(Publicado en LA RIOJA el 16 de enero de 1985, las ruinas constituyen uno de los capítulos más interesantes del patrimonio histórico que sigue estando descatalogado y pasando desapercibido)
Pocas
épocas en la historia han amado las ruinas. Entre ellas la nuestra, inventora
de una fórmula burocrática, “la declaración de ruina” que precede y provoca su
desaparición inmediata. Al margen de las razones de policía urbana creo que en
ese procedimiento y en la general
aversión por las ruinas, hay un espíritu de rechazo a todo lo que huele
a muerte, a inactivo, a no útil o productivo.
No
siempre ha sido así. Asociado a un movimiento para la reconstrucción científica
del patrimonio clásico de medidados del siglo XVIII, floreció una época de
admiración a las ruinas en la que se llegó a los extremos de edificar ruinas
artificiales (jardines de Schönbrunn en Viena, mausoleo de Federico, príncipe
de Gales, en Chambers, etc.) o a imaginar a la hora del proyecto arquitectónico
las posibles ruinas del propio edificio: el más conocido es sin duda el
extraordinario dibujo encargado por Sir John Soane a J. Gandy de las
imaginarias ruinas de su Banco de Inglaterra.
La Rioja, rica en ruinas
La
Rioja está también llena de ruinas y cada una de ellas, a su manera, llena de
belleza: monasterios, iglesias, ermitas, calzadas, puentes, barrios urbanos y
hasta pueblos enteros. La lista es abundante y bien merecería la pena, con más
espacio, reseñarla. Evocan nuestro pasado, otras vidas; son testigos
implacables del paso del tiempo, estandartes de la permanente presencia de la
muerte.
No
es extraño pues que una sociedad como la nuestra, en donde la palabra tiempo se
asocia automáticamente a rentabilidad y dinero, y donde la muerte no es sino
otro fenómeno marginal cualquiera, en vez de fijarse y cuidar las ruinas, opte
por su abandono sistemático.
Abandono
que tiene dos caras igualmente siniestras: una, la de la destrucción decidida
de las ruinas, la otra, la de la re-erección del viejo edificio desde sus
ruinas. Transcurridos muchos años en que se ha impuesto generalmente la primera
fórmula, parece tocarle ahora el turno a la segunda: en pleno siglo XX
asistimos a la reedificación de ermitas románicas o a la construcción de casas
sobre reiventadas parcelas medievales, -caso Ruavieja. ¿Quien no se ha sentido
últimamente defraudado y estafado en sus visitas turísticas ante ciertos
monumentos históricos que aún olían a yeso fresco?
Incapaces
de crear y creer en nosotros y en nuestras obras, huímos cobardemente hacia el
pasado para, reedificando sus edificios desde sus ruinas, arruinar nuestra
propia época.
Dejemos
en paz a los muertos, respetemos sus ruinas y contemplémoslas mientras
desaparecen marchitas como las flores. Al fin y al cabo, como decía Nevitta por
pluma de F. Savater (Juliano en Eleusis): “¿Qué importa que los imperios acaben
por hundirse y las culturas se pierdan finalmente en la ruina y el olvido?
Gracias a su aniquilación podrán nacer nuevos conquistadores y nuevos bardos
cantarán sus gestas. No son los imperios lo que cuentan, sino la juventud del
hombre (anotar lema para este Año Internacional de la Juventud).
