domingo, 14 de junio de 2026

ACTUAL CULTURA

(Después de esta nota, publicada en La Rioja del Lunes de 7 de enero de 1991, Miguel Angel Ropero, entonces Consejero de Cultura, dejó de pasar a tomar café a mi casa por mucho tiempo)


Cualquiera que se tome la molestia de leer contrastadamente crítica de cine sabe perfectamente que la mayoría de los críticos son unos papagayos que repiten desordenadamente los cuatro adjetivos y cinco tópicos espigados de revista en revista. Santiago Tabernero es al respecto un caso ejemplar de capacidad crítica nula, de no tener nada que decir y, sin embargo, llenar y llenar cuartillas. Así las cosas, la Consejería de Cultura no ha dudado ni un momento en nombrarle coordinador de un ciclo de cine a proyectar en el Teatro Bretón, y es que, como me confesaba personalmente el mismísimo Consejero, “hay que tener en cuenta que sale en televisión y eso tiene mucho gancho”.

Tuve la desgracia de asistir a la película inaugural del ciclo, “Corazón salvaje” de David Lynch, que un tal Juan Francia, también crítico y organizador del evento, calificaba como de “alta temperatura”, “estimulante” y “nada más aconsejable”.

Sin embargo, y he aquí la empanada mental del tal Francia, en su comentario referente a la película pueden leerse, para que vayan haciéndose Vds. una idea, cosas así: “siempre más allá de los conceptos morales”; “de extraordinaria capacidad perturbadora”; “panorama de pesadilla”; “sentimientos exacerbados”; “el mal se plantea en toda su rotundidad”; “después de pintar los horrores con los pinceles más violentos”; “crispar lo más posible la tensión del espectador”, todo conseguido, eso sí, “como en las mejores películas” (?!), gracias a la “música o los efectos”; y con personajes tales como la “chabacana y amoral” Rosellini o la “malvada y rencorosa madre”. Estimulante ¿verdad? Pues bien, la Consejería de Cultura, con el Sr. Consejero y el Director Regional en el palco, no dudaron ni un instante que esto es la cultura y lo que deben ver nuestros chicos.

El éxito fue rotundo. Así lo decía al día siguiente el periodista J. Sainz, que añadía (¿de su cosecha?) la calificación de “espíritus libres” para los dos idiotas que protagonizaban la película.

Pero volvamos al texto de Juan Francia a buscar la clave de cómo alguien se atreve a programar y promover una película tan sórdida, apestosa, vomitiva y aburrida. Aburrida y cretina, sí, porque los novelistas centroeuropeos de la primera mitad de este siglo ya nos advirtieron claramente de que más allá del mundo de la moral, del mundo de los valores, no hay “altas temperaturas” como dice Francia, sino el frío más horrible, el sinsentido, la estupidez, la nada. Fíjense en lo que escribe el pájaro éste a la mitad de su reseña: “usted terminará pensando que, en el fondo, el maligno no es tan detestable, porque su falta de conciencia y el desconocimiento del complejo de culpa conseguirán hacérselo casi simpático”. 

Probablemente los cargos de la Consejería y sus programadores y coordinadores debían estar esperando otro tanto. A la vista de la complacencia del público que llenó el Bretón, a fé que lo consiguieron. Pero yo también estuve allí, y no quiero que me cuenten entre los borregos.