Mostrando entradas con la etiqueta peatonalizaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta peatonalizaciones. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de junio de 2026

EL CAPRICHITO

             (Publicado en La Voz de La Rioja el 30 de octubre de 1993) 


calle Calvo Sotelo entre Juan XXIII y Capitán Cortés

            El grupo Sainz/Salarrullana-Alvarez ha organizado para este otoño un simulacro de consulta popular con exposiciones, conferencias y encuestas sobre el último de sus caprichitos urbanos: el proyecto de medio peatonalizar la calle Calvo Sotelo y aledañas. Digo simulacro porque absolutamente todos cuantos participemos o nos neguemos a participar sabemos de antemano que el caprichito será llevado a cabo en los próximos meses; pues de lo contrario, el grupo Sainz/Salarrullana-Alvarez tendría que dimitir inexorablemente -a menos que su escasa vergüenza les permitiera seguir gobernando contra la voluntad de los consultados; o a menos que creyeran que gobernar es precisamente andar consultando a los ciudadanos y que el Ayuntamiento es una casa de encuestas (que también entra dentro de lo posible).

            Por lo general la conciencia nos remuerde cuando nuestros actos no están guiados por la necesidad o por las creencias, es decir, cuando lo que nos proponemos realizar es exactamente lo dicho más arriba: un caprichito. Acudimos entonces a un amigo, a poder ser más veleidoso que nosotros, para que nos diga: “hombre, no seas tan estrecho; gástate unos duros que la vida son cuatro días; que parece un capricho, pero luego verás que es muy útil; y además siempre es una inversión recuperable, etc. etc.”. Y si no encontramos al amigo pues entonces nos decimos a nosotros mismos (como Salarrullana allá donde pone la pluma) que el mundo se ha movido gracias a los innovadores, que hay que echarse para adelante, y que además soy buenísima eligiendo farolas, y alegría, alegría.

            Llevan tiempo los políticos y los constructores tomando la ciudad por su finca de recreo o negocio, y los vecinos, sabedores de ello, en vez de reivindicarla la van abandonando: unos a la Carretera de Soria, otros al piso más alto posible, otros cada fin de semana a su pueblo de origen o a su particular “finca de recreo”, y los que no pueden irse, o se refugian en la calle Mayor a ahogar sus penas en alcohol (y otras pócimas) o se electrocutan mentalmente en su propia casa con la televisión. Digo yo: ¿qué les importará a todos ellos el juego de color de los adoquines que han elegido Sainz/Salarrullana-Alvarez?

            La historia de la Ciudad ha contemplado infinidad de episodios de gentes que la negaron en busca de la paz interior. No hay que engañarse con discursos nostálgicos, la Ciudad siempre ha sido tráfago y falsificación, astucia y sofística, es decir, dominio de la “exterioridad”. Oposición a la Ciudad es la Casa, refugio de la Interioridad, eje del mundo de cada cual, tálamo y secreto. Mas la Casa ya no está en la Ciudad porque la Casa ha sido invadida electrónicamente por una Ciudad que a su vez ha desaparecido de las Calles, invadidas por la motorización. La diferencia con otros episodios de la historia es que 1º) la actual huida de la ciudad no lo es en busca de una “paz interior”, sino de una “paz exterior”: fuera de la Ciudad se busca la Casa, pero también la Ciudad, es decir, la relación exterior normalizada, la buena vecindad; y 2º) que las ruinas de la ciudad no sólo han dejado de ser escenario de la exterioridad, es decir, lugar de representación de todos y cada uno de los estamentos humanos sino que, efectivamente, han sido objeto de apropiación absoluta por parte de políticos y constructores.

            Sin embargo, personalmente, considero que la huida (mi posible huida) es un fracaso y que mis ojos, a pesar de mis deseos, no pueden dejar de mirar la ciudad en la que vivo. Veo, eso sí, que no es “mi” ciudad, sino la finca de recreo de Sainz/Salarrullana-Alvarez y en consecuencia, consciente de que me la han robado, me niego a opinar sobre el buen gusto de la elección de las jardineras con la cortesía propia de quien visita como invitado una finca de recreo.

            Y es más, si insisten en preguntarme mi opinión sobre la desmotorización de ese grupo de calles, es posible que les suelte un insulto, porque yo vivo en la calle Duquesa de la Vistoria entre Colón y Juan XXIII, es decir, una carretera-garaje que lo será aún más por culpa de la desmotorización de las de al lado. Y si todavía les quedan ganas de preguntarme  qué hacer con el dinero que tienen, les aconsejaré que lo repartan entre los portales de la zona en cuestión: hagan cuentas Vds., casi cuatrocientos millones a repartir entre menos de cien portales. Quien sabe, el año que viene nos puede tocar a los de nuestra calle.

            Al fin y al cabo no es peor un Ayuntamiento convertido en Casa de Lotería que en Casa de Encuestas.  



POLÍTICOS, COCHES Y ADOQUINES

             (Publicado en La Voz de La Rioja el 14 de noviembre de 1993)


calle Juan XXIII

            La torpeza del grupo Sainz/Salarrullana-Alvarez no debería hacer perder la razón a la ciudad. Las tonterías que dicen para defender el proyecto de la medio peatonalización de la zona de Calvo Sotelo están siendo contestadas por parte de la ciudadanía con parecidas tonterías, y eso sí que es grave. Está mal que los Sainz/Salarrullana-Alvarez se tomen la ciudad como su finca de recreo, pero es muchísimo peor, muchísimo más preocupante, el oir ciertas sandeces en boca de los vecinos y opositores al proyecto: ello nos podría hacer perder la esperanza de que hubiera algo mejor para Logroño que los Sainz/Salarrullana-Alvarez.

            Por ejemplo, el más oído y el peor de los argumentos que se esgrimen en contra del proyecto del Ayuntamiento es que “se suprimen plazas de aparcamiento en la calle”. A estas alturas del debate sobre el problema del tráfico viario en las ciudades da casi vergüenza rebatir públicamente este argumento, pero vista la virulencia con que las gentes de la calle lo esgrimen, no queda más remedio que hacerlo.

            La carencia de espacios para el aparcamiento de vehículos es producto de una mala política de aparcamientos, es decir, de la no previsión de espacios para guardar los coches en una sociedad altamente motorizada. Como consecuencia de esa falta de previsión, los coches han tenido que ser dejados en la calle durante un par de décadas, lo que ha traído como consecuencias: 1) colapsar el fluir de los vehículos negando un espacio propio para el transporte público y haciendo peligrosa la circulación de vehículos lentos tales como carruajes y bibicletas; 2) impedir una buena relación de carga y descarga entre los vehículos y las casas; y 3) estrechar las aceras hasta límites intolerables, arrancando los árboles que allí había y haciendo incómodo o imposible todo “estar” en la calle. Así que reivindicar como buena y deseable esta situación chapucera hace daño a los oídos y a la razón. Pedir más plazas de aparcamientos en las calles es aplaudir a Sainz, que fue el causante hace muy pocos años del destrozo de las aceras de Avenida de Colón, y estar del lado de Salarrullana y Dorado, que han estado un buen tiempo de su mandato buscando cómo sacar más plazas de aparcamiento en la vía pública.

            Los coches no deben dejarse jamás en la calle pública porque ¡son privados!. Antiguamente existía en muchos municipios la ordenanza de prohibición de dejar los carruajes en la calle. El impuesto de circulación de vehículos es correcto en su denominación porque se refiere a la “circulación” y no al “estacionamiento”. Sin embargo, el impuesto sobre “vados” es en este sentido el impuesto más ridículo que existe: se grava a aquel que retira su coche de la vía pública guardándolo en el interior de las casas, y se premia al que ocupa indefinidamente la calle. Es increíble que nadie hasta ahora lo haya cuestionado.

            Cierto que el Ayuntamiento de Logroño ha iniciado últimamente una cierta política de aparcamientos públicos fuera de la vía pública, pero no menos cierto es que lo ha hecho de la manera más cara (sistema de subterráneos) y peor administrada. La lamentable imagen del aparcamiento del propio Ayuntamiento es todo un símbolo.

            Pero la política más torpe es siempre la del todo o nada, que es lo mismo que decir la “no política”. Contra el caos circulatorio general, peatonalización, y encima parcial: sólo allí donde al alcalde/alcaldesa les guste. Pero una peatonalización puntual no es otra cosa que una redefinición del tamaño de las manzanas. Es preciso recordar al respecto los debates habidos en la década de los setenta para reorganizar la trama Cerdá en Barcelona habilitando espacios peatonales dentro de unas supermanzanas formadas por nueve de las antiguas manzanas, y cómo fueron desestimados por la tremenda sobrecarga de tráfico que suponían para las calles de borde dada la alta densidad de usos de las manzanas existentes. En el caso de Logroño pasa que, en primer lugar, el plan de peatonalización propuesto no es un plan general de reorganización de la trama de Logroño, sino un caprichito puntual; y en segundo lugar, que la densidad de usos de las manzanas incluidas en la nueva supermanzana es también altísima, mientras que la capacidad del viario de borde es muy inferior a cualquiera de las calles del Ensanche barcelonés.

            Y más cosas. El adoquinado y el mobiliario propuesto en el proyecto se opone también a un régimen de peatonalización temporal que impidiera la desolación en que suelen caer estos lugares cuando cierra el comercio. La creación de aparcamientos públicos y baratos es difícil pero no imposible: ahí está el Mercado del Corregidor como posible edificio garaje, o los talleres de la Imprenta Moderna con que se estaba en tratos hace un tiempo, y si me apuran, hasta la posibilidad de un subterráneo negociado con los Maristas.

            Otros muchos argumentos mal expuestos podrían ser contestados adecuadamente con más espacio. Pero seamos serios y no mezclemos temas, porque lo que es ya incontestable, por ridículo e inaudito, es que nuestro alcalde vaya a La Coruña a mendigar dinero al Estado, y aquí se lo regale “a espuertas” y para caprichos, a la concejala que le arrima el sillón. 

            



UN JARDÍN ARRASADO

            (Publicado en el diario La Rioja en mayo de 1994) 


calle Calvo Sotelo

            Hasta hoy, día 23 de mayo de 1994, en que escribo compungido estas líneas, el patio de la manzana comprendida entre las calles Duquesa de la Victoria, Juan XXIII, Calvo Sotelo y avenida de Colón tenía en su interior, a la altura del número 18 de Duquesa de la Victoria, un pequeño jardín con media docena de árboles, una exótica palmera, un columpio, un banco, un alto seto y un buen regado cesped.

            Era, a pesar de su pequeñez y privacidad de uso, un balón de oxígeno, un débil rayo de vida inmerso entre toneladas y toneladas de cemento. A través del brote, del brillo, del verdor y del enrojecimiento estacional de las hojas de esa media docena de árboles, los cientos de ventanas que se abren al patio de esa manzana, podían contemplar, aunque mínimamente y con dificultades, el eterno espectáculo de la naturaleza. Hasta este mes de mayo, esos cientos de ventanas tenían todavía un hilo de vida en sus cristales. Hoy se ha apagado para siempre. La codicia de los dueños del jardín y la estupidez del Ayuntamiento se han aliado en su destrucción. La dinámica de la tonta peatonalización de Salarrullana ha llegado hasta él: las palas acaban de dar sus últimas dentelladas al último de los árboles del jardín ante la impotencia y la tristeza de los rostros que se han ido asomando a las ventanas. Plazas de garajes ocuparán su lugar.

            Se desenmascara así la mentira sobre la que está construida la peatonalización de las calles Calvo Sotelo y adyacentes: no es cierto que la ciudad se haga más humana y más habitable, como dicen desde el Ayuntamiento una y otra vez Sainz y Salarrullana, -sin olvidar esta vez al ecologista Alvarez que dió su voto decisivo y de quien me acuerdo especialmente en estos momentos en que veo como la pala vapulea los troncos y ramas caídas-; es falso que Logroño deja de ser una ciudad motorizada y un almacén de coches porque se peatonalicen cuatro calles. Hay que ser muy ciego y muy tonto para creerse esas mentiras; y ya no digo lo que hay que ser para decirlas... Lo cierto, y la destrucción del jardín es una pequeña pero significativa muestra, es que el flujo de esas calles y el almacén de coches de esas calles se traslada a las calles adyacentes, degradándolas y convirtiéndolas en calles de servicio de las anteriores.

            Ver el frente del Cículo Logroñés tristemente transformado en una zona de carga y descarga, y ver las calles Duquesa de la Victoria, Jorge Vigón y Juan XXIII (en el tramo de la glorieta del doctor Zubía) convertidas en densos aparcamientos de la supermanzana de marras, es un espectáculo denigrante que refleja que la peatonalización no es sino una acción de desequilibrio entre calles. Por no hablar de zonas más alejadas que también han pagado la factura, como la calle Capitán Gaona, o como el paseo de Dax, que se había convertido en una alegre estación de autobuses ocasional y que ha sido cercenada para meter más coches aparcados. Por no hablar también, del desequilibrio de tráfico que ha entorpedido notablemente la fluidez de los semáforos de Duquesa de la Victoria con Muro del Carmen y Jorge Vigón con Avenida de Colón.

            La peatonalización tiene una cara y una cruz (algo así como el diseño de la calle Juan XXIII en el tramo entre Duquesa de la Victoria y Calvo Sotelo: un diseño tan ridículo, por cierto, que hay quien la llama la calle del apartheid: carril blancos/carril negros). El aparato propagandístico del Ayuntamiento insiste tanto en el lado bonito de su proyecto que incluso he oído a gente inteligente pronunciarse favorablemente sobre las obras de peatonalización. Es obvio que la cultura urbana está bajo mínimos, que el interés por recuperar las calles de esta ciudad como lugar de vida, encuentro y representación, es nulo, y que lo único para lo que se quieren las calles es para huir de Logroño lo más rápida y cómodamente posible, o sea, en coche. Pero de ahí a que no seamos capaces de ver como quedan las otras calles, o de ahí a que la inteligencia claudique entre el todo o nada que las peatonalizaciones proponen, va un abismo.

            Y tal como les cuento, con el corazón compungido, ciertamente, -porque mi ventana es una entre el ciento de ventanas que dan a ese patio de manzana-, la ausencia de inteligencia pública, aliada a una codicia particular, la han pagado hoy un jardín y una manzana entera. El jardín es ya irrecuperable; pero a ver si por lo menos, diciéndolo públicamente, no nos volvemos todos tontos.