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domingo, 14 de junio de 2026

LOGROÑO JAZZ

        (Publicado en La Rioja del Lunes el 20 de abril de 1992)

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La ignorancia no es una privilegiada atalaya pero sí un punto de vista tan respetable como cualquier otro. Yo soy un ignorante en materia de Jazz, es más, el Jazz nunca me ha atraído musicalmente hablando. Ni tengo apenas discos de Jazz, pues como tanta otra gente de mi generación yo he saltado de la música folcklórica y de la música clásica, al rock y al pop sin estación intermedia alguna. A nuestro alrededor tenemos aún a mucha gente que se quedó anclada en la música folcklórica o en la música clásica, y en especial, en ese híbrido local de violines y coplas llamado la Zarzuela. Las generaciones del desarrollo, sin embargo, nacieron oyendo rock y pop, así que todo lo que venía de atrás era para ellos antiguallas, arqueología, músicas para entornar los ojos, lanzar suspiros y poner boquitas de piñón; asuntos del Arte con mayúsculas, es decir, cosa de las Instituciones. El caso es que yo que apenas sé nada de Jazz voy a hablarles de Jazz, entre otras cosas porque es noticia (esta semana se celebra la Tercera Semana de Jazz en Logroño), pero también porque últimamente el azar me ha acercado al Jazz, o sea, a esa estación intermedia entre el folk o la clásica y el rock o el pop; y en fin, porque comparto la tesis de que sólo debe hablarse de aquello sobre lo que no se sabe.

Y los que poco o nada sabemos del Jazz decimos que se trata de “música improvisada” ¿no?. Y nos preguntamos ¿cómo puede ser bueno algo que es improvisado?, e incluso ¿cómo puede ser ni siquiera medianamente entendible?. Algo sabemos, cosa de culturilla general, que el Jazz nació en Nueva Orleans en piezas alegres que constituyen el género llamado “dixieland”; que luego, como los antros de Nueva Orleans se cerraron a causa de los excesos, los músicos de Jazz se trasladaron a Chicago donde la ley seca se aplicaba a medias entre la policía y Al Capone;  que de Chicago se fue a la rutilante Nueva York y de Nueva York a Europa por la vía de las dos grandes guerras de este siglo; que cuajó en la frívola París de entreguerras con el nombre o variante del “charlestón”; y también que los nombres de Louis Amstrong, Benny Goodman, Count Basie, Duke Ellington, Glenn Miller y algunos más, como el de John Coltrane, al que se le rinde homenaje esta semana, pues no nos son desconocidos.

Y tampoco nos son desconocidas algunas de sus melodías más famosas, porque lo cierto es que al margen de las “improvisaciones”, en las músicas de Jazz también encontramos hermosas melodías. Es decir, que en el Jazz conviven melodías con unas improvisaciones que a menudo sólo son “variaciones” sobre las propias melodías. Y es que en el Jazz, si no lo he entendido mal, se produce una clara distinción entre la “estructura” de la pieza musical y su “aspecto externo”, o sea, entre la “armonía” y la “melodía”. En toda pieza clásica o folklórica, armonía y melodía componen un todo, configuran un discurso completo que todo lo más cabe ser “interpretado”. La armonía es cosa de acordes, y la melodía, sucesión de notas sobre esos acordes. Pues bien, en el Jazz tradicional la estructura armónica es estable mientras que la melodía se subdivide en dos partes: una fija y reconocible llamada “el tema” que todos tocan y que permite reconocer e identificar lo que están tocando, y luego unas improvisaciones que se tocan alternativamente y que a decir verdad no son tan “improvisaciones” porque lo cierto es que deben siempre fluctuar dentro de la estructura armónica de la pieza. Contrabajo, piano y guitarra marcan por lo general los acordes a los saxos, trompetas, clarinetes y trombones, que improvisan.

La otra característica del Jazz que el azar me ha dado a conocer es su especial “fraseo”, es decir, la manera de atacar y ligar las notas, de manera que cualquier pieza, hasta el mismísimo himno de España, por ejemplo, tocado exactamente en su misma armonía y con sus mismas notas pero, anticipando o alargando unas y acortando o sincopando otras, cambia radicalmente de sentido (o de estilo).

Por último, permítaseme señalar la importancia del ritmo en la música de Jazz. Nietzsche decía que el ritmo es una coacción y que genera un incontenible deseo de ceder y de participar. Las músicas primitivas y folklóricas se apoyan siempre en un tamboril que machaca un obsesivo ritmo participatorio. La música del “blues”, tía hermana del Jazz, hace del ritmo un argumento central, -no en vano es expresión de una época y un pueblo en esclavitud. El Jazz, a veces más, a veces menos, también gira en torno a un centro rítmico que el rock de la segunda parte de este siglo XX tomará como principal herencia.

Por estar en el centro de la historia de la música, el Jazz nos puede ayudar a entender un poco más todas las músicas. Y esa música de Jazz es la que viene ahora a Logroño en una semana de conciertos y otras actividades organizadas por la CREM Jazz (colectivo riojano de estudios musicales del jazz) y patrocinada por el Ayuntamiento de Logroño y la Consejería de Cultura.

Esto de las Semanas, ya se sabe, es un pretexto para que Ayuntamiento y Consejería se apunten un tanto cada una en su Historial Cultural y es también ocasión, mira por dónde, para oir a buenos músicos, como Jorge Pardo, por ejemplo. Pero a mí me interesa mucho más como escusa para hablar del trabajo que Reinhard Valeruz, -Renato para los amigos-, viene haciendo en Logroño desde hace casi ya cuatro años y del que casi nadie sabe nada.

Renato, un músico del Tirol austriaco que toca el contrabajo, pero que igualmente domina la guitarra, el piano, la batería, la trompeta o el saxofón, viene cada martes desde San Sebastián para enseñar a tocar un instrumento y hacer Jazz a cuatro afortunados que nos hemos enterado, en un simpático local (las Escuelas Daniel Trevijano) que, todo hay que decirlo, nos cede generosamente el Ayuntamiento. Desde el primer día en que nos enseña a soplar y tocar una sola nota, pasando por los ejercicios de los principiantes, hasta el ingreso en la Big Band o la consagración en la adjudicación de una improvisación, Renato derrocha una paciencia y una tenacidad evidentemente germánicas. Nos enseña música, Jazz y a tocar un instrumento todo a la vez, pero lo más importante de todo, lo que más diferencia la “Academia de Renato” de cualquier otra enseñanza musical institucional es que con Renato, desde el primer día, no somos estudiantes sino músicos. Y como la música es diversión y el Jazz es conversación, cada uno de los músicos de la CREM estamos impacientes por que llegue el martes por la tarde para juntarnos a tocar en torno a él.

Las Semanas son cosas de la Institución, pero el latido de la música viva hace menos ruido y está en otras partes. Estas cosas tiene el Jazz. Estas cosas tiene esta ciudad.     


BREVE HISTORIA DE UN MUSICO DE JAZZ EN LOGROÑO

           (Mi segundo artículo musical, publicado en La Rioja 8 de abril de 1995, tuvo unas consecuencias insospechadas : ¡me echaron de la Banda Municipal!; bueno, no es exacto que me echasen, tal y como cuento en el siguiente escrito)  


Las flores de plástico son a las flores como la pornografía al sexo; como las fotografías respecto a la presencia personal; o como los discos a la música en vivo. Sucedáneos que, por la pretensión de tener siempre a nuestra disposición la belleza de la flor, la emoción del sexo o la alegría de la música, han acabado por ocultar, justamente, la condición eterna de tales sucesos. Porque la eternidad -¡a ver cuando empezamos a entender las cuestiones del tiempo!- no está en la duración sino en el instante: la eternidad es la intemporalidad.

La música, -la auténtica, la única, la verdadera-, sucede sólo en un instante. Desde que hace cinco años, bajo el manto de miles y miles de discos y canciones oídas en treintaycinco años de mi vida, descubrí lo que era la música, me la suelo imaginar así: en un pueblo remoto y pequeño de hace un siglo, donde no había ni músicos ni transistores, un labriego oye una gaita y siente que el corazón le da un vuelco. O si lo prefieren traslado la acción a Logroño y a mi persona hace justamente cinco años: en una noche de primavera dí en pasar por las Escuelas Daniel Trevijano en la plaza de Murrieta donde un profesor barbudo daba clases de Jazz a poco más de media docena de jóvenes. Tocaban frases cortas, propias de aprendices, mas en cada una de ellas, aunque sólo dieran una nota, había tanta intensidad que el ambiente se cargaba de alegría, de electricidad y de belleza; es decir, de intemporalidad. Y en mi caso, me dije: yo también quiero dar con ellos aunque sólo sea una nota. Félix Romero me prestó su viejo saxofón y así empecé a ser músico.

Luego, claro está, me dí cuenta de las dificultades. En aquella clase había músicos buenos que se aburrían e indisciplinados que no estudiaban o no venían, y retrasaban a los demás. No había suficientes alumnos para formar una Big Band, así que para poder actuar en público nos teníamos que juntar con otros alumnos que el profesor traía de sus aulas de Pamplona y San Sebastián. Al año, los buenos se fueron a triunfar con un grupo de ska, los indisciplinados seguían sin venir a clase regularmente, y el profesor que venía de San Sebastián se cansó de nosotros y de tanto viaje, y el aula de Jazz se cerró.

Pero bueno, ¿qué importan las dificultades cuando se trata de la eternidad? Me apunté a aprender solfeo en la Academia de la Banda Municipal y al año, José Luis Alonso me metió en la Banda con los tubas. El día que saludé a los tres “tuberos”, Jesús, Vicente y Victor, me dí cuenta que allí también había alegría. Un pasacalles con la Banda, llevando a la Corporación Municipal a la cola, es una experiencia arrebatadora. Lo sé porque lo veo en las caras de quienes sorprendidos nos contemplan.

También en la Banda hay dificultades. La organización de la Banda y de su Escuela son más que dudosas; algunas piezas que tocamos, trasnochadas y cursis, y José Luis está tan renegón que ha acabado por convertir cada ensayo en un examen de nuestra afición. 

Como he de hablar de Jazz no puedo entretenerme hoy en contar mis experiencias con los dulzaineros de La Rioja, sus alegrías y sus desventuras. O la experiencia de la creación de una charanga en la Escuela de Artes y Oficios, también con sus logros y dificultades. Ni del cuarteto de música renacentista que poco a poco voy preparando con mi mujer y mis hijas sin salir de las paredes de mi casa (y a costa de la paciencia de los vecinos). Desde hace poco más de un año, los veteranos alumnos de aquel aula de la plaza de Murrieta hemos formado un grupo de música dixie o de Jazz primitivo llamado Dixiemulando, y hemos vuelto a traer una vez al mes al extraordinario profesor barbudo, Renato Valeruz, que me enseñó que la música, y sobre todo el Jazz, por encima de todas las dificultades, es alegría, alegría inmensa, espontaneidad e intemporalidad: eternidad.

En estos días que preceden y anuncian la Semana de Jazz, saldremos a la calle y a algún bar tocando lo poco que musicalmente sabemos, pero ciertamente convencidos, eso sí, de que lo que hacemos es música y no flor de plástico. Ojalá que alguien al oirla, bien con los oídos limpios del labriego o con los atiborrados de discos del ciudadano, pueda aún sentir un vuelco en su corazón.

Ah!, se me olvidaba: para que vean como encajan las cosas, les diré que en la revista Speak Up n. 81, Danny Barker, un anciano banjo de 82 años que tocó con todos los músicos legendarios del dixie, decía que “Jazz was originally a New Orleans slang term for sex”. 



(De vuelta a los ensayos de la Banda Municipal tras las vacaciones de Semana Santa/Semana de Jazz, me encontré en la sala de ensayos de la Banda varios pasquines con el texto que reproduzco aquí tal cual, con la misma puntuación y faltas de sintaxis y ortografía)



AGRUPACION MUSICAL DE LOGROÑO (BANDA DE MUSICA)


La Junta saliente de esta Banda de Música, quiere hacer unas puntualizaciones a un escrito aparecido en el diario “La Rioja” (8/4/95) titulado “Breve historia de un músico de jazz en Logroño” y firmado por alguien que llamaremos Sr. X.

Primero referente a las dispares comparaciones que realiza ... la pornografía es al sexo, como ... los discos a la música ... Nos extrañan estas comparaciones, cuando en ese mismo artículo nos indica que él descubrió la música... bajo el manto de miles de discos y canciones oidas en 35 años de vida...

Debemos darle nuestra enhorabuena, por ... haber empezado a ser músico ... cuando Dn Félix Romero le prestó su viejo saxofón. Por desgracia a los Profesionales de ésta Banda nos ha costado muchos años de estudio, ensayos, trabajo y tocar piezas ...trasnochadas..., obras maestras de nuestra historia musical.

Por otro lado, nos da mucha pena, la mala suerte que éste Sr. X ha tenido en su vida.

Comenzó, con un profesor que aunque parece que con él empezó a ser músico, debía ser malísimo como educador musical, pues en su clase sólo había, músicos buenos que se aburrían y se fueron y alumnos indisciplinados que no estudiaban.

Después ...se apuntó a aprender solfeo... en una academia Fantasma ... “La academia de la Banda de Música” y decimos Fantasma, pues no existe. Si usted se refiere a “La Escuela Municipal de Música” compruebe que la denominación es bastante diferente.

Quisiéramos también corregir una frase, que preferimos pensar que ha sido un simple error tipográfico o de transcripción.

- Donde dice: ... al año de estar allí (academia) José Luis Alonso me invitó a participar en ella (banda) tocando la tuba... Debe decir: ... y al año de estar allí (academia) pedía a Don José Luis Alonso, la posibilidad de ensayar con La Banda de Música para poder practicar, a lo que él accedió amablemente.

En cuanto a la organización dudosa de La Banda, le diremos que está dirigida por una junta democráticamente elegida.

La organización de La Escuela de Música a la que usted hace referencia también como dudosa, no intentaremos explicarsela pues consideramos que sería dificil de entender para una persona que considera piezas trasnochadas, popurrís o cursis, a la Zarzuela (nuestro género chico) y a las obras de los maestros de todos los tiempos.

Por último, si usted considera que ... José Luis Alonso están tan renegón que ha acabado por convertir cada ensayo en un examen de nuestra afición ... nadie le ata a esa persona que usted considera un terrible Tirano.

Lo tiene muy fácil: Forme “La Charanga de la Palangana” en la que cada cual, toque lo que le de la gana. Porque aquí señor mío, nos gusta que las cosas salgan a la perfección pues no somos Aficionados y si falla algo, tiene que existir una cabeza que reorganice nuevamente todo, aún a costa de renegar, para que la buena música exista y dure mucho tiempo, no sólo un instante como usted nos indica. GRACIAS


LA JUNTA DIRECTIVA 



(Fuí a pedir explicaciones a la Junta Directiva y me invitaron a irme de la Banda. Me lo pensé unos días y les contesté que de eso nada: Que si querían probar a echarme se podían encontrar con unas notas mías en la prensa y alguna denuncia en el INSS explicando los dineros públicos que cobra el director José Luis Alonso, legalmente jubilado (datos que me había facilitado inocentemente un mismo miembro de la Junta unas semanas antes). Recogieron velas y hablaron con Alonso. Otra semana. La respuesta de Alonso fue una fuerte apuesta: o él o yo. Ví apurados a varios miembros de la Junta Directiva y les dije que no quería hacer daño ni a la Banda ni a algunos de ellos y que me iba. Eso no lo dijeron nunca a la Banda y por eso la carta al Director que sigue. A José Luis Alonso, anónimo redactor del escrito arriba reproducido, le dieron al año siguiente la Medalla de Oro de La Rioja, y pasado el año 2000 ¡aún sigue de Director!)  


 


SOBRE MI SALIDA DE LA BANDA MUNICIPAL

 

(Remitida al Diario La Rioja en marzo de 1997 no fue publicada. El Director me comentó meses después que se trataba de un asunto muy “personal”. Es posible que así sea por lo que a mí respecta, pero la Banda y los dineros públicos que recibe no creo que sea un asunto personal)


Sr. Director del diario La Rioja :

Lamento pedirle un pequeño hueco de su periódico para deshacer un bulo que corre sobre mi relación y mi salida de la Agrupación Musical Logroñesa (Banda Municipal), pero no encuentro otro medio mejor de llegar a quienes lo difunden y a quienes se lo creen.

Dice el bulo que a mí me echaron de la Banda Municipal tras tocar durante año y medio en ella. Pues bien, eso es absolutamente falso.

Es cierto que tanto el Director de la Banda, José Luis Alonso, como la profesora de flauta, Gabriela Eibar, quisieron echarme de la Banda a raíz de unas líneas cariñosamente críticas que dediqué a la Agrupación Musical  en un artículo publicado en este mismo diario el 8 de abril de 1995 con motivo de la semana de Jazz; y cierto es que la Junta Directiva de la Banda me transmitió ese deseo del director y de la primera flautista (miembro también de la Junta). Pero tanto en la reunión que tuve con la Junta Directiva de la Banda en esa comunicación (2 de mayo de 1995), como en la que celebramos a los pocos días (9 de mayo de 1995), quedó claro que yo me iba de la Banda por mi propia voluntad, y que no removería el tema y otros colaterales por mí señalados allí mismo, para no causar ningún mal al resto de los músicos de la Agrupación. 

Que con el tiempo eso no se sepa no me importa, pero que se vaya diciendo por ahí lo contrario sí que me produce un cierto malestar, ya que mi salida de la Banda y mi silencio posterior no quieren decir que  que vaya a permitir yo que alguien difunda una falsedad sobre mi persona. 

Atentamente, le saluda

JDC  


DE MUSICA, PROFESORES Y OBISPOS

            (Publicado en En Contraste n. 7, mayo 1999)


Yo estaba escribiendo un artículo de corte académico sobre la relación entre la música y los lugares en que se produce, -no en vano soy músico (en ejercicio) y arquitecto (titulado)-; un artículo serio y documentado, -decía-, de esos que es dejado para otro rato (o casi siempre para nunca) por quienes leen las revistas o cualquier texto escrito en general, como quien hace zapping. Mi idea era publicarlo en la revista Archipiélago, que es uno de los pocos refugios que quedan en este país de escritores y de lectores sin prisas; pero la invitación de EN CONTRASTE a volver a escribir en sus páginas, y la actualidad de la problemática musical en La Rioja, expresada en las huelgas de los profesores del Conservatorio y en la pastoral del señor Obispo sobre el uso de los templos para música non sacra, me han animado a redactar otras líneas menos sesudas y mas combativas sobre la misma cuestión.

Como ya ha sido dicho y aceptado comunmente, la música es el modo más poético de expresión, pues alcanza a transmitir lo que apenas somos capaces de balbucear con palabras: lo profundo ó lo trascendente. Quien se gana las lentejas enseñando música suele olvidarlo con frecuencia; y quien se dedica a querer expresar lo mismo a través de ritos y divinidades, no es extraño que la considere como un molesto competidor. Así que siempre he tenido por sospechosos enemigos de la música tanto a los Conservatorios como a las Iglesias. 

Ahora bien, la música, igual que otros sistemas humanos de expresión de ideas y sentimientos, tiene dos épocas históricas: una, en que la música es únicamente oída en el momento de su ejecución (interpretación); y otra, en que la música se convierte en objeto material de libre disposición por parte de quien la escucha. En otras palabras: una música de antes de la grabaciones discográficas, y una música de después. 

Casi me avergüenza decir que no he encontrado en ningún texto sobre musica una expresión de esta idea tan sencilla y mucho menos un desarrollo de la misma. No sé si es porque nadie la ha escrito o porque leo muy poco. 

El caso es que en la era de la música cosificada y reproducible, que en verdad no tiene más de un siglo, todavía hay mucho músico que no se ha enterado que hemos cambiado de época y que cree que la música es algo ligado al momento de la interpretación musical. Para abrirle los ojos (o los oidos) empezaré por decirles que, al igual que en la relación entre el  producto del artesano y el producto industrial, llevan todas las de perder: ha de ser uno un músico muy muy bueno para poder superar la calidad de cualquier grabación musical. La comparación entre el 99% de las grabaciones musicales que habitualmente oímos y la de cualquier interprete ocasional (¡incluso del mismo que ha realizado la grabación!) siempre es perjudicial para el interprete ocasional. Comprenderan por ello, -como lo comprendí yo enseguida-, que a mi viejo profesor de Jazz se le revolviesen las tripas cada vez que en un descanso de sus actuaciones en un bar, dieran por poner en el tocadiscos del bar los mejores momentos musicales de Count Basie o de Duke Ellington, comprados, además, a un precio muy inferior al que él cobraba esa noche (con ser ya éste bastante miserable en general). 

En segundo lugar, la disponibilidad de la grabación ha hecho que el momento de la escucha pierda intensidad y que el contenido de lo expresado musicalmente se banalice. Oímos música a todas las horas de día, y a veces la misma música en las circunstancias más contradictorias: un anuncio de la televisión, el hilo musical de una oficina, la radio del coche, las calles comerciales de Logroño (¡aaggg!), o los altavoces de una iglesia. Sí, los altavoces de una iglesia, señor Obispo; ¿o se piensa Vd. que no hay más música en sus iglesias que la de los conciertos a la vieja usanza?. Pues no señor. Le diré (si es que alguien le lleva este artículo) que una de las señales que me empujaron en mi adolescencia a marcharme de sus misas fue la escucha de horribles canciones que el cura de cierta iglesia ponía en el tocadiscos mientras oficiaba la misa. La escena ritual del cura abandonando el altar para colocar la aguja sobre el tocadiscos me será casi imposible de olvidar. 

Imagínense por el contrario lo que podía transmitir a un labriego hace tan sólo un siglo, la alegre melodía de una dulzaina y el repique de un tamboril en el pasacalles inicial de las fiestas de su pueblo. La punzada en su corazón tenía que ser de tal intensidad que creo que apenas podemos entenderlo. Yo he podido ver algo parecido mientras he tocado en la calle; -luego si tengo tiempo se lo cuento.

En la época de la reproductibilidad ilimitada de la música y de su banalización, la enseñanza de la música en nuestro pais, y en concreto en nuestra provincia se ha disparado: todos los padres quieren que sus hijos, además de aprender el maldito inglés,  toquen algún instrumento. Los padres se dan codazos en las colas de matrícula y si consiguen una plaza para sus hijos se sienten de lo más afortunados. Luego se gastan un buen dinero en los carísimos instrumentos, van y vienen miles de veces con sus coches llevándoles a clase, y todo ello hasta que un día el niño (que tiene mucho más sentido común que sus padres) se harta, y la trompa empieza su lenta oxidación en un armario o el piano desafinado se convierte en un mueble decorativo. 

Ante tanta demanda, no es de extrañar que los profesores del Conservatorio hagan huelga para conseguir más sueldo, pero si se les midiera no por la satisfacción de la ansiedad de los padres, sino por los resultados de su labor musical en los hijos y en la ciudad, es muy posible que los ciudadanos demandásemos del Ayuntamiento o de la nueva Consejería de Educación y Cultura medidas mucho más drásticas. La mal llamada Academia Municipal de Logroño mantiene aún una débil conexión entre la enseñanza y la práctica en una Banda que, por cierto,  tampoco puede llamarse municipal como le llama la gente, porque ciertamente no lo es (convendría que alguna vez se pusiera fin a todo este embrollo aclarando por parte del Ayuntamiento a quien se dan las subvenciones municipales para música). El resultado es tan débil como la mayor parte de las músicas que tocan, pero aún es algo. Del Conservatorio, sin embargo, salió una Orquesta Sinfónica de La Rioja, que debido a las luchas intestinas del Conservatorio, ha llevado una vida languida y azarosa. El hecho de que se mantenga con vida es un logro, pero sigue sin convertirse en la referencia musical que tendría que ser. De la Banda Sinfónica que el actual Director del Conservatorio montó con su asignatura de Orquesta, mejor no hablar. Del gran Conservatorio que quiso lanzar Nacho Pérez con el pretencioso apellido de “profesional” no salen ni cuatro músicos profesionales al año, y los que salen, es para que se marchen fuera de La Rioja porque aquí no tienen nada que hacer. Cuestan un congo, y aún parece que vamos a pagar más por ellos. 

De cara al conflicto del Conservatorio, pues, antes que hablar de sueldos, convendría hablar de música. Y para ello nada mejor que deslindar los términos de “profesional” y de “amateur”, y aclarar cuales son los sitios y las condiciones en que se dan unos y otros. 

Pero no creo que ni EN CONTRASTE ni el lector me admitan dilatar aún más este artículo, hablando de proyectos musicales, ni tener que pedir al Obispo sus iglesias sin suficiente argumentación, así que para terminar estas provocadoras líneas y para adelantar mi tesis de que la mejor música que hoy existe, tanto en lo que respecta a tocarla como a escucharla, es la que se hace en la calle, terminaré contándoles la historia que antes les prometía. Cierto día de Navidad estaba yo tocando mi tuba en la calle con un grupo de música dixie local cuando una señora de humilde aspecto se acercó a darnos un billete de mil pesetas. Le dijimos que no habíamos puesto funda para recaudar dineros porque tocábamos para animar la zona del grupo de artesanos y hippies que ponen sus puestecillos de venta en la calle por esas fechas. Ni corta ni perezosa, y rechazando nuestra explicación, metió las mil pesetas en el bolsillo de uno del grupo sin darnos tiempo a reaccionar. Yo me quedé temblando: aquella mujer había visto a Dios y necesitaba dar su óbolo por la punzada que había sentido en su corazón. Creo que es justo por mi parte decir que esa humilde mujer de Logroño me enseñó en verdad lo que es la música, y... , -esto va para el obispo-, dónde está la casa de Dios.   

         

    


CARTA ABIERTA A LA CONCEJALA DE CULTURA MAR SAN MARTIN

            (Redactada el 24 de mayo de 1999 y enviada a La Rioja como carta al Director, no fué publicada, y no entendí por qué, ni nunca se me dijo)


Querida Mar:

He leído en La Rioja del pasado sábado 22 unas declaraciones tuyas en las que, ante la denuncia formulada por una Escuela de Música privada de Logroño, dices desconocer la situación jurídica de la Escuela Municipal de Música. Mi primera reacción ha sido la de indignarme, y la segunda (acabo de leer que la indignación es la puerta de la inteligencia) reflexionar cariñosamente sobre la condición política, lo que es muy propio en estos días de campaña electoral.

En 1995 publiqué en este mismo periódico un artículo sobre la música en Logroño en el que, de pasada, mencionaba que tanto la Banda Municipal como su Escuela adjunta eran organizaciones “dudosas”. Ello me valió que la Junta Directiva tomase la decisión de “expulsarme” de la Banda, en la que llevaba tocando desde noviembre de 1993. En una amable carta, le dije a la Junta Directiva que con un par de denuncias podía montar un escándalo, pero que no lo haría para no dañar a terceros -en particular a los músicos de la Banda. Y es aquí, Mar, donde apareces tú: acababas de acceder a la Concejalía de Cultura y fuí a contarte a tu nuevo despacho en el Ayuntamiento toda esta historia, con pelos y señales, para que fueras consciente de la mala herencia que recibías de anteriores legislaturas (curiosamente eso sí que lo dices en tus declaraciones del sábado pasado), y para que por la vía política, y sin hacer daño mas que a quien lo mereciera, lo solucionases. Pasaron los años y no hacías nada, o mejor dicho sí que hacías: te ibas construyendo en tí misma una manera de hablar cada vez más política y cada vez más vacía (que al parecer te ha valido el ascenso a la tercera plaza en la actual candidatura), para llegar finalmente a la mentira, o acaso, debo decir con algo mas de afecto personal, al olvido. Un olvido o desconocimiento preocupante para tus administrados porque, a fin de cuentas ¿cómo puedes dar unas subvenciones tan importantes a entidades cuyo régimen jurídico dices desconocer?, ¿cómo después de cuatro años no te has preocupado por arreglar una mala herencia de la anterior legislatura?.

Pero vayamos con la reflexión. Se dice que a diferencia de la administración central, las administraciones locales y autonómicas tienen como virtud que sus políticos viven más de cerca los problemas de sus administrados. Pues bien, empiezo a sospechar que no es así: cuando un político habla el lenguaje claro y sencillo de la gente, -el lenguaje en el que se enuncian los problemas y se anuncian sus soluciones -  enseguida se quema. Cuando un político local adquiere la jerga que le permite hacer continuamente declaraciones sin decir nada, sube como la espuma. Tu caso, Mar, como el de otros muchos que podría aportar como pruebas, es ejemplar. Y de verdad que lo siento: lo siento por la política, lo siento por tí, personalmente, y lo siento sobre todo, por la música “de base” en Logroño, que no has sabido arreglar, y que -ya es triste-, hay que esperar a que el Tribunal de la Defensa de la Competencia de Madrid lo empiece a enmendar. 

Mis mejores deseos para las próximas elecciones y la próxima legislatura, -entiéndeme, no políticos, sino personales.