domingo, 14 de junio de 2026

TIERRAS Y ARGUMENTOS: Exposición de pintura de Blanca Navas

            (Mi trabajo docente como interprete de diseños y composiciones está completamente inédito; así que este apunte sobre la obra de una alumna expone bastante bien mi manera de trabajar y anticipa lo que algún día escribiré detalladamente. Fue publicado en el Imagina de La Rioja, el 16 de septiembre de 1995)



Puestos a pensar por qué los hijos (o los alumnos) se dedican a hacer lo contrario de lo que les enseñamos los padres (o los profesores), se me ocurre que es por cumplir una ley de rango superior, con la que el destino equilibra o corrige nuestra locura de padres (y de profesores).

Así Blanca Navas, alumna de la Escuela de Artes y Oficios, a la que nada más entrar en el aula traté de enseñarle que el “arte” no es ya más que un rictus snob, un gesto banal, una anticualla o una actitud -como tantas otras-, con la que escapar del pensamiento y de la búsqueda de racionalidad. 

Y para demostrarle a ella y a todos sus compañeros de aquel curso de 1990 (y de todos los cursos que han seguido después) que lo que yo decía era cierto, diseccionábamos un día sí y otro también, cada una de las imágenes que ellos creaban, atendiendo a sus formas, a sus texturas, a sus colores, a sus materiales, a sus proporciones y, finalmente, a su composición. Y una y otra vez, insistía desde la pizarra que el “me gusta” o el “¡qué bonito!”, no tienen nada que ver con la obra, sino con el que enuncia el juicio: que ese tipo de juicios y valoraciones tan frecuentes en el mundillo artístico, contribuyen tan sólo a mostrar una toma de posiciones personales y no al esclarecimiento de la obra y de su verdad.

Ahora, sin embargo, cuando mi ex alumna Blanca Navas compone sus creaciones en el sótano del Ayuntamiento, me veo mucho más llamado a expresar la satisfacción y la alegría que su contemplación me produjo que a hacer una disección académica. O acaso, a hacer una mezcla de ambas. Veamos. 

De entrada, y ya desde la escalera por la que se accede al sótano, uno siente al echar un vistazo a la exposición toda (eso que tiene de bueno el acceso a distinto nivel), la temperatura del color de la tierra; algo así como cuando bajamos a una bodega excavada en nuestras areniscas. E incluso, desde la puerta, ya constatamos que las tierras que nos ofrece Blanca, no son las del modelado de formas con que tanto ha trabajado el mundo del arte y especialmente el de la escultura, sino que las hallamos en su propia esencialidad de textura.

Ahora bien, ya en el interior, y mirando más atentamente, descubrimos algo así como una secuencia de tres capítulos ordenados según los tres lados de la sala triangular: en primer lugar están las texturas puras, obtenidas sobre el lienzo mediante el mecanismo (igualmente texturizador) de la lluvia. Bien. Un buen trabajo de curso, me dice mi ordenador mental de profesor. Doblando el rincón, cuatro piezas parecen buscar la geometría, y sirven de transición al segundo estadio: el de unas sorprendentes texturas amenazadas por unos elementos metálicos que, si bien aislados, acaban por dejar sobre las telas unas indolentes huellas de su geometría. Forma contra textura, racionalidad sobre lo orgánico, huella, dominio, e incluso violación cuando la geometría se hace tan agresiva como en la línea espiral.

El final de esta secuencia es una pieza emocionantemente serena situada en el lugar más recóndito de la sala, justo detrás de la escalera. La forma se serena y simplifica, y dialoga con la textura. Configura en ella un punto de encuentro diríase que sacramental, sagrado.

Ante tanta claridad expositiva, las limaduras del centro de la sala y la escultura que coloca en medio, no las entiendo muy bien, como tampoco entiendo la escultura de la entrada, aunque me parezca muy bonita. Pero eso, como decía antes, es quizás mi problema y no el de la obra. Acaso todo esto que yo aquí cuento les parezca a otros una historia mía muy ajena a la exposición de Blanca, y quizás esos otros, en paralelo o por el contrario, inventen otras historias que desconozco o se queden prendados de la piezas que a mí me parecen prescindibles. 

Estaríamos entonces ante esos “misterios del arte” que me desacreditan a mí como profesor y que hacen de Blanca Navas una muy interesante artista.