domingo, 14 de junio de 2026

PEREZ GALDOS 53

(Otro de mis modestos descubrimientos de arquitectura en Logroño. Lo publiqué en el n. 6 de la revista Logroño Ciudad, marzo 1986)

No creo que sea exigible a los edificios de viviendas ser obras de arte (al menos en el sentido tradicional de la palabra). El tejido residencial de una ciudad debe ser eso, tejido: una trama homogénea, continua, sólida, sin elementos destacables, sin rupturas discordantes. Sert empezó a verlo así hacia el año 48, dando un giro notable a las propuestas racionalistas de los CIAM. El elemento clave y estructural de una ciudad no serán ya las grandes arterias de tráfico o los espacios verdes entre bloques, sino esa trama compacta de edificios de viviendas que bautizará como el “tapiz urbano”. Un tapiz en el que, para que todas las piezas encajen, es contraproducente que destaque excesivamente alguna.

Creo que es exigible por tanto a los edificios de viviendas, no el arte que les pudieron exigir los burgueses modernistas a sus arquitectos sino, por el contrario, la moderación, el rigor, el orden o la racionalidad de quien se sabe pieza de un todo. Con ello se vuelve de alguna manera al modo tradicional o intemporal de construir la ciudad (Alexander 79), a la configuración, con otros medios, de las tramas urbanas históricas y populares.

Para que los arquitectos acepten eso hace falta mucha modestia. Pocos suelen renunciar a la singularidad de sus obras: en las escuelas de arquitectura les prepararon (les siguen preparando) para ser “artistas”.

Rafael Gil Albarellos, arquitecto logroñés cercano ya a la jubilación, es uno de esos arquitectos que en sus viviendas ha puesto por lo común más oficio que arte, más profesionalidad constructiva que gestualidad artificiosa. No faltará quien diga que ello es porque no ha sabido hacer otra cosa, porque no ha sido capaz de hacer de los edificios de viviendas algo más que anodina construcción. Pero a quien así piense, el edificio de Pérez Galdós 53, esquina Chile, le demostrará todo lo contrario. Como también se lo podrán demostrar otras obras del autor, quizás no tan brillantes como ésta, pero en cualquier caso no faltas de interés, tales como el edificio de Sindicatos, las viviendas de los militares de la Gran Vía n. 20 y 22, -cuyas sobrias fachadas contrastan favorablemente con el provincianismo hortera de nuevos ricos tan común en la calle; la casa n. 12 del Muro de la Mata, -en la línea de la mejor arquitectura del Gutierrez Soto de postguerra, o de la de Aguinaga en Bilbao; el Colegio de los Alemanes, las viviendas de la O.S.H. en Quel, o los grupos de los 25 años de Paz. 

Con todo, la casa de Pérez Galdos 53 (que por cierto, al igual que el edificio de Magisterio que comentamos en el n. 3 de Logroño Ciudad, tampoco está en la Guía de Arquitectura de Logroño de García-Pozuelo y Elena Hernández) destaca, a mi juicio, sobre todas ellas. Dos son sus principales puntos de interés. En primer lugar, la elegante composición de la fachada, en la que el juego compositivo de la simetría del plano principal con la esquina a la calle Chile, es realmente feliz; y en segundo lugar, el planteamiento urbanístico del edificio. Empezaremos por lo segundo.

En el año 57, fecha de proyecto de nuestro edificio, Gil Albarellos se vuelve a plantear el viejo problema racionalista de introducir bloques abiertos en los ensanches fin de siglo. Su propuesta es la de adaptarse mediante Tes, eLes y Ues de doble crujía, a la línea de las viejas calles. El fracaso siempre acompaña a quienes desde una parcela o una arquitectura pretenden resolver un problema urbano más grande, pero el mero intento testimonial de llevar adelante tales propuestas, siempre será elogiable. La T dejada en la esquina de esta manzana será un hito olvidado, aunque irónicamente, los avatares de la zona la hayan acabado por dejar casi libre de edificación a su alrededor.

Con todo, el planteamiento urbanístico es tímido, y lo mejor del proyecto está sin duda en la fachada principal. Compuesta desde la simetría en cuanto a volúmenes (el total, el de la escalera y el de las chimeneas) y huecos (ventanas y ventanucos domésticos, mostrados con toda la sinceridad de sus usos), la simetría se rompe bruscamente mediante el rotundo tratamiento superficial a dos caras, en ladrillo y gresite, y el juego del balcón que da la vuelta. Pocas veces tenemos ocasión en Logroño de asistir a un ejercicio de composición tan valiente y tan bien resuelto.

A los edificios de viviendas, decía al principio, no se les debe exigir que sean obras de arte, pero de vez en cuando se agradece encontrar en ellos alguna belleza. Y creo que éste es el caso.