(Remitido a publicaciones de ámbito nacional, al final sólo conseguí hacerlo público en la revista Calle Mayor n. 7. Lo escribí en marzo de 1983 al poco de su muerte)
Dice una consigna guerrillera que no es mejor el que hace una revolución, sino el que hace dos, tres, ..., o todas las que sean precisas en el lapso de una vida. Sert, por ejemplo, es de los que hizo más de una.
El movimiento moderno y Sert
La historia de la arquitectura del presente siglo parece estar hecha de revoluciones y de vanguardias revolucionarias. Creo yo que algunas son auténticas, otras se llaman así pero lo que es revolucionar no revolucionan nada, y por último hay otras, que sin considerarse como tales significan, sin embargo, un gran paso adelante en la historia.
En el arte y la arquitectura, no sé muy bien por qué, a las revoluciones se les llaman “movimientos” y, sin duda, el más importante de cuantos se realizaron en este siglo fué el llamado “movimiento moderno”.
Lo más característico de las revoluciones puede sintetizarse así: ciertos elementos constitutivos de nuestra realidad (por ejemplo las técnicas) han realizado un gran avance, mientras que otros (los gustos, la estética) siguen anclados en formas y cánones arcáicos. Llega un momento en que la contradicción se hace insostenible y un grupo de individuos, -los más sensibles o los más valientes-, hacen saltar con virulencia la contradicción enarbolando la bandera revolucionaria. Tales individuos, se dice, constituyen una vanguardia, -ya que se supone que si la revolución tiene éxito, otros muchos irán detrás.
En el panorama arquitectónico europeo algo así sucede al concluir la Primera Guerra Mundial: ¿cómo aceptar el reconstruir las ciudades destruidas por un gran potencial bélico y tecnológico a base de esculpir capiteles y trazar arcos como hace veinte siglos?. En esas circunstancias surgieron los arquitectos vanguardistas y su revolución.
Josep Lluis Sert empezaba por entonces a estudiar la carrera en Barcelona y para cuando la acabó, hacia el final de los años veinte, había conseguido ya, junto con otros compañeros, montar la vanguardia española, el GATEPAC: Grupo de Arquitectos y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea (no fue mucho esta vez el retraso de España respecto a Europa). Su labor y sus frutos son ampliamente conocidos: el racionalismo, la arquitectura funcional, el estilo internacional, el urbanismo de los CIAM, etc.
Pero cuando en 1975, en el Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos de Madrid, compareció Sert en la tribuna de oradores, lo primero que dijo fué que había sentido gran tristeza al entrar en Madrid (me imagino la imagen que debía recordar de la Castellana de los años 30) y ver que por su arquitectura y urbanismo podía tratarse de cualquier otra ciudad del mundo.
O todos los congresistas estaban dormidos o allí todos sabían de qué iba la cosa menos yo, que no pude por menos de revolverme en mi asiento: ¿pero qué dice el revolucionario del estilo internacinal?, ¿no eran los grandes bloques y las aisladas arterias de tráfico dentro de la ciudad lo que postulabais?. Me relajé pensando que el viejo vanguardista chocheaba.
Así las cosas, desde entonces a esta parte no me había ocupado más del arquitecto catalán hasta recibir hace pocos días la noticia de su fallecimiento. La muerte invita a la reflexión y yo no me he sustraído a ella, así que estos días he estudiado la obra de Sert. Y para mi sorpresa, no sólo he encontrado los eslabones que faltaban entre el Sert del GATEPAC y el de la UIA, sino que además he constatado la extraordinaria importancia de las propuestas de Sert en la segunda parte de su vida hasta el punto de que me he sentido motivado a escribir las presentes notas.
Del movimiento moderno a la esencia histórica de la ciudad
El problema de los revolucionarios o de las vanguardias, acostumbra a ser siempre el mismo: la fuerza con que se impulsaron inicialmente los catapulta a posteriori más allá de la realidad de la que partieron hacia la construcción de una doctrina, hacia el carácter hermético de unos dogmas.
Doctrinas y dogmas que pronto se convierten en abstracciones insostenibles y en actitudes elitistas (Tom Wolfe se ha aprovechado bien de ello en su reciente “Quien teme al Bauhaus feroz”, ed. Anagrama), que nos permiten decir también en arquitectura aquello de que la revolución se traga siempre a los verdaderos revolucionarios.
Pero bien las circunstancias en que vivió, o bien su astucia e inteligencia, le hicieron a Sert, sin embargo, escapar del ensimismamiento y de la vorágine. Dos revoluciones más hizo nuestro arquitecto. Una, bastante conocida, de esas que digo que lo que es revolucionar no revolucionan mucho: la que se suele designar con el extraño nombre del “diseño urbano”; y otra, que habiendo pasado en general desapercibida entiendo que tiene una importancia capital: me refiero a la que tiene su origen en el proyecto para la nueva ciudad de Chimbote en Perú de 1948, en el que vuelve a proponer como elemento estructural de configuración de la ciudad no las grandes arterias de tráfico o los amplios espacios verdes entre bloques sino esa trama compacta de viviendas de una, dos, o tres plantas que Sert llamará “el tapiz urbano”.
“El modelo del tapiz urbano se deriva de una atenta observación de la tipología rural vernácula y de los procesos espontáneos de asentamientos marginales en la periferia de las urbes (...), y debe considerarse como el punto de partida de una larga serie de proyectos, desde los planes de Candilis y Woods para el Africa francesa hasta los más recientes de Alexander para el Banco de la Vivienda de Perú” (Josep Lluis Sert, por Jaume Freixa, ed GG).
Dicha concepción aparece de nuevo en la propuesta ganadora del concurso Actur de Lacua en Vitoria de Manuel Solá-Morales y Rafael Moneo de 1977, que recoge en forma de proyecto buena parte de las enseñanzas que el primero de ellos impartiera desde su cátedra de Urbanística en Barcelona a comienzos de los setenta, en el sentido de recuperar las virtudes de las urbanizaciones marginales y suburbanas frente a los modelos oficiales del urbanismo al uso.
Pues bien, creo que es preciso seguir insistiendo en esa dirección, tanto por lo poco divulgada y experimentada, como porque aún seguimos padeciendo numerosas propuestas generales o parciales del caduco “urbanismo moderno”, cuando no de su más espúrea degeneración: las composiciones barrocas a base de bloques, arterias de tráfico y espacios libres.
Tres argumentos sobre el tapiz urbano
La profundidad de la idea del “tapiz urbano”, la riqueza de sugerencias que nos ofrece, y la actualidad de la misma, se pueden apreciar, en síntesis, desde los siguientes tres argumentos:
1) La apertura de la posibilidad de volver a la diferenciación regional de las arquitecturas y las tramas urbanas frente al urbanismo homogeneizador del automóvil y la arquitectura de superposición-repetición. Aquel lamento de Sert en Madrid sigue siendo actual y debe seguir resonando en nuestros oídos.
2) Hacer posible por una vía más prometedora un nuevo desarrollo de la prefabricación y la industrialización en la construcción, cerrando la página de los ambiciosos pero sórdidos programas de hacer casas como automóviles, tal como lo expone Richard Bender en “Una visión de la Construcción Industrializada” ed GG. Posibilidad que se abre, -según señala este autor-, dentro de una estructura espacial dispersa y en el contexto de un sistema de kits y “hágaselo Vd. mismo” que conectaría con el punto 6º del “Código Internacional del Hábitat Humano” que Sert propusiera en Vancouver en 1974: equilibrio entre tecnología avanzada y métodos tradicionales; y
3) Volver a entender la ciudad y el urbanismo en su dimensión temporal y no como un producto de consumo “disfrute-Vd-hoy-mismo-su-ciudad-recién-acabada-ayer” tal y como lo entendía también el jurado del concurso del Actur de Lacua: “es a partir del tejido residencial desde el que se darán las sucesivas actuaciones que den origen a un desarrollo urbano pleno” (rev. Arquitectura n. 209).
Así que, al fin, la recuperación de uno de los más importantes elementos constitutivos y configuradores de una ciudad, su historia, es el considerable mérito de un hombre como Sert que había, sin embargo, participado anteriormente en la vanguardia de esa revolución iconoclasta de la historia llamada movimiento moderno.
