(Publicado en La Rioja el 20 de enero de 1997)
Ya
va para cien días que ocupo el cargo de Decano Presidente del Colegio Oficial de Arquitectos de La Rioja, y
me cabe hacer por tanto un pequeño balance de gestión y una reflexión pública de lo que entraña, o
mejor aún, de lo que se ve, desde esta pequeña parcela de nuestro territorio
institucional.
La
palabra Colegio, -del latín colligere, reunir- tiene el significado de “comunidad de
personas revestidas de la misma dignidad”, es decir, la que en nuestro caso,
confiere el título de Arquitecto expedido por una Universidad del Estado
Español o reconocida por el mismo. De manera que dicha denominación enraiza con
un título académico y apunta hacia la idea de “colectivo” o “agrupación”. De
esta observación surge una primera duda que como Decano me vengo planteando
constantemente : en la época en que vivimos, donde la docencia entre
universidades tiende a la disparidad, la formación de los profesionales ha
pasado de ser universitaria a ser permanente, y la manera de ejercer la
profesión a que da derecho el título se ha diversificado, ¿es suficiente el
vínculo de una misma titulación para dar cohesión a un grupo?.
La
segunda palabra de nuestro membrete, la de “Oficial”, disipa de momento la duda, y me induce
inicialmente al acatamiento (donde manda patrón..., no caben cábalas del marinero). Es más,
cuando resulté elegido Decano, recibí con sorpresa una serie de felicitaciones
de partidos políticos e instituciones (aprovecho la ocasión para agradecerlas
públicamente) que de alguna manera me confirmaban como un miembro del
establisment “oficial”. Ahora bien, más allá del plano personal que la
felicitación implicaba, con el tiempo me he vuelto a preguntar: ¿de verdad se
creen todos aquellos cargos públicos que me reconocen en el cargo, que la
institución que presido es ciertamente “oficial”?.
Porque
si seguimos con los términos que designan la institución que dirijo aparece a
continuación la palabra “Arquitectos” de contenido claramente profesional, con
connotaciones “corporativas”, y mencionadas como “gremiales” casi siempre en
tono peyorativo, -así que para aclarar aún más las cosas yo mismo las exagero y
las denomino “sindicales”. ¿Es mi Colegio un Sindicato? me pregunto a veces
cuando los promotores nos llaman para intentar pactar los precios de nuestro
trabajo ahora que desde el Real Decreto de Liberalización de Tarifas se anuncia
una nueva cancha del mercado.
Para
quien no lo sepa hay que decir que no todos los arquitectos que ejercen como
tales pertenecen ya al Colegio Oficial. La Administración Pública ha sido la
primera en romper nuestro “colectivo” no obligando a los arquitectos que ella
contrate funcionarialmente a estar en el mismo. El Colegio de Arquitectos de La
Rioja no agrupa por tanto a “todos” los arquitectos que trabajan como tales en
La Rioja, por lo que dicha denominación empieza a ser incorrecta. El Estado ha
sido el primero en no creerse nuestra “oficialidad” y en tomarnos por un gremio
ocupado en los intereses de sus “sindicados”.
Nada
más erróneo y lamentable, por otra parte. Los Colegios de Arquitectos han sido
en España, a lo largo de su existencia, auténticos Institutos de Arquitectura
sin cargo a los Presupuestos Generales del Estado. La defensa de una ética en
el ejercicio de la profesión y la reflexión cultural sobre arquitectura y
urbanismo han encontrado marco en esta institución sufragada desde el trabajo
de los profesionales de la arquitectura.
Así
que vuelvo a las dudas: ¿caben aún en nuestra sociedad organismos que velen por
la ética en el ejercicio de una profesión más allá del marco legislativo y
jurídico del Estado?; ó ¿es aceptable en una sociedad de compra-y-vende que
alguien pueda agruparse a reclamar valores culturales que se escapan de sus
cuantificaciones?.
A
medio camino entre el poderoso pero torpe Estado y el ágil pero salvaje
Mercado, a medio camino entre el gremio artesanal y el sindicato laboral,
nuestro territorio empieza a ser un ente extraño con olor más a siglo XIX que a
XXI, y nuestra profesión, cosa de arcaicos señoritos que aún cobran
“honorarios” -es decir, por honor y no por trabajo, como me apuntó en su día el
arquitecto Rubén T. San Pedro.
Las
cosas no pueden seguir así mucho tiempo. Los promotores piden con prisas que
entremos a jugar en la cancha del mercado donde ellos operan y la
Administración, -¡ay la Administración!-, hace cada cosa que dan ganas de
devolverles nuestra “oficialidad” con sumo gusto. Por ejemplo cuando ignora las
competencias de los títulos que sus Universidades otorgan a la hora de la
concesión de licencias sobre proyectos; o cuando en los Pliegos de Condiciones
que redactan para la contratación de Asesoramiento Urbanístico en los
Municipios confunden a los Arquitectos con los Aparejadores; o cuando creen que
eso de trabajar con honorarios es algo así como trabajar gratis, y que nuestro
trabajo es poner una firma y por tanto no cuesta nada: la Universidad de La
Rioja, sin ir más lejos, acaba de sacar un Concurso de Empresas con Proyecto de
Ejecución para la construcción de su Polideportivo que causa sonrojo de solo
pensar en la ignorancia que demuestran hacia lo que es un Proyecto de
Ejecución. ¡Y es la Universidad!. Y qué decir de la Administración de Justicia
que nos toma permanentemente por chivo expiatorio de unas responsabilidades en
la construcción que no tiene ganas de distribuir entre sus diversos agentes por
la ausencia inaceptable de una sensata Ley de la Edificación.
Pero aún así, con todas las incoherencias y las dudas que aquí se exponen, o con todas las provocaciones que a lo largo de estos cien días nos han incitado a batallar en territorios laterales, las ilusiones que tanto a mí como al vicedecano José Miguel León, nos llevaron a la Presidencia del Colegio, siguen intactas: porque creemos que en una sociedad que se desmembra o en una ciudad que se desvanece no hay empeño más a nuestra mano, -y hasta más coherente con ser arquitecto-, que el de dedicar un tiempo a hacer sociedad y hacer ciudad desde ese colectivo llamado “Colegio Oficial de Arquitectos de La Rioja”.