domingo, 14 de junio de 2026

RUINAS

            (Publicado en LA RIOJA el 16 de enero de 1985, las ruinas constituyen uno de los capítulos más interesantes del patrimonio histórico que sigue estando descatalogado y pasando desapercibido)

           


            Pocas épocas en la historia han amado las ruinas. Entre ellas la nuestra, inventora de una fórmula burocrática, “la declaración de ruina” que precede y provoca su desaparición inmediata. Al margen de las razones de policía urbana creo que en ese procedimiento y en la general  aversión por las ruinas, hay un espíritu de rechazo a todo lo que huele a muerte, a inactivo, a no útil o productivo.

            No siempre ha sido así. Asociado a un movimiento para la reconstrucción científica del patrimonio clásico de medidados del siglo XVIII, floreció una época de admiración a las ruinas en la que se llegó a los extremos de edificar ruinas artificiales (jardines de Schönbrunn en Viena, mausoleo de Federico, príncipe de Gales, en Chambers, etc.) o a imaginar a la hora del proyecto arquitectónico las posibles ruinas del propio edificio: el más conocido es sin duda el extraordinario dibujo encargado por Sir John Soane a J. Gandy de las imaginarias ruinas de su Banco de Inglaterra.

 

            La Rioja, rica en ruinas 

            La Rioja está también llena de ruinas y cada una de ellas, a su manera, llena de belleza: monasterios, iglesias, ermitas, calzadas, puentes, barrios urbanos y hasta pueblos enteros. La lista es abundante y bien merecería la pena, con más espacio, reseñarla. Evocan nuestro pasado, otras vidas; son testigos implacables del paso del tiempo, estandartes de la permanente presencia de la muerte.

            No es extraño pues que una sociedad como la nuestra, en donde la palabra tiempo se asocia automáticamente a rentabilidad y dinero, y donde la muerte no es sino otro fenómeno marginal cualquiera, en vez de fijarse y cuidar las ruinas, opte por su abandono sistemático.

            Abandono que tiene dos caras igualmente siniestras: una, la de la destrucción decidida de las ruinas, la otra, la de la re-erección del viejo edificio desde sus ruinas. Transcurridos muchos años en que se ha impuesto generalmente la primera fórmula, parece tocarle ahora el turno a la segunda: en pleno siglo XX asistimos a la reedificación de ermitas románicas o a la construcción de casas sobre reiventadas parcelas medievales, -caso Ruavieja. ¿Quien no se ha sentido últimamente defraudado y estafado en sus visitas turísticas ante ciertos monumentos históricos que aún olían a yeso fresco?

            Incapaces de crear y creer en nosotros y en nuestras obras, huímos cobardemente hacia el pasado para, reedificando sus edificios desde sus ruinas, arruinar nuestra propia época.

            Dejemos en paz a los muertos, respetemos sus ruinas y contemplémoslas mientras desaparecen marchitas como las flores. Al fin y al cabo, como decía Nevitta por pluma de F. Savater (Juliano en Eleusis): “¿Qué importa que los imperios acaben por hundirse y las culturas se pierdan finalmente en la ruina y el olvido? Gracias a su aniquilación podrán nacer nuevos conquistadores y nuevos bardos cantarán sus gestas. No son los imperios lo que cuentan, sino la juventud del hombre (anotar lema para este Año Internacional de la Juventud).