada puesto que se enganche a
ellas. Lo más débil, creo, es la timidez con que se construyen los ascensores,
como frágiles estructuras casi desmontables, a pesar (o porque le pesa
demasiado) de su valiente ubicación central; o el miedo con que se acometen las
zonas académicas aún conservadas, en particular las zonas de acceso y las
escalinatas a Sagasta y Martínez Zaporta.
En
referencia al proyecto de los hermanos Castillón creo que el concejal Casado
acierta al definirlo como un “lavado de cara”. El criterio de uniformar los
puestos no es sino un frustrante retorno (abocado al fracaso con toda
seguridad) al proyecto académico. Por otro lado, el criterio de no abrir el
acceso a la calle del Peso hace tambalearse la propuesta: no sólo la lógica del
edificio, sino la misma racionalidad urbana y lo atrayente de revitalizar la
calle del Peso, claman por abrir de nuevo esa puerta. Otra cosa es que el
Ayuntamiento no sea lo suficientemente hábil y generoso en la negociación y
búsqueda de una solución a los comerciantes afectados.
El proyecto de reforma del Mercado de Logroño es una obra lo suficientemente importante como para no quedarse en tratamientos tímidos o superficiales. Su supervivencia, su funcionalidad y su fuerte carga simbólica en la ciudad, dependerán de la profundidad y acierto con que se hagan las reflexiones sobre el mismo. Reflexiones a las que espero que ayuden estas líneas.
