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domingo, 14 de junio de 2026

VENDEDORES Y PENSADORES

 

           

 

            (La reseña sobre las Jornadas de Intervención en el Patrimonio del año 1985 la publiqué en el número 3 de la revista Logroño-ciudad)

 

            En un artículo a propósito de la Intervención en el Patrimonio, Ignasi Solá-Morales ha dejado escrito que “es a partir del Renacimiento cuando la Arquitectura cobra auténtico rango de actividad reflexiva” (Teorías de la Intervención Arquitectónica, rev. Quaderns n. 155). Las anteriores arquitecturas se producían por oficio, por evolución natural o técnica, y eran compuestas por agregación o yuxtaposición. Del Renacimiento en adelante, la reflexión, y en consecuencia la Idea (neoplatonismo imperante) va a vertebrar la disciplina, de tal modo que la propia historia de la Arquitectura, desde entonces, ya no sólo corre pareja a la historia de las ideas, sino que ella misma también se constituye en historia de ideas.

            Por ello, la conocida “boutade” de Umberto Eco acerca de nuestro actual retorno al Medioevo, cobra todo su sentido al hablar de Arquitectura, ya que ésta, dominada por la imagen y el consumo, está dejando de ser, a pasos agigantados, una actividad reflexiva. Interesa mucho más el producto acabado y listo para su venta que la idea que subyace en su creación. La actual arquitectura de calidad se produce por mímesis o por citas. La imagen final anula, si es que alguna vez la hubo, a la idea creadora: se tiende a producir objetos (en tanto que son vendibles) en vez de pensar ideas (más reacias al comercio). Hay que trabajar, como se dice entre colegas, con las revistas en la mesa...

            En este contexto, las recientes Jornadas sobre Intervención en el Patrimonio Histórico Artístico organizadas por el Colegio de Arquitectos en Logroño-ciudad, aunque planteadas como “sesiones de reflexión”, se convirtieron, por el contrario (¿qué se esperaban Vds?) en un mercado de cromos. Cuestión que va con segundas, claro: lo anecdótico, el regalo de la colección de cromos del gótico en La Rioja que se nos dió a los participantes, era en realidad lo esencial. Faltó sólo que la organización convirtiese en cromos las diapositivas que nos mostraron los arquitectos que por aquí pasaron, para que el éxito hubiera sido total.

            Sólo la presencia de un hombre de la talla de De la Sota (¿pero qué hacían nuestras autoridades culturales que no se acercaron a saludar, ni personalmente, ni en nombre de la ciudad, a todo un Gran Maestro que se dignó bajar a Logroño?), y el empeño por reflexionar en vez de mostrar por parte de Pérez Arroyo y Navarro Baldeweg (¡con todo lo que éste tiene por mostrar!) torcieron en lo posible el curso de los acontecimientos. ¡Pero mira que traer a don Alejandro de la Sota a un mercado de cromos!..., a quien dice creer más en la arquitectura pensada que en la dibujada: “los dibujos son sólo para los mirones”, (entrevista con M. Bayón en Arquitecturas Bis n. 1)

            Escribió De la Sota en otra ocasión (rev. Arquitectura n. 228) que “no hay obra sin idea”, y que “cuanto más claras son las ideas, más cuesta conseguir su materialización”. Pues bien, así es como se explica que el gran santón de estas III Jornadas (y de las dos anteriores y, si algo no lo remedia, de las venideras) Antoni González Moreno-Navarro las inaugurase diciendo que no hay que tener adscripción a idea alguna, que lo importante es la eficacia (?) de la actuación. Ni que decir tiene que el éxito estuvo de su parte: durante el resto de las Jornadas ya nadie (excepto el Simón del desierto que esto escribe) abrió la boca para protestar. En general, los participantes se limitaron a ver las obras eficaces que exhibían los ponentes para aprender a hacer también ellos, sin duda, otras intervenciones eficaces.

            De todos modos podemos estar tranquilos pues los mirones suelen ver poco, ya que, como decía Wittgenstein (carta a Norma Malcom), “cuanto mejor seas pensando, más sacarás de lo que ves”.

ARQUITECTURA DE BAMBALINAS

           (Dos años después de “Vendedores y Pensadores” seguíamos en las mismas. No recuerdo si esta pequeña nota de enfado llegué a enviarla al periódico. En cualquier caso, está bien aquí para hacer memoria de las Jornadas del Patrimonio del año 87)


Tenía que ser así. La coordinadora de las Jornadas me señaló que era un problema de horario. El caso es que cuando intenté exponer ordenadamente unas reflexiones en torno a la Intervención en el Patrimonio en el curso de las IV Jornadas sobre el tema, celebradas recientemente en Logroño, no se me dejó. Lógico, lo importante en los “shows” no es pensar, sino cumplir el horario. Fuí el ingenuo de turno que se piensa que a las Jornadas de este tipo se va a reflexionar y a debatir. Nada más lejos de la realidad. De lo que se trata es de ver en vivo a los arquitectos que salen en las revistas o, torciendo un poco la frase hacia el escenario, a los “arquitectos de la revista”. Y punto.

Como un diario no es el marco más apropiado para cargar las tintas sobre un tema específico y acaso árido, emplazo a quien quiera encontrar aquellas reflexiones al próximo número de la revista cultural Calle Mayor si es que -Consejera mediante- logra publicarse (1). Vayan aquí tan sólo unas notas para que el público en general sepa lo que se “representó” en las Jornadas.

Ya el comienzo no pudo ser más revelador: a Fernández Alba, autor de la restauración del Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, antes de que pudiera decir una palabra ya le habían apagado la luz para que enseñase sus diapositivas. “No, por favor -suplicó el arquitecto-, enciendan las luces para poderles expresar antes mi pensamiento”. Claro que al día siguiente y para volver las cosas a su sitio, Joan Tarrús, de Gerona, antes de empezar a hablar (a balbucear más bien) pidió que se apagaran los focos para pasar de inmediato a las filminas ya que “en arquitectura -señaló- lo importante son los resultados”. Vaya, como en el fútbol.

A Javier Frechilla, de Madrid, le debo agradecer que me aclarara (de modo indirecto, claro está), el sentido último de las Jornadas. Su disertación sobre la arquitectura del teatro, explicativa de su intervención en el teatro Bretón de los Herreros de Haro (un proyecto más para la galería que otra cosa), me hizo caer en la cuenta de que lo que andábamos viendo no era ni arquitectura ni arquitectura de teatros, sino “arquitectura de teatro”. Las obras de los arquitectos invitados adquirían sentido, no en sí mismas, sino al ser expuestas (representadas) en Jornadas como las que estábamos celebrando. Me dí cuenta entonces (y definitivamente cuando el último día me quitaron la palabra), que si habíamos pagado la nada desdeñable “entrada” de 10.000 pestas que costaba la asistencia, no era para pensar (caro pensamiento) sino para tener derecho a butaca en el show.

Aclaradas las cosas, la estrella más brillante de la comedia resultó ser Javier Bellosillo, quien exhibió su intervención en Santa María la Real de Nájera demostrando la total coherencia entre la frivolidad de la obra y la frivolidad del encargo. Para cerrar la función, el otrora adalid de la teoría Ignacio Linazasoro, acabó espetando “que la arquitectura, -no le demos más vueltas-, es un hecho físico”.

Como en los malos festivales de cine, la actitud más consecuente (y barata) ante Jornadas como éstas será, de ahora en adelante, la de quedarse en la puerta para ver entrar y salir a los “artistas”.   



(1) véase el artículo Arquitectura y Patrimonio en Una Voz en un Lugar