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domingo, 14 de junio de 2026

A CORAZÓN ABIERTO

           (Publicado en el diario LA RIOJA el 31 de octubre de 1996  fué objeto del Premio Nacional Gabino Jiménez de Artículos sobre Urbanismo convocado por la Consejería de Urbanismo de la Comunidad Autónoma de Canarias 1996)



            Esta ciudad está enferma, pero no del corazón. Jose Luis Bermejo y su gobierno municipal del Partido Popular quieren sanarla, como antes lo hicieran Pilar Salarrullana y Manuel Sainz, pero se equivoca igualmente en el diágnostico y en el tratamiento. No es el corazón lo que está enfermo ni es la cirujía el remedio. Pero ya se sabe, la popularidad va ligada al sensacionalismo y nada llama más la atención del público que los asuntos del corazón.

             Pero dejémonos de metáforas y vayamos con los hechos. El Sr. Alcalde ha decidido que hay que “intervenir” en el Espolón (perdón por volver tan pronto a la metáfora) y que hay que hacerlo sumando los métodos de Marín en las aceras -materiales “modernos” y epatantes-, de Sainz en la glorieta del doctor Zubía -cambiarlo todo para que nada cambie-, y de Salarrullana en sus famosas calles, -peatonalizar a toda costa y sea como sea. Bermejo tiene tan buenas intenciones como Marín, como Sainz o Salarrullana, pero de buenas intenciones, como dice nuestro refrán, está empedrado el infierno.

            Tengo de esta ciudad siempre presente una “radiografía” general (perdón de nuevo por insistir) de Julio Caro Baroja, que dice que este país era hace cuarenta años una tierra pobre pero hermosa y que, sin embargo, a medida que se enriquecía, se iba poco a poco convirtiendo en uno de los lugares más feos y vulgares de Europa. Marín dió en quitar de nuestras aceras ese sencillo, cómodo y versátil embreado que emparentaba nuestra ciudad con París (¡allí todavía siguen de asfalto!) y se dedicó a poner poco a poco baldosas caras por las aceras para que, cuando menos, luciesen todas como el Paseo de las Ramblas de Barcelona. El aplauso de la ciudad fué unánime y si no hubiera sido por la crisis de UCD es posible que todavía le tuvieramos de alcalde. Logroño empezaba a ser rica pero no dejaba de ser pueblerina, y esa fatal combinación es, como todos sabemos, el origen de las expresiones “snob”, “paleto”,“hortera” o “nuevo rico”. 

            Los socialistas hicieron doctrina del éxito de Marín y a la ciudad le importó un bledo que se cargasen las amplias aceras de la Avenida de Colón siempre y cuando pusieran en el trocito que quedaba, baldosas de las caras. Año tras año se fueron reenlosando nuestras calles y plazas con tal lujo y variedad de piezas que pasear por Logroño se ha convertido, a la postre, en un completo recorrido por el muestrario nacional -¡y hasta internacional!-, de adoquines, losas, bordillos, y baldosas.

            Extenuado el modelo socialista, y no precisamente por la teoría del adoquín y la losa del hormigón estampado, Bermejo se ha encontrado con que sólo le quedaban dos plazas en Logroño por embaldosar: la del propio Ayuntamiento y la del Espolón. Con la del Ayuntamiento no se ha atrevido porque la hizo un arquitecto divinizado y ya puede hundirse o ser más fea que un pecado, que los lugares tocados por el dedo del arte son tan sagrados para los políticos como la propia doctrina de las losas de colores, y más vale no meterse con ellos. Así que ha dicho: ¡a por el Espolón!.

            La ocasión la pintaban calva porque nada más llegado al cargo le acababan de enmarmolar (o engranitar) de verde y rosa, los zócalos de la Concha y la peana de Espartero. ¡Pero hombre!, -ha debido preguntarse-, ¿cómo permitir que aún pisemos las humildes y anónimas baldosas hidráulicas hexagonales o las aún más rústicas losetas de hormigón lavado cuando a Espartero y a los turistas les ponen piedra de calidad?. Nada, nada, ¡a enlosar!. Y si se tercia, pues a peatonalizar algo, lo que sea, que eso sí que es poner losas y adoquines en cantidad.

            Como ya hicera Sainz en la Glorieta del Doctor Zubía y los jardines del Instituto, se respeta la actual distribución de zonas, porque cualquier modificación en ese sentido no da ninguna garantía y, abundando en el método, si fuera poco el poner suelos recios, allá van también las farolas fernandinas y los bancos imperio que eso a todo el mundo le gusta porque queda muy antiguo y da mucho empaque.

            En la sugerencia que hace unos días redactara para el Colegio de Arquitectos, recogía una cita de Paul Valery para advertir al Ayuntamiento que éste era uno de esos casos en los que, según el poeta,“lo más profundo es la piel”.  Pero como veo que no surte efecto y no me van a hacer caso, no ya Bermejo, el Ayuntamiento, ni los ciudadanos, sino incluso mis propios compañeros arquitectos en el ayuntamiento, sean concejales o funcionarios;  como creo que este asunto de las baldosas es una guerra perdida porque aún no ha llegado ese punto histórico de inflexión en que este país quiera recuperar la sencillez, y a través de la sencillez, la belleza; dejo atrás mis análisis y diagnósticos y opongo mi corazón dolido a ese corazón de nuestra ciudad pronto a “intervenir”.

             Y digo: acepto que se peatonalice y que se repavimente, que se pongan farolas regias y bancos imperios; cedo a la democracia de los votos frente a los argumentos de la razón; me olvido de las normas compositivas y de mi invocación a la sencillez; acato el veredicto de que esto y no otra cosa es lo que se merece Logroño y los logroñeses; admito incluso la posibilidad de que la plaza de El Espolón por ser un lugar tan especial en sus dimensiones, ubicación y arbolado, consiga aguantar el envite que ahora se le quiere hacer, como ha aguantado a la reforma de la fuente del Espartero, al maquillaje tecnológico de la Concha o a las farolas con ojos de sapo que se pusieron hace un par de años. Cedo en todo y no daré mas guerra al Ayuntamiento y a los logroñeses en este asunto si por lo menos consigo salvar un metro cuadrado en el que el corazón de Logroño coincide con mi corazón. Esto es, pido solemnemente al Ayuntamiento de Logroño y a los logroñeses que se salve esa fuentecita de beber situada en el centro justo de la plaza, a medio camino entre el monumento a Espartero y la Concha, y que según el anteproyecto presentado por el Ayuntamiento se quiere eliminar.

            Las ciudades se salvarán, dicen los textos sagrados, con sólo que queden en ellas unos pocos hombres justos. El corazón de Logroño seguirá latiendo, digo yo, si conseguimos que esa fuentecita siga ahí, en su sitio, a pesar del marasmo de mármoles, granitos, adoquines y farolones que se le vienen encima, a mayor gloria de José Luis Bermejo. Porque esa fuentecita está en mi corazón y, según creo, en el de muchos logroñeses más.  

            Y quien sabe además, si empezando por un metro cuadrado...

 

 

 

(En las obras que al fin se llevaron a cabo, con granitos, adoquines y farolones imperiales, salvaron curiosamente la fuentecita pero no en la forma ni el lugar que representaba: compraron otra más aparatosa y la pusieron en otro punto menos significativo para intentar quedar bien y conjurar el peligro que suponía dejarla en un viejo y amenazante metro cuadrado de mala conciencia)


EL MURMULLO DE LAS PIEDRAS

         (publicado en La Rioja el 24 de octubre de 1998)



Todos los logroñeses estamos contentos de volver a tener El Espolón con nosotros, de atravesarlo en nuestros recorridos o de poder sentarnos un rato en sus bancos a disfrutar de ese magnífico espacio que une la ciudad vieja con las primeras expansiones externas a sus muros. Muchos están además contentos porque El Espolón se ha puesto un traje nuevo, y le siente o no le siente bien, es nuevo, y eso es siempre motivo de alegría. Otros elogian las farolas fernandinas porque saben que están bien, y se evitan preocupaciones por entender o por probar diseños novedosos. A muchos les gusta también que esté desmesuradamente lleno de luz, porque así parece que el centro de la ciudad está siempre de fiesta. Dentro del pesimismo con que yo acogí las obras en aquel artículo titulado “A corazón abierto”, (La Rioja 31 de octubre de 1996) ya decía que a pesar de tantas cosas como no me gustaban del proyecto, el Espolón iba a sobrevivir, y ahí está. 

Hay motivos de contento para muchos, desde luego, pero también he podido oír en la calle o leer en este diario comentarios de duda, incertidumbre y desasosiego de gentes cuya sensibilidad va más allá de la alegría del traje nuevo, de la complacencia con lo conocido o de la euforia del derroche. Estas personas se fijan en el suelo y empiezan a decir que no les gusta, o que lo encuentran raro, y las veo que se quedan como pensativas preguntándose por qué: pues en realidad las losas son nuevas, y son de granito del mejor y han costado mucho dinero.... Sus dudas son parecidas a las de aquellos que oyen una lengua extranjera y no la entienden, pero notan en el tono de quien habla algo raro y poco amistoso. 

Sin ser un experto, yo entiendo algo del lenguaje de las piedras, así que he paseado por El Espolón para escuchar sus murmullos y traducirles a esas personas con cierta sensibilidad lo que las piedras dicen. Porque las piedras dicen cosas, ¿saben?, las piedras no son mudas: hablan constantemente acerca de quienes las cortaron y colocaron. El oficio de arquitecto y el de comitente de las obras es de los más arriesgados que existen porque cuando las cosas se hacen mal las piedras hablan mal de uno durante años y años. Aunque cuando se ha sido amoroso con ellas, también hay que decirlo, cuando se las ha sabido entender y colocar, cuando se ha respetado su ser, también las piedras lo agradecen durante siglos, e incluso milenios. 

Pues bien, las piedras de El Espolón dicen muchas, muchísimas cosas, algunas que casi no entiendo por mi falta de conocimiento de su idioma y otras que sí. Lo más claro que las he oído decir, y que les puedo traducir a los logroñeses, es que están muy enfadadas porque se les ha tratado como si fueran las baldosas o los azulejos de un suelo vulgar, y que no están dispuestas a soportarlo. Que gritarán y se romperán, que se levantarán por un lado o por otro para que nos demos tropezones con ellas o se hieran los niños al caer y que además, nos ofreceran su rostro más feo y enfadado mientras vivan. 

Yo, al principio, no quería dar crédito a lo que oía porque era muy fuerte y porque yo quiero mucho al Espolón, pero me temo que tienen toda la razón. Las piedras de El Espolón han sido colocadas como si fueran los azulejos de una azotea y no como piedras que son, así que no es de extrañar que vayan a dar mucha guerra amargando nuestros paseos y nuestros descansos en ese magnífico lugar. 

Y es que la piedra es un material noble, pesado y muy duro que exige un trato de respeto y de distinción para cada una de las piezas que se llevan a la obra. Hay que entender por ello que a la piedra no le gusta que le corten en piezas estandarizadas de la misma dimensión, porque es cierto que así se parecen al azulejo o al terrazo. Y mucho menos que la troceen en cientos de piezas informes para adaptase a los caprichosos dibujos de un compás sobre el papel. La piedra tiene su orgullo, ¡vaya si lo tiene!, y amenaza con manifestarlo. Porque la piedra, después de muchos siglos de arquitectura, se había ya acostumbrado al cincel y a la bujarda del cantero y no admite que la corte indiscriminadamente un simple albañil con la rotaflex  -esas máquinas de discos cortantes que emiten un chirrido horrible y levantan una irrespirable nube de polvo-  como a un vulgar gres cerámico, dándole formas impensables para ella. 

Tampoco le gusta a la piedra estar tan cerca una de otra y sin un poco de bisel y una sensata junta por medio, porque si su colocación no es perfecta, ó en cuanto se muevan un poco, va a sobresalir una sobre la otra mostrando una hiriente arista. No le gusta configurar, -también me dicen-,  unos planos geométricos con rasantes lineales, encuentros en arista para los pasos de peatones y cambios de pendientes tan exagerados, porque la piedra es material orgánico que quiere una expresión más suave y alabeada. Está ofendida ante tantos cortes y adaptaciones a las numerosísimas tapas de registro que alteran sus formas y dibujos, y que dejan unas juntas chapuceras. No está contenta tampoco con la cara lisa que le han dado, que ni muestra las posibilidades del brillante pulido, ni las rugosidades propias de su naturaleza. ¿Y qué es eso de tener que andar a juego con unos adoquines rojos prefabricados ¡y encima artificiales!?

Alguien se ha equivocado con el granito de El Espolón, alguien que ha pensado que la piedra no tiene alma, ni tradición , ni estilo, ¡ni orgullo!, y que piensa que por encima de la piedra está la técnica que él maneja, la técnica de la gran sub-base de hormigón sobre la que pegar baldosas y la técnica de la rotaflex para amoldarlas a su gusto. Pues, bien, de eso se queja la piedra, y eso es lo que murmulla, y eso es lo que probablemente algunos logroñeses sensibles y de oído fino han empezado a advertir.  

Y hasta ahí, de momento, lo que he podido oir al noble granito, porque a la vista de desatinos más evidentes, como las formas y dibujos superficiales en que están colocadas en algunas partes, - por ejemplo en el tramo de Vara de Rey-, siguiendo directrices o ejes ajenos a cualquier racionalidad, o como la falta de sentido geométrico de la mayor parte de los encuentros entre piedra y adoquín, eso cree la piedra que ya no lo tiene que decir ella, porque es tan claro, que lo tienen que ver hasta los más recalcitrantes complacientes con el estreno, el conformismo formal y el derroche. O hay que tener la vista muy gorda para no verlo, y la sensibilidad muy abotargada para no darle importancia.